12.6.15

EN DE MÍ

Ariadna y Teseo retratados por Raúl Sánchez
Todos, en definitiva, somos exiliados del pasado.
Oliver SACKS
Un antropólogo en Marte

Hubo un tiempo en que mi rostro fue seráfico y mi lengua apenas se soltaba; pongamos a tres años de la expulsión del abrazo placentario. Mis sentidos, que aprendía a agudizar persiguiendo bichos y fantasías, se mantenían, como es natural, subyugados por la vorágine mal filtrada del apenas recién venido y mi bagaje semántico, antes que precoz, se distinguía por una sed de apropiación, inmensa como desierto, en la forma concreta de un catálogo de cosas y casos que diseccionaba en mi mente con esponjosa curiosidad, aunque no sin dolor: el mundo exterior se me hacía camisa de fuerza, una membrana opresiva que al cerrarse en derredor infundía a mis sensaciones un desarrollo tan inestable como peligroso de creer. Prisionero de las encrucijadas que proporcionaban escenario al centro en la oquedad de esta serie interminable de conflictos fronterizos, inventaba por intuición pequeños rituales disociativos para introducir cierta regularidad en el caos reinante, así como un eje temático de composición alrededor del cual sostener el pulso continuo entre los haces de acontecimientos acechantes, cuyo poso de anomalías era evidente a mi módico juicio, y el ojal de la conciencia inexperta por donde había de enhebrarlos. Me movía, más que nada, en una dimensión afectiva de correspondencias desde la que procuraba extraer de cada descubrimiento un significado cargado de valor emocional sobre el trasfondo inexplicable que amenazaba con tragarme, o así creo que lo creía, pues pretender argüir con inteligencia acerca de la inteligencia perdida es casi necedad. No cabe en esta retrospectiva el auxilio de un botín rebosante de sentido y el testigo lejano que soy se confunde de raigambre con el protagonista niño que fui; puedo referir, no obstante, la paradójica certeza de irrealidad que acompañaba como una estela disolutiva el recorrido de mis percepciones. Décadas después, estaría en condiciones de advertirme que de las redes neurales a las redes sociales, todo sugiere en este mundo que la realidad cotidiana está sobreproducida.

Nuestra capacidad de categorización abstracta, núcleo a partir del cual se irradia y consolida la identidad, nos permite manejar las propiedades del momento como una síntesis que captura las diferentes fracciones de su atmósfera particular no tanto por el hábito de favorecer la imitación subjetiva de las secuencias que la contienen, como a guisa de destilación conceptual más fiel a sus esencias simbólicas que a sus rasgos superficiales. Donde creemos que la memoria existe no rutila sino el acto mismo de recordar, de repetirnos una historia que cambia con cada reconstrucción como parte de un proceso cerebral más amplio definido por un ajuste constante de niveles en cuyo caudal cada experiencia se interconecta con las demás a la luz de las nuevas oleadas de estímulos. El recuerdo, por ende, no se limita a reproducirnos, nos reinventa. Y antes que hacer remembranza de los hechos pasados, actividad en la que nunca fui metódico ni fluido, mi mente se adaptaba a lo que esos hechos me hacían... Si tuviera que justificar la peripecia de mi vida, sólo podría hacerlo como intérprete de una pieza contrapuntística de sueños y desvelos que se han ido combinando a su fortuna en el cumplimiento de un destino provisto de recursos para despejar, por reducción, los desaciertos derivados.

Mientras los errores, en política, los pagan de manera irremediable los gobernados, los equívocos cometidos contra uno mismo reclaman tributos que se extienden, inescrutables, a los espacios oníricos. Nadie goza de poder sobre sus sueños, y este poder que no se puede se apodera de la personalidad soñadora como ningún poder real está en facultades de soñar. Quizá no sea inoportuno anotar que los sueños, haciendo lo que hacen, modelan nuestra actitud para modelarnos.

Me reconozco porque no me reconozco
Ahora bien, modelarse no implica solo moderarse, también subvertirse esporádicamente en busca de un orden mayor. La ruptura de las pautas que confieren consistencia e impresión de realidad a las ilusiones ordinarias es la puerta de entrada a un estado al que si por un lado resulta propicio acudir para abrir dominios de salud psíquica, por otro es sin duda traumático para la estructura cognitiva de cuanto se estima probado, y a la vez que no es posible permanecer en él sin desintegrar las dotes allí exaltadas, dejar de frecuentarlo supone renunciar a la indagación fecunda sobre el qué de nuestras hechuras íntimas, de ahí el provecho intrínseco que concedo a la pesadilla, acaso siempre igual a sí misma bajo los formatos y pretextos que la revisten de variedad. Hoy, con trazo de sinopsis, os quiero contar la segunda de la que guardo huella; de la primera, que planteaba la lucha entre una energía viscosa hostil al punto inconcreto —valga el oxímoron— donde se concentraba la expresión neta de mi voluntad esmerada en prolongar la rectitud de una trayectoria, ya apunté algo por aquí, y es que a fuer de repetirse otrora, algo que nunca me sucedió al trasponer la infancia, llévola igualmente esculpida en el cráneo:

Sin ninguna finalidad aparente, accedía al vestíbulo, todo mármoles y alturas suntuosas, de un palacete deshabitado. De la planta circular arrancaba una escalera de pared hasta alcanzar la posición dominante de una balconada interior en la que solo faltaba un almimbar para corroborar la función de templo presentida. Troté hasta ella y, al divisar el suelo ajedrezado desde la balaustrada más alejada de él, un coleóptero del tamaño de un furgón, similar en lo material y en lo implacable al pico de un cuervo, retorcía contra sí la torpeza descomunal de hallarse boca arriba sin lograr recuperar la posición de marcha. No fue lástima lo que me hizo soltar la cuerda tensa del llanto; fue la seguridad de descifrar al vistazo que el escarabajo era yo mismo.

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