11.6.14

EL PRETENCIOSO

Fallar es otra manera de hallar.

Con sencillez:

En los límites continentales del mundo habitable, un páramo de cenizas grumosas cual limaduras de manganeso amasadas con cuajos menstruales, acoge entre carámbanos grisucios y vientos polares una montaña que, vista desde el llano, parece un calco del Monte Fuji tras una retina caliginosa. Desde una plataforma que lo iguala en altura a la distancia más favorable para divisarla, puedo apreciar que la cumbre no es obra de la naturaleza, sino un complejo y antiquísimo mecanismo telúrico de factura desconocida que, según los ingenieros dedicados a su estudio, presumiblemente sirvió para modular la inclinación planetaria y el movimiento de rotación en edades que precedieron a nuestra historia. Desde mi posición, distingo asimismo un castillo de basalto labrado que se extiende como una bestia fabulosa sobre buena parte de la falda del otero, a la que se aferra mediante una estructura de pilares y contrafuertes donde el observador menos ampuloso devanaría semejanzas con los tentáculos lascivos de un pulpo, o los colmillos de una migala glotona almorzándose un colibrí ahíto de néctares.

Cuando, tal como profetizaron los priores misoneístas, la mole de aspecto pétreo comienza a girar de manera espontánea alrededor de su eje vertical, la peña de sectarios que se había arracimado en espera de una señal durante siete noches de ascesis y humo de banga, empieza a expeler los cánticos reservados para la ocasión. A pesar de que el espectáculo, más allá de los misterios intrínsecos a la programación milenaria de un automatismo geológico, cautiva por el imponente efecto sensorial desencadenado y nada sería más fácil que dejarse llevar por el entusiasmo estético, persiste en mí la condición de estar fuera de lugar, desubicación que intento compensar trovando un himno improvisado de desasimiento cuyo propósito naufraga a escasos versos en las turbulencias de un canturreo histriónico que suscita la hostilidad de quienes, a mi lado, se esfuerzan por sincronizar densidades y anhelos al ritmo hueco de la meditación guiada. Conminado a interrumpirme por mi propio sentido del pudor, la reacción inmediata que consagro es fingir la guasa vindicativa de un bostezo de desdén; mientras lo ejecuto, descubro por casualidad que soy capaz de emitir una vibración craneal ensordecedora combinando secuencias respiratorias que amplifican los tonos más graves de mis cuerdas vocales a través de las trompas de Eustaquio. Decido entonces dirigir el chorro de la onda recién parida hacia el oscuro rosetón de la fortaleza que domina la ladera, desde donde se propaga por la corteza terrestre con una ondulación creciente hasta herir el núcleo... o lo que allí more. El malhumorado rumor sísmico de una náusea ancestral emerge en titánica respuesta a mi reclamo; me bastaría una leve variación infrasónica en la intensidad del meneo inducido al centro del globo para reventarlo. Pienso en los millones de vehementes que me agradecerían alcanzar el punto de no retorno tan poco como en aquellos que darían el alma a cambio de que este grano de polen siga su errático viaje con todo el lastre de colonos descorazonados que transporta.

Prodigio o purísimo ejemplo de fatuidad, mi primera sorpresa al migrar del despertar al desayuno ha sido descubrir hechos harina el decantador y las copas de cristal de Murano en las que escanciaba cada noche mi cariño.

Tomé The sword and the rose de Raoul Vitale de la Cuna de Carbono.

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