12.8.18

BIENVENIDOS AL POSHUMANISMO

Jasper Rietman
¿No es posible llegar a un exceso de inventos, como lo es un exceso de alimentación, capaz de causar similares perjuicios y trastornos en el organismo? ¿No tenemos ya suficientes pruebas de que la ciencia entendida como tecnolo­gía puede tornarse, debido a su crecimiento desmedido, cada vez más irrelevante para cualquier empresa humana, excepto la del tecnólogo o las multinacionales; de que, de hecho, como ocurre con las armas nucleares o bacteriológicas, puede ser no solo fría­mente indiferente sino hostil al bienestar humano? 
Lewis MUMFORD
El pentágono del poder

No entender que la familiaridad con ciertos aparatos proveedores de altas prestaciones depara una permutación en la relación instrumental entre el hombre y la máquina, o cerrarse a verificar que existen tecnologías diseñadas con la irrevocable misión de despellejar a quien las adopta, constituye la prueba más palpable de que la mente humana ha sido derrotada. De pequeñas sumisiones cotidianas están hechas las mayores mazmorras y de soluciones instantáneas el manual de las destrucciones sin enmienda.

El hombre nace bestia, y si una influencia más halagüeña no lo impide, la tecnocultura lo hace maquinal. A medida que se transparentan los pormenores de la individualidad, más lóbregos se tornan los designios sociales que los condicionan. El mantenimiento de la vigilancia y el control colectivos se miniaturiza y «la modelación de los individuos por estos mecanismos trata de convertir el comportamiento socialmente deseado en un automatismo, en una autocoacción, para hacerlo aparecer como un comportamiento deseado en la conciencia del individuo, como algo que tiene su origen en un impulso propio, en pro de su propia salud o de su dignidad humana», hace notar el sociólogo Norbert Elias. A la luz del empeño de tantos contemporáneos por demostrar su autonomía se desprende la inquietante sensación de que aumentan cada día los embudos sensoriales y las cuencas horarias donde la gente actúa en calidad de autómata. Ahora bien, ¿puede haber usos razonables de las aplicaciones tecnológicas cuando su pretendida funcionalidad es en sí misma un disparate o lo conjura por defecto para ser plenamente operativa? No veo objeción para que el buen uso de «no lugares» como las redes sociales sea ninguno, y lo mismo si examino con rigor las raciones de tiempo asesinado por esos terminales calificados de «inteligentes» en atención a su incuestionable eficacia para obtener la cosificación del usuario. Que este género de renuncias entrañe dificultades mayores que su pasiva asimilación, o que la ruptura tajante con la telefonía sea solo asequible a quien puede permitirse habitar el presente sin necesidad de rendir cuentas a la sociedad por el estigma de haber perpetrado una suerte de suicidio civil, revela hasta qué grado la tecnología no es una herramienta neutral, sino el verdadero panel de control remoto de los individuos, convertidos a tal efecto en minas de datos —el petróleo del siglo XXI— y comprimidos en sus ritmos de vida para ser más productivos que nunca en la perpetua cadena de sus menesteres. De momento, gracias al poder soberano de la cibernética y a las conductas miméticas que sus adminículos de consumo potencian, es más fácil robotizar a los humanos que dotar de inteligencia creativa a las máquinas, aunque no es desdeñable discurrir que una de las utilidades que nuestra especie proporciona a la hermandad de propósito que une las grandes corporaciones al estamento militar sea el de servir como banco de pruebas para perfeccionar las facultades cognitivas de los engendros pergeñados en sus laboratorios.

Al haber concebido el universo como la máquina por antonomasia con su divino artífice como motor inmóvil, la cultura occidental sentó las bases de una teodicea que elevaría al rango de sumos sacerdotes a los técnicos capaces de crear artilugios inéditos y de traducir a la lengua franca del poderío bélico sus sofisticados cálculos y experimentos, en especial cuando la clerigalla encanallada, que se hallaba por demás encallada en estériles devaneos escolásticos, disminuyó su atractivo utilitario frente al prometedor matrimonio de ciencia y despotismo político que el laico Francis Bacon consagró. Relojes, telescopios y astrolabios marcan el ascenso de una nueva casta sacerdotal que imaginaba el cosmos como un gran ingenio mecánico ordenado de acuerdo con principios matemáticos. Entre los cálculos orientados a explicar los movimientos siderales y los aplicados a la maximización del trabajo aquí en el calabozo, el nexo de interés rendiría, por ejemplo, la organización fabril que rebajó al obrero manual a la categoría de engranaje asalariado. Reducir los organismos al esquema de un mecanismo no precisaba habilidad sino insensibilidad, un recurso siempre abundante en los gabinetes de decisión, pero conseguir que una máquina se comporte como un organismo requiere, amén de habilidades inventivas, una sensibilidad reñida con la voluntad tiránica de simplificar el mundo. Ya lo profetizaba Zerzan: «El proyecto de una tecnología humanizada se ha mostrado sin fundamentos ni resultados; lo que finalmente se ha hecho realidad es una humanidad tecnificada». Esa humanidad tiene como jaula de extenuantes demandas la comunicación, a la que profesa a través de sus pantallas un celo que bien quisieran haber recibido los viejos ídolos de poses todopoderosas.

«Cuanto más buena es la pantalla, más canalla», recuerdo oírle repetir en su melopea matutina a un dispsómano que no solía escatimar sagacidades antes de caer en un pastoso balbuceo —variadas son mis fuentes—. Frente al azoramiento de tantos enredos telemáticos, es prioritario conservar en bajo continuo la prudencia y vivaces las raíces de amistad condensadoras de sentido, amparo y proximidad. La dispersión mental y el desmontaje afectivo son enemigos tan enconados de los espíritus libres como la desposesión del silencio, las presiones alienantes de la competitividad y los sucedáneos virtuales de la experiencia directa. O por decirlo con los acordes de insurgencia que la vapuleada conciencia merece: la confianza y el reconocimiento mutuos son, a pesar del sistema de roturación mundial, nuestro mejor arsenal de recursos compartidos. Sin embargo, los simios reticulados o «nativos digitales» tasan más fácil cosechar cientos de followers que esforzarse por comprender y cultivar la dimensión extraordinaria que solo en el cara a cara las amistades íntimas procuran. No se insiste lo suficiente en esclarecer que la difusión de la tecnología no ha sido concebida para enriquecer la vida humana o suplir carencias, no se cuenta como es debido que su popularidad es el resultado de haber sido promocionada para exprimir las facetas que antaño pertenecían a lo intocable. Al compás de este oscurecimiento, no deja de ser irónico que la prostitución provoque alarma en amplios sectores de las mismas sociedades que, rendidas a la penetración de las últimas tecnologías en sus vidas, han hecho de lo privado un intrascendente concurso de obscenidades.

Banksy
Cuando las directrices de una cultura se contagian sin un debate donde tenga cabida el disenso y su triunfo impone un obstáculo a la viabilidad de las alternativas, la imaginería resultante y el discurso que la acompaña son, punto por punto, lo opuesto a un horizonte emancipador. Si el racismo que otorgaba su principal coartada a la esclavitud durante el siglo XIX se ha vuelto indiscutiblemente reprobable bajo el prisma de nuestro siglo, ¿cuántas generaciones habrán de cebar la tierra para enjuiciar con la misma contundencia la esclavitud que impera, con pretextos técnicos y económicos, en el mundo globalizado del tercer milenio? Una cultura clónica basada en la alta tecnologización de los hábitos y de los hábitats preside la conquista total que el sistema civilizador se ha propuesto culminar a lo largo de este siglo. Ningún centímetro cúbico de tierra, agua y aire sin explotar, ningún ser vivo sin chip son algunas de las emblemáticas motivaciones que coronan el declive. ¿En qué pasillo de supermercado, terminal aeroportuaria o código fuente se ha extraviado el análisis desapegado, objetivador, que exige al pensamiento crítico la frágil condición asumida por el humano en la actualidad? «Tanta gente» y «tan poca cosa soy» componen los términos más reconocibles a cada lado de una misma realidad social, la del mundo masificado donde nos han parido; un mundo donde la humillación propia es como la estulticia, que no conoce límites ni fronteras; un mundo donde el desahucio no se restringe a los hogares y ha hecho premisa del desalojo de sí que cada persona ha de ceder a las necesidades espurias que, según el Nuevo Orden, ostentan un estatuto superior a las intrínsecamente suyas.

Voegelin, autor de un ensayo que me gustaría haber leído, La religiones políticas, atribuye a Nietzsche en otra de sus obras una anticipación que, por otro lado, podría haber confirmado cualquier coetáneo del Übermensch nativo de las praderas norteamericanas: «El precio del progreso es la muerte del espíritu». La única revolución posible, y la única deseable puesto que depende del individuo en la relación que mantiene consigo y no del derramamiento de sangre ajena, es la radical eliminación de los filtros con que uno contempla la escultura diaria de su existencia. Valga para sintetizar esta apertura centrípeta el testimonio recogido en Un brujo del Alto Amazonas, la biografía de un chaval que llegó a ser chamán de la tribu de los Huni Kui que lo capturó cuando contaba quince años: «Todos los sentidos parecían poseer una intensa agudeza y estar integrados en un único sistema. El estímulo que recibía uno de ellos se trasladaba inmediatamente a los demás». Apaguemos el volumen de los medios de trepanación inalámbrica y olvidemos a los fantoches que desfilan por ellos creyéndose prominentes; escuchemos a los grandes solitarios por los que siempre se ha pronunciado la voz secreta del alma expulsada de las colmenas urbanas y violada en el agro por el pillaje latifundista. Que la noción de élite haya sido subordinada a los penosos trapicheos en la sombra de ciertas camarillas no la define en absoluto, aunque facilita un testimonio de primer orden sobre la inversión de valores que requiere la dinámica civilizadora para legitimar sus ambiciones. La élite es un indicador de altura espiritual, no una identidad corporativa. 

Cree el intelectual posmoderno, convencido como está de que todos los puntos de vista son relatos intercambiables, o de que la épica de la oposición al reino de lo manifestado es una impostura, que al no ser posible todo lo deseable todo lo posible deviene deseable. ¿Y qué es lo que proponen las orquestas de sirenas a los náufragos de lo indeseable hecho posible? Progresismo. Mientras la izquierda, con su sedicente compromiso con la justicia, no se libere de la adhesión al mito del progreso y perciba en su locomoción una fuerza devastadora para cualquier esplendor, seguirá siendo partidaria y cobenefactora de una política que existe por y para la opresión. El fanatismo productivista del crecimiento ilimitado, común a marxistas, socialdemócratas, fascistas y liberales, como asimismo a nacionalistas e internacionalistas, además de ser una apuesta ridiculizada por el rebosamiento de los hechos históricos, supone también que algunos potentados calibren el modo de emigrar a otro planeta sin despedirse de los que sucumbirán entre los detritos de la domesticación. No caigamos en el error ecologista y antiecológico de pensar que somos externos a los procesos que tienen lugar en la biosfera. Somos parte elocuente de la Tierra, aunque el futuro en ella pertenezca a las formas de vida más degradadas. «Cuanto es grande perece si lo heredan los pequeños», advierte Spengler en La decadencia de Occidente con una claridad muy apropiada que igualmente podría tener como faro los escritos de René Guénon, otro estudioso de los ciclos de las civilizaciones y de sus avistamientos.

En ausencia de depredadores naturales, el humano se transforma en su propio azote y encarna una profusión de viñetas por donde desfila, acérrimo frecuentador de violencias y aberraciones, el despeluchado homo homini lupus. En ausencia de depredadores y de espacio para su inconsciente expansión, el humano deja de comportarse como un ser irrigado de alma, se transforma en una excrecencia infernal. Consumada su explosión como especie, su desenlace implosivo lo acecha a merced de sobrepasar unos umbrales de crecimiento tras los cuales se desatan implacables consecuencias. No es necesario hacer las debidas extrapolaciones del experimento Universo 25, realizado por el etólogo John B. Calhoun, quien acuñó la idea de «sumidero conductual» en alusión al desmoronamiento de la estructura social y a la muerte espiritual causados por la superpoblación, para llegar a conclusiones tan inquietantes como las observadas en roedores; no es necesario porque nuestro recinto es la historia y la civilización —el conjunto de las civilizaciones que han existido—, el más notorio desafuero acaecido dentro de su perímetro.

Conviene, no obstante, mantener a distancia la tentación de idealizar la pureza idílica del hombre salvaje: los hombres anteriores o exteriores a la civilización no dejan de ser hombres ni están exentos de encarnar un amplio espectro de brutalidades; dejan, ni más ni menos, de ser esclavos. Harto significativo sería que el acopio de registros arqueológicos viniera en apoyo de la conjetura, que tengo por verosímil, según la cual algunos grupos humanos, después de haber coqueteado con la naciente industria agropecuaria, decidieron abandonar el subyugante estilo de vida que trabajar campos y construir asentamientos permanentes conlleva para regresar a las tradicionales artes de la caza y recolección, ya que se tiene constancia de otros pueblos que han opuesto resistencia a las prácticas geopónicas y ganaderas de sus vecinos. Sea como fuere, desde nuestro despeño no basta con cuestionar una determinada línea política, la escandalosa asimetría en el reparto de los beneficios, el veloz deterioro medioambiental o el papel invasivo de la técnica: la inteligencia sensible se traicionaría si temiera escudriñar en el origen de estos males; mucho se acomplejaría si retrocediera en sus pesquisas ante el descubrimiento de que el anhelo civilizador de apropiarse de cuanto existe es, con su propulsor demográfico de ocupación, el primer responsable de la prolongada cascada de calamidades que es la historia. Después de la fertilidad uterina, el arma de mayor alcance destructivo ha sido el arado. O desindustrializamos los continentes, decrecemos como especie y desaceleramos la avidez por el control absoluto de seres y entornos, o solo una catástrofe de proporciones nunca vistas, la que desde siempre el hombre histórico ha presentido, conseguirá detener el poder mecanizador de la técnica que ha hecho de la cultura su vehículo y de nosotros sus cautivos, impotentes pasajeros. El heterodoxo James Lovelock, en una conferencia impartida en 2007, auguraba lo siguiente: «Los humanos se encuentran en una situación bastante difícil, y no creo que sean lo suficientemente listos para gestionar lo que se avecina. Creo que van a sobrevivir como especie, pero el descarte en este siglo va a ser enorme». El nicho ambiental favorable a las sociedades civilizadas está desapareciendo. Que sigan siendo productivas pese al envilecimiento paulatino de sus habitantes y la desertización que las circunda no acredita la plausibilidad de la urbanización, la industrialización y la estratificación a ultranza, evidencia en todo caso la obstinación de sus crímenes y la enormidad de su fracaso para corregirse. «Ser el último hombre que queda vivo es el deseo más profundo de todo verdadero buscador de poder», señala Canetti en Masa y poder. Barrunto que este pudiera ser el deseo más recóndito de cada hombre, y no sin mascullar espantos a cargo de las diafanidades en alza que atrapan por fascinación a multitudes, de rebote «me pregunto si existe una época más oscura que aquella en que todo está obligado a salir a la luz».

Maxim Nikiforovich Vorobiev, Roble alcanzado por un rayo
Nada casual traslucen en su irradiación los reclamos virtuales que han evolucionado en paralelo al empeoramiento de la realidad efectiva. De no ser por esta decrépita retroalimentación, los dispositivos que minuto a minuto nos arramblan tal vez no hubieran pasado de ser una invención anecdótica arrinconada en el almacén de algún centro de investigación tecnológica. Tanto el despliegue hipnótico del cibermundo como la zombificación fundamentalista, cuyos auges obedecen en su aparente divergencia a una misma causa, ofrecen falsos remedios a la precaria situación que caracteriza la vida de ocho de cada diez terrícolas, según el conocido principio de Pareto y según lo que cualquiera puede comprobar en los arrabales de cualquier megalópolis. Ambas ofertas despojan del vigor y la entereza mentales, son cruzadas contra la disponibilidad de sí mismo que suministran ficciones avasalladoras de la atención a una humanidad inmersa en el desencanto, pero certificar que lo pararreal está de moda y que ocasiona un despilfarro absorbente es quedarse demasiado corto; más ajustado sería constatar que la naturaleza de la experiencia se halla tan devaluada como obsoleta se ha vuelto la experiencia de lo natural. No es una mera quiralidad expresiva: ni el cuerpo ni la mente son lo que eran y la respuesta ante esta alteración delirógena es, por parte de la tecnocultura, añadir más novedad a la acumulación de inanidades, estirar el festín de simulacros hasta reventar. ¿Mentiría quien afirmase que somos artefactos biológicos desechables en manos de máquinas programadas para lograr que aun rompiéndonos seamos rentables? La coerción, una de las caras menos disimulables de la biopolítica, solo se desnuda en acontecimientos extremos o en las zonas limítrofes del espectáculo, cuando falla el canon de autoprostitución que ensambla, a niveles superestructurales, nuestro monkeyworld. Y puesto que la civilización no ha hecho otra cosa que atacar desde sus golpes de mando al individuo, cualquier invitación a bajar la guardia frente a sus metódicos allanamientos debe ser situada entre la propaganda ideológica que nos quiere raudos y mansos en el cumplimiento de las tareas que se nos asignan, desde pagar impuestos a fallecer de asco. No en vano, la proliferación del cinismo que tan fielmente retrata nuestra época es idéntica al cinismo de la proliferación, que juntos pueden ser resumidos en una sola fórmula: más de lo mismo, menos de lo indispensable.

En el ciberespacio sugerido por la novela de prospección futurista Neuromante, escrita por William Gibson en 1984, persistían numerosos rescoldos de genuina experiencia psicodélica; en la amodorrada aldea ubicua de nuestra centuria, el trajinado turista informático oscila, hecho un pelele, entre la murmuración perpetua, las compras compulsivas, la amputación del contacto físico y la sustitución del espejo interior de la conciencia por los espejismos narcisistas que algún albañal computarizado conecta entre pares de hominicacos. «Durante miles de años los hombres han soñado hacer un pacto con el demonio. Solo ahora es posible». Definitivamente, la especie humana ha huido hacia el más allá de la personificación audiovisual. Allí donde más encogida y fragmentada se encuentra la presencia —con síntomas que van del estrés, la ansiedad y la depresión a las disfunciones neurológicas y los trastornos alimentarios—, es precisamente donde el poder de la técnica está más desarrollado. «Frente a la catástrofe que nos amenaza —escribe Adorno en su Dialéctica negativa—, se reacciona más bien suponiendo una catástrofe irracional en los comienzos»: son las grotescas evasivas de un enfermo terminal ante la extremaunción. No se trata de hacer la revolución, como he apuntado, ni siquiera es necesario impulsar alguna clase de activismo sumando a la estridencia de los señores el tumulto de los criados; se trata, antes bien, de volver a dedicar tiempo a las extensiones relegadas que dependen exclusivamente de uno, de aprender a prescindir de las recompensas superfluas, de desistir de querer más a costa de otros y de repeler que otros quieran más a costa de uno. Los cambios sociales que se han precipitado en el tiempo histórico, como los provocados por las revoluciones políticas, las guerras plurinacionales y las perturbaciones industriales, no han hecho más que fornecer los sistemas de dominación preexistentes dotándolos de herramientas más eficientes para el expolio de ecosistemas y la gestión de poblaciones crecientes en número y complejidad. Si algún residuo de libertad ha quedado en pie cabe sospechar que ha interesado que así fuera. Vamos, por ende, de una sociedad casi totalmente vigilada a una interioridad casi perfectamente manipulable. Apenas hay margen de maniobra, pues hemos acabado siendo rehenes del marco de una civilización-proyectil que la sociedad moderna rearmó en su orgullo al incorporarle los afanes de la tecnociencia.

Arriesgándome a tomar el cómodo efugio de una generalización que aborrezco con la misma intensidad que apuro, miro por el gran angular al dictaminar que la Edad Moderna se inició como un acto de posesión en busca de razón que, a lo largo de la Edad Contemporánea, se ha viciado en encontrarle una razón exponencial a cada posesión. Este tipo de racionalidad es peligrosa porque, cuando un apetito se carga de codicia con ella, su salto a las acciones desmedidas se encarece como si fuera irrefutable, imprescindible e impostergable. Hemos encarrilado la vida a los sueños de un progreso incesante y todavía nos sorprende que la humanidad actúe como un gigantesco sonámbulo.

Cuanto más énfasis invierte la pulsión progresista en la modernización, más inexpugnables son las configuraciones institucionales encargadas de universalizar la conformidad. El éxito de la supervivencia humana en las circunstancias más hostiles de adocenamiento está en la razón de la supervivencia del éxito como proyecto infinito: el burro huye de la vara y corre hacia la zanahoria que tiene delante, es un concepto simple. Devorar la propia vida hasta extenuarla sigue siendo la manera que mantiene en marcha la maquinaria que se ha adueñado de este mundo. «Amor de dueño, querer de leño», opina el refranero. Solo las cosmovisiones que no han sido hipotecadas por la lógica desaprensiva de la civilización pueden ser de ayuda para rescatar al conocimiento del atolladero en que andan metidos los seres vivos bajo la hegemonía de la técnica. 

Por más capas que se ponga, por más cuentas de colores multimedia que decoren su paso, el emperador está en cueros y arrastra sus excrecencias levantando una nube de alipori a su alrededor. Imposible contemplar su pesada carrera hacia el colapso sin sentir arcadas. Pasada revista a su fatigoso avance, encomendar a otros agentes una mudanza de modelosería fiasco sobre fiasco. Se precisa una demolición desde el consecuente desasimiento individual, no mover un dedo para evitar que la demencia civilizada se derrumbe por su propio peso cuando carezca de los puntales que ha instalado en cada cliente, en cada súbdito, en cada peón. «Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme», ilustra Cervantes por boca de la pastora Marcela a quien quiera prohijar el dechado.

Al abrir con azarosa unción Extravíos, el último título de Cioran traducido al castellano, el fragmento  impreso me columbra: «¿Por qué trabajar sino para olvidar la propia cuestión: para qué? Pudiera ser que la laboriosidad no fuese sino la caída de las naciones y de los individuos en la acción para evitar esa respuesta; la sed de acumular mal sobre mal para no mirar de frente. Es el destino de todo hormiguero. La sociedad humana es sin embargo algo más: un hormiguero que se hunde por exceso de celo». ¡Bendita flecha de noesis la de este arquero entre tamaña confusión de máscaras superpuestas a tanta labor trivial que sus actores persiguen acezantes! ¿Podría esa hormigueante putridez del mundo civilizado ser el nigredo de una transmutación de grado humano si templamos el coraje de la lucidez postrera con la sabiduría orgánica de las tribus arcaicas, las que intuimos más cercanas al núcleo primordial de la existencia? Vivir de esperanzas es beber de espejismos. Y ahogarse en ellos, lo más que pueden hacer los poshumanos digitalizando su desesperación.

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