7.8.15

ADMIRACIÓN Y DESAFÍO

A un amigo que me conoce mejor que yo a él y luce el donaire de acompañarme como si fuese al contrario

Uno, que había entrado en la mar, dijo sintiendo levantado el estómago: «Señor patrón, tened la nao, que quiero vomitar».
Melchor de SANTA CRUZ
Floresta española

Sin negar, que no procede, las variadas y lejanas influencias recibidas en la copela de nuestro ennoblecimiento, querer adoptar como genuinos los valores que uno mismo no ha forjado semeja el absurdo de proponerse habitar un cuerpo que no es el propio e incurre en la desmesura de tomar por virtud el error de vestir como verdades eternas un hecho que, indudablemente, tiene mucho de cierto en la fugacidad de quien lo ilustra: la elusión de la responsabilidad singular de descubrirle sentidos a la existencia en beneficio de la más cómoda elección de conformarse con las ruinas, parcialmente hospitalarias aún, que antaño ofrecieron esplendores como palacios, templos o castillos. Por amplias y bellas que sean estas reliquias conceptuales, por elevado que sea el ascenso mélico evocado en las arquitecturas donadas a la memorable búsqueda de la sabiduría, sus moradas convienen más a los espectros que a las empresas de los vivos, sentenciados a purificar el mundo de la experiencia en su experiencia del mundo.

Si hay un valor perenne digno de enlazar a los hombres a través de azares, pueblos y distancias, no es otro que la hermandad que todos los espíritus excomulgados por obedecerse a sí mismos comparten, cual signo de mutua admiración y desafío, por encima de la impronta histórica desde la cual hayan sido iniciados, más allá de la lengua que les sirva de buril con las ideas y al margen de la opinión que susciten a sus contemporáneos.

En L'Apparition de l'ange à Joseph, La Tour recrea el momento en que, según San Mateo, un emisario divino se le apareció en sueños a José para inducirle a aceptar la mochilita que María traía consigo. Hoy hablaríamos de alucinación hipnagógica, adulterio, cornúpetas y otras benditas fatuidades. Quede aquí constancia de la anécdota como prueba de la sugestión, quizá indeclinable, que media en cada contacto cognitivo con la realidad. Incluso la pretensión de adaptar las ideas a los hechos revela ser una idea, no un hecho.

4 comentarios:

  1. Si no es demasiada vanidad, pretendo sentirme aludido por lo que se refiere abrazador de ruinas y espectros. Siendo cierto el hecho de tal abrazo (más intenso en mí de lo que cualquier que me conozca puede suponer), no creo que deba asumir como mía la pereza o la impotencia. Una cierta comodidad como la que, de hecho, se siente al intentar reproducir palmo a palmo un mundo extinto no está, por su parte, exenta de dolores de parto, y nunca se logra sino parcialmente, por no hablar del punzante contraste con que la violencia del sinsentido diario del siglo me escopetea a la cara cada mañana y cada tarde. Por lo demás, reconocerse heredero digno no es, hasta donde yo sé, ser innoble; bien al contrario, no lo dejaron de ser los más grandes, y solamente la contrariedad prometeica de los contemporáneos nos hace sentir como fuerte lo que se rebela.

    En lo que al último párrafo se refiere, es muy cierto que el desarraigo en el caos adecenta y hermana a quienes lo padecen. Y hay males tan grandes que repudiarlos es ya un primer síntoma de cordura en el que confiar. Si bien hay cismas entre quienes parten juntos, también puede haber encuentros entre quienes partieron en direcciones opuestas, reencontrados en alguna tangente en virtud de la circularidad del orbe.

    Addendum: Muy llamativo que el formulario de este comentario me exija demostrar mi humanidad, las máquinas exigiendo certificados de espíritu. Si él mismo fuera humano sabría que nunca un robot hablaría de llevar la contraria al mundo. Pero parece más decisiva la capacidad de reconocer fotografías de camionetas. Muy elocuente.

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  2. No hay vanidad en tu apreciación, querido amigo, sino buen tino; como tampoco acritud o desavenencia alguna mueve a quien ha compuesto la presente, y quizá pretenciosa reflexión, a la luz del antepenúltimo de los aforismos que incluiste en tus Captaciones tamizadas, de donde también he sacado fuertes esencias para el fondo de mi botica. Cierto es que Nietzsche fue un hombre débil, sus mecanismos psicológicos de compensación son ahora demasiado obvios, pero con todo fue uno de mis mentores más lúcidos y le debía este pequeño desquite que, no obstante, tiene mucho de desengaño solapado, necesariamente autoinfligido, pese al sentido voluntarioso de lo expuesto en la entrada. El castillo de arena es una estancia simbólica que perseguirá siempre a todo aquel que haga del individualismo su recurrente punto de partida, de buena sangre lo sé.

    Conoces de largo mi temperamento provocador, así como el gusto por el juego cortés que ha prevalecido siempre entre nosotros. A tenor de esta camaradería entre veteranos creo que no yerro si interpreto que habrás encarado mi artefacto dialéctico como un guiño travieso cuya finalidad en modo alguno vulnera el respeto compartido. Es posible que la coyuntura escogida se deslinde de la sutileza, a veces casi imperceptible, con que hemos llegado a establecer una charla entre líneas a través de casi dos lustros; tampoco se trata de un pronto regresivo de aquellas edades belicosas en que la juventud me afloraba como proclividad para dar rienda laxa a alguna inconveniencia. En el centro de mi cansancio apenas me crecen ya las ganas de medir argumentos ni tesones con nadie, de manera que puedes hacer de estas palabras de admiración y desafío un discreto homenaje bajo el estandarte, algo deslucido, de la lid filosófica. ¿Sería adecuado llamar ensayamiento a este ejercicio de reactivación mental a expensas de un pensamiento elaborado por otro?

    Más de lo que puedas sospechar padezco el sufrimiento, por sensibilidad e inadaptación, a la podredumbre que exige de nosotros esta era de tránsitos en masa del cinismo hacia el abismo. Por tanto, rescatar a viva conciencia la herencia de algunas tradiciones con el objeto de combatir, sobrevivir o descontaminarse de los peores efectos del estado actual de la civilización revela, a mi juicio, una actitud tan noble como abocada al desastre de las gestas hermosas. Valga, en tal caso, por lo que no ha de canjearse jamás; sea, si la sé ponderar, un último peldaño del heroísmo interior.

    Sobre lo que apuntas en el apéndice, lamento que el acto de comentar obligue a dar un paso tan burdo a quien hace suya la molestia de donar su pensamento a esta ermita. Al carecer de conocimientos en programación que me permitan regular el acceso de una forma menos maquinal, he menester de un filtro auxiliar para mantener a raya a los trolls que, de tanto en tanto, merodean por aquí. No es plausible, aunque a falta de algo más apropiado espero que lo excuse la necesidad; lo que parece menos justificable en lo indecoroso de los paños menores de la blogosfera es la publicidad que otras plataformas introducen obscenamente al abrir la parrilla de comentarios: uno puede verse asaltado por la perplejidad ultramoderna de estar leyendo una glosa sobre la ascensión mística mientras una mocita le espeta, con sendos manojos de billetes en las manos, «Make money using this little trick!». Estas elocuencias nos gastamos...

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  3. Tampoco yo creo ya en medir argumentos con cualquiera. En cambio, puede tener sentido el relatar cada exilio personal para ilustrar o entretener a otros exiliados, dispersos en los otros confines de Leviatán. Ahora tiendo a no discutir los axiomas de mi postura más que en soliloquios, publicados o no; por lo demás, solamente dialogo por agudeza y por amistad. Léase la matización como un gesto de respeto. El caso es que no encuentro ningún foro en el que llegar siquiera a eso. Acepto restarle importancia a tus blasfemias dada la profundidad de muchas de tus observaciones. Habiendo huido ambos de algunos monstruos similares, bien podemos entendernos en ello, en los recuerdos de lo que nos atormenta. Me congratulo por aprender siempre algo de la interacción o de la pasividad con la que me paso por aquí, pues tanto se puede aprender de una gárgola como de un catecismo.

    Así que, que no se me entienda mal: aprecio a profetas tenebrosos como Nietzsche y Cioran sobremanera, y los tengo siempre cerca. Pues en el mejor de los casos aciertan y en el peor dan con la clave exacta del problema, aquello ante lo que se necesita pulir intensamente la máquina de refutaciones. Nunca me encojo de hombros ante los nihilistas porque suponen la ilustración perfecta de la decadencia y porque yo he sido uno de ellos. Te asombrarías de cosas que escribo todavía hoy y lo difícil que sería diferenciarlos del breviario de Caraco. Pero solamente son un capítulo de mi ideología, necesariamente más compleja o más simple, según se mire. Como el cantor del Eclesiastés, me complazco en la Noche Oscura porque me espera el amanecer.

    El mecanismo de captchas me ha deleitado. No hay golpeteo de la trivialidad que no pueda dar pábulo a una idea profunda. Me encanta que me rete la publicidad de unos anabolizantes o el pectoral de una mocita: sólo así pongo a prueba mis creencias, mi desprecio al hecho de ser manipulado y mi compasión. Los captchas, por su parte, son pequeñas gestiones de tecnocracia que me hacen reflexionar, como ya he dicho, en un mundo donde la máquina es la más más autorizada moralmente para discriminar la esencia de la humanidad.

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  4. Agradezco encarecidamente que tu chasco ante el formulario robótico me haya permitido detectar algo que había pasado por alto en la configuración del blog. Con lo puntilloso que soy para estas cosas, algo de rabia me atasca no haberlo prevenido y hasta me planteo si debo dedicar una entrada para despejar el asunto.

    Cuando en su día opté por la moderación de comentarios (un eufemismo de censura previa, para qué nos vamos a engañar, sin menoscabo de que uno en su casa sea el señor), esta especie de test de verificación de humanos (antes tipo captcha, ahora basado en imágenes) era un complemento que no aparecía vinculado por defecto a la función. Posteriormente, quizá a raíz de algún cambio introducido por Big Google en sus servicios, fue activado sin mi consentimiento y en la ignorancia de saber que podía anularlo he seguido hasta hoy. Lo mínimo que se puede decir de este protocolo de control es que resulta de pésimo gusto.

    La mejor manera de pedir disculpas a mis selectos lectores por haber descuidado el nivel de pulcritud y amabilidad debidas es haber eliminado esta clase de injerencia cibercrática, pues no se me ocurre otra cosa que calificar de basura a cualquier dispositivo que, en vez de mostrar hospitalidad con el visitante, lo reduce a la condición de mecanismo mientras no demuestre lo contrario.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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