21.6.14

EL MANDAMASATO

En la abadía aún están marcando los lugares en los libros de himnos, sin saber que mañana nos habremos olvidado de leer.
Lawrence DURRELL
El cuaderno negro

Mucho, y con pobre sustancia de meninges, se cacarea últimamente en este terruño o telarañuño sometido a transición perpetua acerca de la conveniencia de decidir entre la opción monárquica o la republicana, como si el resto de alternativas a estos formatos tan agónicos no reunieran suficientes requisitos de decencia democrática; mucho se farda y se cloquea, decía, porque en este país de chismosos la fuerza indispensable para imprimir cambios se desmaterializa en la charla inane, privada de la esencia medular que debería ser blanco de la cuestión. Empecemos despejando de rastrojos el solar, que ya me canso de hacerles caso: ni monárquicos, ni republicanos. Para mí, pues no represento a nadie más ni lo deseo, la forma que adopte el Estado es un asunto de importancia secundaria frente al hecho, inadvertido por los analistas de vista gruesa, de que cualquier gobierno, por definición, se alza en el polo opuesto a las libertades individuales. Dentro de los sistemas políticos conocidos, trucados y truncados todos, en diferente pero irreductible medida, por el mal común que imanta a guiados y guiadores, escogeré como el menos lesivo aquel que sea más respetuoso con mi soberanía. Puede darse la circunstancia de que en una república ornada en los tabernáculos de la letra impresa con leyes encomiables, los derechos civiles estén, en la práctica, más limitados que en una monarquía secular, donde por principio hay una voluntad casposa de reforzar los baluartes normativos que velan por salvaguardar privilegios contrarios a los intereses de la unidad social básica, que no es la familia nuclear de los católicos ni la monoparental de los progres, sino cada sujeto o fulanito, con independencia de si sus gametos tienen la proterva fortuna de arraigar. Ahora bien, si me centrara en el análisis de la genealogía del poder y considerase, a tal efecto, ilegítima la potestad que no está participada por los integrantes de una comunidad fuera de las maniobras legales que pretenden darle visos de consenso y moralidad pública al producto de sucesivos atropellos, fraudes y temores populares reconducidos en beneficio de la clase dirigente, la existencia de un poder dinástico que garantiza la inmunidad de un rey, así como la facultad de transmitir su mandamasato a quien tenga el gusto de designar, resalta con toda lógica en su rimbombancia como el más falso de los dominios instituidos.

Tengamos la elegancia de ser salvajemente felinos, como el Jaguar attaquant un cavalier de Delacroix.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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