11.8.15

PARÁBOLA DE LOS GEÓMETRAS

P: ¿Qué pregunta debería hacerle a un interlocutor desconocido para saber si su cerebro es humano o artificial?
R: ¿Qué pregunta debería hacerle a un interlocutor desconocido para saber si su cerebro es humano o artificial?
P: ¿Me tomas el pelo?
R: Eso sería imposible, llevas la cabeza rapada.
P: ¿En qué te basas para afirmar eso?
R: ¿Cuándo se cayó el papelito que cegaba la cámara de tu pantalla?
Fragmento del chat que mantuve con un computador que respondía al nombre de Eugene Gootsman. Ahora que el paradigma robótico cobra autoridad moral, encuentro más instructivo analizar las caras en silencio que hablar con sus titulares.

Seamos veraces con nuestras fantasías: hay modos infinitos de hacer creíble el mundo, pero no otro de ser realista; inspeccionemos, provistos de cautela, la relación con nuestros pronósticos: de las múltiples interpretaciones que la coincidencia entre imaginación y suceso no agota, cabe estimar la posibilidad de que si un sueño se cumple la realidad a la que remite transcurra todavía en una dimensión onírica y la conciencia empiece solo a ser verdadera donde acaban los nexos que tiene por ciertos. Así pues, con la firmeza que imprimen las dudas que retornan enriquecidas tras haberlas convertido en axiomas prófugos de bostezos, o más bien rearmado con el vicio de pensar lo mismo de maneras distintas, lo que la fase inventiva de la noche me ha traído hoy parece digno de ser anotado en la cuenta premonitoria de futuribles descarríos, aunque el relato vaya esmirriado en la osamenta conceptual.

Entre los usuarios de teléfonos listillos y similares alguaciles tecnológicos hacía furor una aplicación concebida para componer figuras geométricas, similares a engranajes, anémonas y celentéreos, que se materializaban a bajo coste gracias a un polímero revolucionario en atención a tres sorprendentes propiedades: los ingenios producidos con este compuesto eran flotantes en condiciones atmosféricas normales, quedaban vinculados permanentemente a la huella informática del propietario y se mostraban capaces de desarrollar movimientos sencillos a partir de señales inalámbricas cifradas. Amén de la exclusividad, el mayor atractivo de estas emanaciones volátiles consistía, sin embargo, en que admitían ser combinadas entre sí conforme a un sistema dinámico, inspirado en los autómatas celulares de von Neumann, que evolucionaba siguiendo una serie de diseños interactivos responsables de traducir como impulsos motrices los estados anímicos más votados en la red social de productores de insignias (con este apelativo se popularizaron frente al plastic inmortal signatures del registro de patentes).

Los espacios públicos fueron invadidos por un enrejado colorista de estructuras mutantes y el fenómeno pronto desbordó el análisis aprensivo de las autoridades, cuya reacción ante la avalancha de enganchados a esta nueva necesidad expresiva se tomó bajo la presión de una pasión emergente que nadie en fuero externo aconsejaba forzar. El impacto cultural del juego era tal, tantos los forofos adheridos a esta contagiosa distracción, que por consejo de una pléyade de expertos en todo tipo de ciencias, blandas y duras, los creadores de opinión asumieron el consenso de propugnar la coyuntura como una epifanía, el renacimiento del espíritu humanista encarnado en la construcción comunitaria de un monumento impredecible, único en la historia. ¿Quién, salvo un ser superior o un observador inabordable, se arriesgaría a oponerse al crecimiento de esta envoltura estrambótica que ya desde el principio los más juiciosos críticos denominaban, con fusca elocuencia, Babel 3.0? Que una de las consecuencias inmediatas fuera el oscurecimiento progresivo de las ciudades, o que el proyecto amenazara con estrechar mentes, océanos y continentes mediante un horrendo abrazo sintético, no fue impedimento para declarar el mamotreto Patrimonio de la Humanidad y delito cualquier acción, de obra o de verbo, que redundara en daños para la integridad del conjunto o representara un ataque infamante a la honorabilidad de la empresa, en la cual también los menores de edad aportaban una fuerza numerosa que podía volverse contra sus detractores amparándose en la vulnerabilidad de la infancia...

Yo sólo pasaba por allí. Y si no es falso que pertenecemos a aquello que hemos soñado, allí continuará una parte de mí.

En la ilustración, lámina correspondiente al género Ascidiae del tratado Formas artísticas de la naturaleza de Ernst Haeckel.

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