2.8.15

EMBRIONES DE DINOSAURIO CORRIENDO POR EL TECHO

Un cadáver domina la sociedad, el cadáver del trabajo. Todos los poderes del planeta se han unido para la defensa de este dominio.
Grupo Krisis

Si cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿por qué experimentó el empuje de cambiar? Vivir en la historia supone arraigar en la escoria; lo sé porque el futuro siempre ha estado bajo nuestros pies. Dudo mucho que haya habido nunca, en ningún lugar, tan alto porcentaje de simios parlantes desviviéndose y mal muriendo de acuerdo con las falaces inclinaciones de su tiempo; no el fin de los tiempos, sino el tiempo de los fines, de las defunciones. A una época de allanamiento de la interioridad por medio de la comunicación ilimitada, no es extraño que le corresponda la conformidad absoluta en la que todos aprueban, como el hecho más natural, ser espectadores de todos dentro de un sistema de acoplamiento global en el cual la conexión permanente y el control total expresan finalidades sinérgicas.

En consonancia con el estilo deportivo que ha invadido los ritmos y contenidos de la vida íntima desde campo de Agramante de los negocios, el valor singular se define hoy en atención a la exigencia de una actualización constante. Todo vale para acrecentar la versatilidad del rendimiento individual en la factoría humana y una señal de ello está en la proliferación de gurús que imparten entrenamiento en autoayuda, dietética, gimnasia, terapias de grupo y un cuantioso repertorio de ritos destinados a la observancia estética del ego según los compromisos escénicos. Coachs, asesores de imagen, psicoterapeutas, cirujanos plásticos y expertos en alguna especialidad indescifrable de marketing surten las pautas básicas para no hundirse en los mares desbocados de la información y resultar más aplicados, más competitivos, en las vicisitudes que conlleva la urgencia de una puesta a punto de la empresa como sujeto y del sujeto como empresa. Nadie escapa del dopaje virtual del mundo en la cotización de cada acontecer, un mundo absorto en el procesamiento de su anabolismo inmaterial donde el poder aprende a adaptar al ciudadano a sus necesidades estructurales fingiendo hacer lo contrario de una forma lo suficientemente veloz e inteligente para que el desarrollo de la manipulación se funda de tal modo a la subjetividad que a sus cautivos les costará paranoias discernirlo. «Ahora también nos vigilan las cosas que usamos diariamente», dirá Byung-Chul Han. No en vano, el atiborramiento también es adiestramiento, un racionamiento a la inversa. En la Era Conformática, hasta quienes se sienten anarcas tuitean, comparten narcisismos en alguna teleraña social y frecuentan ese cuartel general del espionaje llamado Facebook. Se puede participar en el consenso cibercrático y creerse herético sin ningún pudor: todo sea por los seguidores. Si hay público, hay razones.

Aliado a la microelectrónica, el poder neotécnico del presente se distingue de los modelos disciplinarios anteriores porque evita ser rígido e inaccesible, prefiriendo mostrarse flexible e interactivo; dosifica sus reacciones represoras para dejar espacio a una expansión tolerante y, más que castigar, proporciona distracciones envolventes; pocas veces se impone, ya que su paradigma juega a la más sugerente invitación; no ordena, predispone; no interroga, sondea; no frena, dinamiza; no repele, atrae; no excluye, integra; no segrega, normaliza; no ataca de manera directa, sino lateral, y tiene su órbita más fértil de dominación en una banalización de la libertad que, domesticada como oferta de consumo, llega a equiparar la elección libre del propio sentido con la libre elección entre diferentes marcas, apariencias optativas de identidad que contribuyen al simulacro de la salvación personal en la marea del anonimato universal. Tampoco vaya a creerse que el tratamiento amable que el orden existente suele dispensar a los reclusos del panóptico digital suprime su verdadera función de mando: al igual que en una granja hiperpoblada, de tanto en tanto las áreas habitadas deben ser fumigadas con sustancias ignotas y el miedo sigue siendo un pienso insustituible en el arsenal de los Estados, encargados de hacer viable el pago de la deuda externa, además de mantener la paz dentro de sus fronteras. ¿Y qué contar del pingüe presupuesto militar y de la autonomía jurídica de los ejércitos, privilegios que permiten al estamento pretoriano de las grandes potencias profesar un poder de maniobra sobre los civiles muy superior a las prácticas, no menos despóticas, de sovietismo financiero que está en la urdimbre de algunos oligopolios, como el energético? La primera vocación del poder es tomar, bajo su protección o bajo su terror (grados de intensidad en su labor), la vida del sujeto sin el sujeto, la vida a secas, como canal de difusión y garantía última de su legalidad; desprovisto de esta apropiación señorial de lo vivo, el poder no se sostiene, pero esta falta de sostén bien puede ser la capa que oculta su espada más diestra: la biopolítica ampliada, reproducida por otros rumbos.

Al haberse infiltrado como ningún otro régimen conocido en los hábitos particulares, este poder perspicaz y deslocalizado configura un tipo de servidumbre que no precisa, en principio, forzar el ánimo a la sumisión, pues sabe condicionarlo afectivamente para la más moldeable y productiva dependencia, situación que obliga a replantearse las actitudes discrepantes desde la relación que uno mantiene consigo en tanto apéndice y receptor de la programación neuropolítica llevada a efecto por el Nuevo Orden Mundial. La relación con uno mismo, con sus potencias y debilidades, determina el rango de nuestro ser. Si contra los métodos clásicos de coerción podía ser eficaz el combate mediante estrategias subversivas, las técnicas de mercantilización emocional, socialización cognitiva y reducción del pensamiento a mero capital humano apelan a otras disciplinas de repulsa para las que, quizá, se revelen cruciales los conceptos de renuncia y hermetismo a condición de que sean interpretados como actos soberanos de desistimiento, la rasgadura silenciosa de la matriz compuesta por el entrecruzamiento masivo de datos. El individuo ha de concederse el tono de ponerse en estado de excepción y desaprender el gusto por las comodidades de falso apoyo que lo vuelven vulnerable en demasía.

El hombre como necesidad del hombre y no como lujo de sí, así da comienzo la teleología del economicismo o, valga aclarar, la exacción del hombre por el hombre, que también es la de cada hombre consigo en vicio, no en virtud, de lo que debe hacer de sí mismo para creerse compatible con la doctrina prevaleciente percibida en los demás. Por ello, responder con movilizaciones a la aceleración de las costumbres y rigores me parece un disparate análogo al de arrojar gasolina al fuego. Comprar, votar, trabajar, procrear, opinar, protestar..., se amalgaman como momentos de un continuo que tributa a un único patrón maquinal. «Donde el capitalismo prosperó —señala Lewis Mumford en El mito de la máquina—, estableció tres cánones principales para el éxito económico de sus empresas: el cálculo de la cantidad, la observación y regimentación del tiempo (“Time is money”) y la concentración en gratificaciones pecuniarias abstractas. Sus valores máximos —Poder, Beneficio y Prestigio— se derivan de esas fuentes, y todos ellos se remontan, en forma apenas velada, hasta la Era de las Pirámides. El primero produjo la contabilidad universal de los beneficios y de las pérdidas; el segundo aseguró la eficacia productiva de los hombres tanto como de las máquinas, y el tercero introdujo un motivo rector en la vida cotidiana, equivalente en el vil mundo a lo que para el fraile era la búsqueda de su eterna recompensa en el cielo». Templanza, reflexión, alejamiento, desapego, secreto e incluso error me parecen nociones cargadas de una prestancia que ningún hormigueo reformista o revolucionario puede emular desde el llamamiento a participar en las rebajas de la agitación. El celo por construir lleva impresa la huida hacia delante y, materializado en un designio social afirmativo, ambición en la que progresistas y utópicos coinciden, constituye una apuesta por la fabricación de una realidad común según el diseño que más conviene al interés, calculado ideario, de sus capos.

Ningún énfasis de liberación trascenderá la mascarada gregaria y la bambolla de las camarillas mientras los individuos no se quieran responsables de recuperar para sí la negatividad de la voluntad que posibilita la separación de esa ortodoxia que tiene en lo mensurable y comercialmente correcto su ley vigente de punto final.

He dudado si Fall/Advent, óleo de Martin Wittfooth, se verá cursi o si el cursi soy yo por dudarlo. 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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