30.6.15

CONCIERTO DE CAÑERÍAS

El vacío es la caja de resonancia donde una fuerza atraída se eleva como un canto.
Marius SCHNEIDER
La música y el lenguaje sagrado en la tradición védica

La obviedad del dato no impedirá que lo date, pues aquello que acostumbra a darse por sabido coincide, y no por causalidad, con lo primero que el juicio omite cuestionar: tan dura es la vida, tan fatigosa es de asimilar, que se necesita un tercio diario de sueño para ir tragándola madrugada sí, madrugada también. Si la digestión resulta ajustada a la proporción del sonido demiúrgico que sustenta el edificio musical del firmamento, solo la Muerte lo sabe; lo que vivito y cipoteando sé, aun con la picha hecha un laberinto y el tono rasgado como sustantivo por rastrojo, es que a veces basta sintonizar la armonía de una siesta tras los estertores inducidos al inodoro para que todo vuelva a encajar en el ritmo de las esferas. Es lo que tiene haber sido nietzscheano —amor fati, ¿recuerdan?— antes que ganapán...

No por divulgada pierde fascinación la galaxia M51 descubierta por el astrónomo Charles Messier en 1773, quien superpuso su apellido a otros cientos objetos del espacio profundo como la Nebulosa del Cangrejo o M1.

29.6.15

AGUJAS EN EL AIRE

Juan Sánchez Cotán, Bodegón del cardo
—¿Por qué anda usted en zigzag, señor Nge?
—Porque así se tarda más en hacer el recorrido y se piensa mejor dónde va uno, hijo.
José Luis CUERDA
Amanece, que no es poco

A despecho del tumulto insignificante suscitado por las redes sociales y los eventos multitudinarios hipertrofiados alrededor de cualquier bagatela seguida por miles o millones de homologuistas, sabemos en el fondo que nuestro mundo es enormemente estrecho para el alma, de ahí que de ordinario sus mecanismos de subsistencia y progresión sean tan desalmados. Ante nosotros, la Tierra se encoge mientras las mentes son descuartizadas por la inmediatez ecuménica, ciégase en los rostros como un borrón generalizado la incógnita del porvenir y, relegada a los resquicios de la aventura individual, asoma su mirada subrepticia, libre de esperanzas mesiánicas y curada de nostalgias de redención, el emboscado que desafía, con recursos propios de un cazador-recolector adaptado a los suburbios liminales de la realidad, los paradigmas de la cultura niveladora que exalta lo peor de la condición humana en la tendencia a homogeneizar los seres y mina lo más valioso de ella, cual es la confianza en uno mismo para disponer de sí fuera del esquema que reproduce en cada novedad, sin alternativa ni ganas de inventarla, los maquinales sistemas de dominación que conocemos. Sucumbe el dios pero subsiste la función, luego la función se erige en refugio del anhelo de trascendencia y este, a su vez, en la razón última para remitir a un destino irreversible todo cuanto se revela inadmisible.

Sería más esclarecedor para una historia congruente de la incongruencia que llamamos sociedad decidirse a interpretarla desde las dos directrices básicas que, sin menoscabo de otros operadores del comportamiento, intervienen en su devenir: el principio de control y el principio de autodeterminación, o lo que es igual, a partir del campo que media entre la propensión a encuadrar nuestras relaciones dentro de alguna rigidez definida como canon de normalización y el dinamismo espontáneo que reconoce la existencia de otros focos de legitimidad. Son polos entre los cuales se manifiesta una tensión permanente, un verdadero tira y afloja tan figurado como literal, amén de las estrategias de asedio y los procedimientos laterales de consolación que reformulan sus respectivas competencias, hecho este que se precipita también muy ligado a la mudanza de objetivos que ha tenido lugar en la era agonizante que aún estamos aprendiendo a sobrevivir, donde el paso de la necesidad de ver mundo, que ha sido un fuerte estímulo de la capacidad simbólica de la psique a través de los ocasos, ha degenerado en la obstinación por conseguir que el mundo lo vea a uno. Y como al ser humano no se le da bien crear sentido a partir de su experiencia sin activar su insuperable vocación de forjador de signos en la fragua de su desconcierto original, la mutación modal a la que aludo ha saltado de reverenciar el punto de vista a disolver la atención en la visibilidad del punto que la interioridad menguante sufre, creyendo gozarse, en el régimen líquido de la nueva imaginería. Hoy ser consiste en ser visto, la personalidad se reduce a una secreción o secuela de la popularidad, y puesto que solo tiene sentido aquello que ha sido likeado y linkeado, el sujeto, convertido en una especie de anémona promocional de sus asuntos, más que ir hacia el entendimiento del otro lo provoca para que acuda al espectáculo de sus tentáculos. Ya no cuenta la calidad del contenido, sino la eficacia del reclamo: por el envés y por el haz, el medio es el producto final... Si supiera rezar, pediría a los númenes que esta civilización redondee su némesis antes de que sea patentado el dispositivo que dote de transparencia a la opacidad que cubre el pensamiento en los tratos con el prójimo.

A falta de corolario para mi pataleta, convengo cierto —o menos incierto— que un hombre seguro de su singularidad no rehusará comulgar con aquello que lo subleva hasta haber probado y comprobado el valor que puede extraer de sus abstenciones, mas parece que no hay grieta por donde zafarse de los chantajes de la conectividad en masa, que mucho tiene de electrocución en ciernes, sin pagar caro tributo a los conglomerados del pretendido orden que quiere volvernos cerdos reticulares, animales de los que virtualmente todo sea aprovechable para el pegote global. Y si no, para los huraños, para los demasiado sensibles o desintegrados, siempre habrá un huequito, un acceso directo a las fosas sépticas de la historia.

20.6.15

ADANISMO

La vida cotidiana es lo que tiene: echa por tierra el brillo dorado de las flores de las acacias con la primera ventolera.
Los pulimentados adoquines de las buenas intenciones

Pocas gestas personales son tan descorazonadoras como detentar la razón cuando se advierte que el mundo, en sentido amplio, carece de arreglo. Sin embargo, aún puede uno esmerarse en no añadir vileza propia a la ajena y hacer del desenfado su único trofeo en el azar evolutivo de esta malhadada empresa colectiva que en ascuas nos tiene por querer arrimar el asco al ideal. Condensado a la antigua usanza, cuando el rumor de las aceñas untaba los caminos, «una cosa es predicar y otra dar trigo».

De haberlo, desconozco el rastro de un principio estructural de convivencia que, del seno de las familias a las naciones, pasando por los grupos de amigos, las empresas, los partidos políticos y cuantas formas de amarrarse entre sí prodigan los habitantes de esta cagarruta cósmica, no coseche su adhesivo en alguna variedad de rechazo de la diferencia que dicta lo de dentro y excluye lo de fuera. Para abundar el pasmo del espíritu que a rosca de caviloso se distingue de su entorno, tampoco sabría precisar en este zas si la ingenuidad política, que toma como punto de remesa la convicción de que la malicia es evitable por ser un producto de condiciones sociales adversas, resulta de una mutación del cinismo triunfante o irrumpe en la escena como una secuela tardía de esa tradición pobrista, deseosa de humillarse humillando, que hermana en la actitud a cristianos y comunistas pero desoye la lección machacona, ilustrada en cada civilización sin salida que la bestia erecta pone en la historia, a tenor de la cual las condiciones sociales se acusan antes como parte del repertorio de la incombustible capacidad humana para superarse... en los modos de arruinar las esperanzas empeñadas en ella. No es que nuestra especie sea perversa por naturaleza, sino que el bien constituye una estéril desviación del curso habitual donde la norma impele a conjugar, en todos los tiempos posibles, hastíos y fastidios. 

Mal que nos pese, el mal anida en el origen y cada ensayo por conjurarlo rotura la rotura que habla por él en proporción directa a sus aspiraciones. Puesto que no hay afán de perfección sin estropicio mediante, no cometan la ligereza de pensar que soy apocalíptico por el gusto de reincidir en la llaga: según mi criterio, quizá enteco a estas bajuras, la hecatombe sería una capitulación demasiado decorosa para lo que estamos acostumbrados.

Tiovivo de apiñamiento planetario o Habitat, de Till Nowak.

14.6.15

ISÓTOPOS

Harmen Steenwijck, Vanitas
Hay un silencio que procede del desacuerdo con el mundo, y otro silencio que es el mundo mismo. Tomados en su significado más hondo, ambos constituyen una forma de audición, un fijar el oído a la consciencia para discernir qué nos escinde de cuanto nos rodea, qué nos separa de lo que somos.
Ramón ANDRÉS
No sufrir compañía

«No puedo con mi alma»: la primera confesión que me hago cada mañana al despertar será, también, la oración que invista con mi último suspiro la modorra eterna.

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Todo lo que espero de mis semejantes es que no intenten convencerme de que cometo un error si no apruebo sus recetas para solventar los malestares del mundo.

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Quien ve lo que quiere ver no ve sino lo que no ve y deja ver lo que no quiere.

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El humanista, como último canónico, por encima de todo es alguien incapaz de imaginar factible que la especie sea propensa a actuar contra sí misma.

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Imposible pronunciar amor sin llenarse el paladar de baba apostólica y sarro adolescente.

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Como lo que hacemos nunca resulta tan relevante como lo que queremos, antes o después lo ordinario es concluir que nada de lo que otros hagan superará la insignificancia que hemos descubierto en nosotros.

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La única esperanza que puede depositarse en el mundo es la de asistir a un espectáculo renovado de gentes que compiten entre sí, quizá sin ser conscientes, por ser más monstruosos que sus predecesores.

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Por sublime e impoluto que nos parezca un acto, no llegar a vislumbrar la estupidez que lo motiva revela cuán imbuidos estamos de ella.

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Tras la invención de la soledad, obrar prodigios es cuanto pidió el humano al cosmos en la intimidad intimidatoria de sus albores y por toda solución llegó al compromiso de trabar cuitas con un dios, que creyó irrompible, a quien poder atribuirle la autoría de la realidad suscitada por sus ensueños de juguete. 

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Entre leer y escribir detecto una diferencia de potencial semejante a la habida entre consumir pornografía y fornicar. Y si la fantasía erótica refulge entre ambas como el rayo que en la tempestad une a fuego rugiente la tierra con las nubes, la inspiración poética hace del verbo la crisálida donde el concepto traduce su metamorfosis.

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Materia y memoria, ¡qué ingentes nociones puso en sí el espíritu para cubrir de ornamentos su desnudez original!

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Tal como marchan los asuntos terrenales, solo una reacción de asco apta para emprender grandes omisiones podrá no ya salvarnos del error que somos, sino ahorrarnos, que no es poco, la entronización ecuménica del ultraje.

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De las religiones de masas a la hipertrofia del consumo, pasando por las más variadas credulidades políticas, ningún culto planificado ha tenido éxito sin contar en su capital de abusiones con los bajos fondos de una militancia impetuosa compuesta por aquellos que por haber sufrido en extremo se arrogan el derecho a exigirlo todo de los demás y castigarlos cuando no lo obtienen.

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Según algunas fuentes mitológicas, los enanos eran la raza encargada de acumular el oro que sabían extraer, sin parangón, de las entrañas telúricas. Aun poco inclinado a la evocación mítica, nuestro presente, regido por seres de exigua talla espiritual, parece confirmar la alegoría.

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Si educar consiste, en el menos calamitoso de los sentidos, en estimular los atributos más decentes contra la perversidad común, ¿por qué se permite a los clérigos y sus secuaces el acceso a los niños?

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La dignidad es hija del conflicto, hermana de la autodeterminación y madre de la conciencia crítica que vela para que el intelecto no sea confinado a remar en una creencia u otra galera de moda.

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Cuando el demócrata vitupera, no hay sujeto independiente que no se sienta señalado.

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No son ciertas las cosas porque uno las perciba; lo son por la sencillez de acostumbrarse a soterrar que pueden ser ilusorias.

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Aunque escasas, mis certidumbres son demasiado valiosas para confiarlas a la tutela de la vieja teología o al último grito del paradigma científico.

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Pocas opiniones duelen tanto al lúcido como aquellas que comparte, sin haberlo pretendido, con la mayoría de sus coetáneos.

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Hay quienes arrojan perlas a los cerdos con la promesa de convertirlos en leones y quienes echan sobras a los leones para verlos abreviados como puercos, mas a pesar de sus contrastes coinciden en la convicción de contribuir con sus labores al bienestar general. 

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Los episodios más venerables que la historia de los hechos transmite son aquellos en que el ser humano se desenmascara en la impropiedad de venerar los hechos de la historia donde procuraba ocultarse.

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La solución a los problemas fundamentales no pertenece a la historia; la historia solo se encarga de ilustrar con fundamento el enunciado que formulan los problemas irresolubles.

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Cada resistencia vencida induce un parto de tedios sobre el cadáver de la realidad precedente.

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Quien hace suya la guerra contra el lamentable efecto de las ambiciones de poder comulga con el poder de las ambiciones.

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Mientras el manso acata pasivamente la norma, el transgresor la insemina de futuras mordazas con su comportamiento. 

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Todo rebelde es sumiso a la idea de que la fuerza puede conducir a un orden mejor, por eso la verdadera insumisión concentra su vigor en el sabotaje moral a cualquier orden forzado, incluso si se trata de la hegemonía numérica bendecida por el pueblo.

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Sorprende que a un hombre de juicio hecho y derecho no se le pueda vender como una decisión ventajosa el gesto de escupir contra el viento y luego acuda persuadido a votar.

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Ocurre que el conformismo de unos debe enfrentarse periódicamente al conformismo de otros para facultar que ambos se conserven más homogéneos de lo que creen y menos libres de lo que piensan.

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Nadie dotado de sensibilidad desearía la extinción repentina de la humanidad si de él en exclusiva dependiera, pero nadie que sea sensible puede desear de buena fe la proliferación desbocada de sus congéneres.

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Animales competentes para el cadalso, en lo fetal se resume nuestra estrategia fatal.

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Más que volver patente el temor a la destrucción de seres, los arsenales de armas nucleares dormidas denotan la devoción que el hombre siente por mantener en alza su pasión por construir y construir enseres.

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Crápulas, sodomitas, gamberros y meretrices no son un signo peculiar de nuestra época, los hubo siempre por doquier. En el infierno actual, repleto de followers atolondrados por un lado, y de técnicos eminentísimos por otro que lo mismo ponen un satélite en órbita que arruinan un país para obtener los fondos necesarios para parchear un proyecto en las antípodas, estar a la altura de las circunstancias equivale a presentar credenciales de notoriedad ante el Satán de turno que lo regenta.

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Ya quisieran, unos y otros, que la mayor de sus vilezas fuera la tendencia a encontrar en los demás buena parte del acervo de sus propias ruindades.

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El progreso ya no acierta a disimular que los muertos del futuro hieden más que todos los finados pretéritos.

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La tiranía abraza la eficacia no cuando extermina a sus opositores sin dejar rastro, sino cuando los rehabilita para su causa.

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Los catecismos se diseñan para facilitar que los pobres de espíritu puedan seguir siéndolo de una manera rentable.

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Ningún credo colectivo se inventó para resolver los problemas humanos, sino para que administrar como ganado a los humanos no suponga el menor problema.

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Como primera medida para salvar a la humanidad de los desastres conocidos, las utopías se han dedicado a envilecerla con desastres sin precedentes.

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La elevación de los ideales es compensada con creces por las bajezas de quienes los defienden.

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El uso de mayúsculas en conceptos cuyo desenlace lógico acaece en la esfera política delata al usurpador que los ensalza: la Libertad, al esclavista; la Igualdad, al ladrón; la Solidaridad, al vengativo; la Razón, al falaz; la Patria, al asesino; la Justicia, al inquisidor; la Paz, al terrorista.

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A lo sumo, la idea de éxito honra a quien la concibe, pero degrada a quien la adopta.

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No cabe duda de que sumarse a las vehemencias de un movimiento social puede ejercer un poderoso efecto tonificante sobre el estado de ánimo, el mismo estado que prospera a medida que disminuye el sentido para discernir las sugestiones de las realidades. 

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La objeción a implantar una renta básica universal debe ir más allá de los costes económicos que supondría para las arcas públicas, pues su consecuencia más nociva sería la promoción  de una clase social cautiva del gobierno que la ceba.

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Existen inteligencias hechas para captar el detalle, otras idóneas para refinar la abstracción y la mía, qué tonta, teniéndose por lista al deslindarlas.

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Las influencias que nos transforman en individuos pueden ser las mismas que nos convierten en calcos: todo depende de la aptitud para el significado que las analiza o de la predisposición al mimetismo que, simplemente, las remeda.

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Se llama neutralidad a una opinión arraigada que, con nombre propio, solo podría entenderse como conveniencia.

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Habría que distinguir en sociedad si el respeto, bien parvo, se debe a la importancia del ser singular reconocido en la persona o al dogma genérico que designa como importante repetir la regla de respetar por igual. 

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Si no muere por mano propia, al espíritu libre se lo recordará como farsante.

12.6.15

EN DE MÍ

Ariadna y Teseo retratados por Raúl Sánchez
Todos, en definitiva, somos exiliados del pasado.
Oliver SACKS
Un antropólogo en Marte

Hubo un tiempo en que mi rostro fue seráfico y mi lengua apenas se soltaba; pongamos a tres años de la expulsión del abrazo placentario. Mis sentidos, que aprendía a agudizar persiguiendo bichos y fantasías, se mantenían, como es natural, subyugados por la vorágine mal filtrada del apenas recién venido y mi bagaje semántico, antes que precoz, se distinguía por una sed de apropiación, inmensa como desierto, en la forma concreta de un catálogo de cosas y casos que diseccionaba en mi mente con esponjosa curiosidad, aunque no sin dolor: el mundo exterior se me hacía camisa de fuerza, una membrana opresiva que al cerrarse en derredor infundía a mis sensaciones un desarrollo tan inestable como peligroso de creer. Prisionero de las encrucijadas que proporcionaban escenario al centro en la oquedad de esta serie interminable de conflictos fronterizos, inventaba por intuición pequeños rituales disociativos para introducir cierta regularidad en el caos reinante, así como un eje temático de composición alrededor del cual sostener el pulso continuo entre los haces de acontecimientos acechantes, cuyo poso de anomalías era evidente a mi módico juicio, y el ojal de la conciencia inexperta por donde había de enhebrarlos. Me movía, más que nada, en una dimensión afectiva de correspondencias desde la que procuraba extraer de cada descubrimiento un significado cargado de valor emocional sobre el trasfondo inexplicable que amenazaba con tragarme, o así creo que lo creía, pues pretender argüir con inteligencia acerca de la inteligencia perdida es casi necedad. No cabe en esta retrospectiva el auxilio de un botín rebosante de sentido y el testigo lejano que soy se confunde de raigambre con el protagonista niño que fui; puedo referir, no obstante, la paradójica certeza de irrealidad que acompañaba como una estela disolutiva el recorrido de mis percepciones. Décadas después, estaría en condiciones de advertirme que de las redes neurales a las redes sociales, todo sugiere en este mundo que la realidad cotidiana está sobreproducida.

Nuestra capacidad de categorización abstracta, núcleo a partir del cual se irradia y consolida la identidad, nos permite manejar las propiedades del momento como una síntesis que captura las diferentes fracciones de su atmósfera particular no tanto por el hábito de favorecer la imitación subjetiva de las secuencias que la contienen, como a guisa de destilación conceptual más fiel a sus esencias simbólicas que a sus rasgos superficiales. Donde creemos que la memoria existe no rutila sino el acto mismo de recordar, de repetirnos una historia que cambia con cada reconstrucción como parte de un proceso cerebral más amplio definido por un ajuste constante de niveles en cuyo caudal cada experiencia se interconecta con las demás a la luz de las nuevas oleadas de estímulos. El recuerdo, por ende, no se limita a reproducirnos, nos reinventa. Y antes que hacer remembranza de los hechos pasados, actividad en la que nunca fui metódico ni fluido, mi mente se adaptaba a lo que esos hechos me hacían... Si tuviera que justificar la peripecia de mi vida, sólo podría hacerlo como intérprete de una pieza contrapuntística de sueños y desvelos que se han ido combinando a su fortuna en el cumplimiento de un destino provisto de recursos para despejar, por reducción, los desaciertos derivados.

Mientras los errores, en política, los pagan de manera irremediable los gobernados, los equívocos cometidos contra uno mismo reclaman tributos que se extienden, inescrutables, a los espacios oníricos. Nadie goza de poder sobre sus sueños, y este poder que no se puede se apodera de la personalidad soñadora como ningún poder real está en facultades de soñar. Quizá no sea inoportuno anotar que los sueños, haciendo lo que hacen, modelan nuestra actitud para modelarnos.

Me reconozco porque no me reconozco
Ahora bien, modelarse no implica solo moderarse, también subvertirse esporádicamente en busca de un orden mayor. La ruptura de las pautas que confieren consistencia e impresión de realidad a las ilusiones ordinarias es la puerta de entrada a un estado al que si por un lado resulta propicio acudir para abrir dominios de salud psíquica, por otro es sin duda traumático para la estructura cognitiva de cuanto se estima probado, y a la vez que no es posible permanecer en él sin desintegrar las dotes allí exaltadas, dejar de frecuentarlo supone renunciar a la indagación fecunda sobre el qué de nuestras hechuras íntimas, de ahí el provecho intrínseco que concedo a la pesadilla, acaso siempre igual a sí misma bajo los formatos y pretextos que la revisten de variedad. Hoy, con trazo de sinopsis, os quiero contar la segunda de la que guardo huella; de la primera, que planteaba la lucha entre una energía viscosa hostil al punto inconcreto —valga el oxímoron— donde se concentraba la expresión neta de mi voluntad esmerada en prolongar la rectitud de una trayectoria, ya apunté algo por aquí, y es que a fuer de repetirse otrora, algo que nunca me sucedió al trasponer la infancia, llévola igualmente esculpida en el cráneo:

Sin ninguna finalidad aparente, accedía al vestíbulo, todo mármoles y alturas suntuosas, de un palacete deshabitado. De la planta circular arrancaba una escalera de pared hasta alcanzar la posición dominante de una balconada interior en la que solo faltaba un almimbar para corroborar la función de templo presentida. Troté hasta ella y, al divisar el suelo ajedrezado desde la balaustrada más alejada de él, un coleóptero del tamaño de un furgón, similar en lo material y en lo implacable al pico de un cuervo, retorcía contra sí la torpeza descomunal de hallarse boca arriba sin lograr recuperar la posición de marcha. No fue lástima lo que me hizo soltar la cuerda tensa del llanto; fue la seguridad de descifrar al vistazo que el escarabajo era yo mismo.
 
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