20.4.19

NI MODO

Edward Burne-Jones, The Doom Fulfilled
No solo el exceso de negatividad es violencia, sino también el exceso de positividad, la masificación de lo positivo, que se manifiesta como sobrecapacidad, sobreproducción, sobrecomunicación, hiperatención e hiperactividad. La violencia de la positividad probablemente sea mucho más funesta que la violencia de la negatividad, pues carece de visibilidad y publicidad, y su positividad hace que se quede sin defensas inmunológicas.
Byung-Chul HAN
Topología de la violencia

En la jerga interna de los países, crisis es una técnica de gobierno que consolida poderes extraordinarios frente a los riesgos que en principio solo urgían a adoptar medidas pasajeras; poderes que sirven para extraer del humano acervo de penurias nuevos sacrificios sin ofrecer a cambio garantías. 

No poco se equivocan los que opinan que es más blando un Estado «de derecho» que otro dispuesto a exhibir su dominancia con los puños en paños menores. Un mando flexible es como un látigo, se ciñe mejor a las carnes del azotado, y colmo de mandos es que uno flagele su porción de cosmos sin que se lo ordenen pero justo con el nivel de rendimiento esperado. Nombres no le han faltado a la ideología que ha elevado a la categoría de sistema este productivo autoescarnio: neoliberalismo, turbocapitalismo, psicopolítica, posteconomía, tecnofeudalismo… Lejos de la pretensión de cerrar el repertorio, en estas mis lides no siempre lo he mentado como ahora me sale, «deudalismo», término que ya intenté definir en el Glosario con el ánimo de incidir en la hegemonía del endeudamiento sobre la configuración de las realidades colectivas.

Así como el socialismo fue la marca que el capitalismo de Estado empleó para debutar en el coso de las ideologías ofreciendo una tierra desinfernada a los demandantes de paraíso, el capitalismo de los empresaurios introdujo, enmascarado de libertad mercantil, la tiranía bancaria en la lucha por el dominio de ese recurso natural que nunca han dejado de ser las masas. Si algo han tenido en común ambos sistemas de devastación en su balance de cuentas son, sin lugar a dudas, las proporciones inusitadas que en ellos adquirió la violencia económica contra las clases obligadas a vender su fuerza de trabajo para subsistir.

Mérito vil de la violencia administrada con el propósito de quebrar por dentro a la víctima es que esta llegue a sentirse culpable de serlo y haga lo imposible con tal de obtener la bendición de su verdugo. Si estuviera desprovisto de esa capacidad de avasallamiento lograda a expensas de la violencia introyectada, en el actual modo de infravida bajo el dogma fantástico del desarrollo a ultranza, que es heredero del darwinismo social, la miseria seguiría siendo vejada como una forma pecaminosa de indolencia o como un testimonio de fracaso biológico, aunque por contra sus efectos persuasivos serían mínimos después de que los refuerzos positivos de una prosperidad asequible a todo quisqui hayan sido barridos por la dinámica especulativa de la voracidad.

Un chantaje global, inspirado por ese dogma y sin otro sostén que el acelerador a tope de la ganancia, tiene parcelado el mundo en grandes franquicias de naciones-granja donde la cultura rendida al entretenimiento fabrica personalidades cada vez más abobadas y asistidas: he ahí lo que la alianza entre los Estados y los entramados corporativos de la modernidad última, al haber exprimido el medio humano hasta hacerle vomitar el alma, han hecho con una población cuyo panorama existencial gira atrapado, como el hámster en la rueda, entre la capitulación frente al crecimiento de la deuda doméstica y la reclusión en campos de concentración urbanística que bullen de posibilidades de conectar las aptitudes para el sonambulismo con el régimen de expolio total.

Ante los demoledores golpes que el economicismo asesta a las capas que componen la base de la pirámide social, los territorios hogareños absorben la peor parte de la tunda y suponen, por necesidad, un modesto refugio frente a las inclemencias del siglo donde los apisonados por el coste de la opulencia que aún pueden ponerse a cobijo no parecen haberse tomado a pecho que ninguna familia pueda tomar partido por sí misma. Tampoco vislumbran como deberían en la emergencia de sus dramas personales la incitación a organizarse al margen del poder político, a crear espacios de aguerrida proximidad y a procurarse unas redes de intercambio emancipadas de las monedas fementidas, que no son sino las controladas por los bancos centrales. Capital verdadero es el que amplía la mente, no el que llena la bolsa, y si de algo anda escaso este orbe demente es de mente. Por desgracia, los caminos interiores son menos practicables ahora que la topología laberíntica del capitalismo se ha vuelto panóptica.

Cumple decir que el primer enemigo de las familias es el Estado, que encuentra en ellas un rival nato dotado de una estructura orgánica propia y con una voluntad de ser independiente de los organismos oficiales, luego muy dado, si fuera menester, a resistir al aparato de gobierno cuando sus intereses divergen. El mejor ejemplo de que esta observación concuerda con los hechos lo ilustra el rescate público que ha tenido en años recientes a los gánsters de las finanzas, cómplices del empobrecimiento planificado, como principales beneficiarios.

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