9.9.11

TANGO PARA SÍ



Careces de altura moral para juzgarme, así que en virtud de esa decencia que te atribuyes haz el favor de no ensuciarme con tus pensamientos.
Tomado de una discusión autoinfligida

Uno se pasa gran parte de la vida empeñado en comprender el sentido último y la trabazón secreta de sus actos hasta que descubre, sumido en las arrugas de sus ya irrecuperables ganas, que ese ha sido el mayor obstáculo para actuar como comprendía. Superviviente a traición, desde entonces, de los ataques taimados de la conciencia ingobernable; con el rostro fraccionado en rasgos ilegibles que evocan la fe disuelta de otras caras que quizá ni pudo estrenar; harto al fin de ese hartazgo a través de cuyo adictivo rechazo nunca parecía hartarse de estarlo, el sujeto valeroso experimenta un placer que lo sobrepuja al saberse víctima de sus ficciones, pues consuma en una suerte de giro revelador la fuerza de su voluntad contra la resistencia de lo real.

Retratista habitual de bailarinas enigmáticas y mujeres solitarias en actitud apasionada, Andrew Atroshenko nos sorprende con esta pareja entrelazada en un hipnótico tango.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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