22.7.18

A PROPÓSITO DE LA VIOLENCIA DOMESTICADA

Stanislao Lepri, Jeune fille avec rhinoceros
La sabiduría quiere al hombre completo y armonioso. EL hombre es sensibilidad e inteligencia; el sabio es la armonía de ambas. Una armonía no se obtiene con órdenes y brutalidades. La sabiduría sonríe y aconseja. 
Han RYNER
La sabiduría riente

No menos reprobable que los actos de agresión contra la integridad física y mental de una persona es, que a causa de una inercia ideológica, de un interés decidido a obviar la verdad o de cualquier otro sesgo equiparable, la responsabilidad de los daños sea tipificada a bombo y platillo con una categoría delictiva impropia aprovechando la indignación que suscita. Sucede así con los conceptos intercambiables de «violencia machista», «violencia de género» y «violencia contra las mujeres», tan útiles en manos de la manipulación mediática como adversos a la descripción cabal del fenómeno que denuncian, lo que da lugar a falacias públicas y deficiencias sistemáticas de enfoque que constituyen, por sí mismas, una razón sobrada para exhortar a la recalificación de los abusos y los crímenes sangrientos ocurridos en el seno de las uniones pasionales como «violencia conyugal», o aún mejor, como «violencia afectiva», toda vez que el factor desencadenante que los caracteriza no es la belicosidad desatada por cuestiones de preeminencia sexista —hostilidades de idéntica naturaleza se dan entre parejas homoeróticas—, sino la actitud posesiva, despótica, de al menos uno de los consortes. Añádase en refuerzo de este cambio de concepto que tampoco el contexto donde se producen estos ataques lo define necesariamente el ámbito doméstico, sino ante todo el clima de dependencia asfixiante que tiende a envenenar la relación entre el agresor y el agredido. Acosa, denigra, atormenta y mata el afecto pervertido del afán de posesión. El maltrato es transgenérico y ecuménico porque así lo dicta la obsesión, tan cara a la mentalidad civilizada, por forjar vínculos cerrados en torno al sentido patrimonial del deseo que el encubrimiento culpable viste de amorosa fidelidad. La hijoputez no tiene raza ni casta, patria ni matria, condición sexual ni edad; es decir, las tiene todas. Gente de pronto deliquio insensible al dolor cercano, tipos crotalones y pisacuellos que caminan exigiendo altares a la santidad de sus huevos o de sus ovarios, almas demediadas que se creen gigantes en la jaula de sus fueros las ha habido y las habrá siempre, por desdicha. Acuerdos íntimos aparte, no cabe hablar de respeto por el prójimo si lo invade la voluntad de mangonearlo, si se establece como comercio interpersonal la moneda reductora del golpe y la voracidad basada en impedir la libertad del otro se hace norma. Un humano no puede ser bueno sin hombría y la hombría solo puede ser humana si no se traba en la sentina del sometimiento.

Con suma dificultad, diría yo que rayando el milagro, podría habilitarse una deliberación juiciosa y una justicia abierta a las múltiples facetas de los hechos sujetos a veredicto allí donde la tendencia moral dominante es incuestionable para la mayoría, las autoridades en funciones carecen de audacia para repensar la explicación estancada de las cosas y no se fomenta un examen riguroso, libre de cálculos propagandísticos y de ofuscaciones sentimentales, de las segundas intenciones que han quedado petrificadas con carácter de ley o de un impenetrable consenso cultural en el que no sería errado buscar la impronta debida al ensayo de programación social, o en otros términos, al enjuague colectivo de cerebro impulsado desde ciertos sectores influyentes. ¿Qué grado de honestidad pueden conservar las instituciones oficiales que dicen velar por la seguridad y ofrecer garantías jurídicas cuando su maquinaria se hace eco de la tergiversación que reina en las costumbres e impone preventivamente filtros a las verdades hasta que languidecen sin haber recibido la amplitud de miras que merecen?

Muy raramente la verdad coincide con la realidad, y cuanto más alto es el clamor que cree abanderarla, más endeble la percepción que se compensa en inflacionaria compañía. Se otorga visibilidad extrema a lo que pasa en los hogares al tiempo que se opaca lo que pasa en las altas esferas donde se toman decisiones que afectan a la habitabilidad mundana de cada súbdito. Tributario o mandatario, quien elude el análisis concienzudo de los problemas que caen bajo el monopolio de la versión concluyente de una realidad —como pueda ser la violencia afectiva mal nombrada «de género»—, se revela portavoz de una omisión lesiva que atenta contra la claridad que requiere el tratamiento adecuado del conflicto en sus adecuadas proporciones, a no ser que prefiramos desplazar los diagnósticos críticos de la inteligencia en favor de tribunales populares que rescaten el espectáculo del ajusticiamiento, restauren el uso de humilladeros en todos los accesos a las villas y vuelvan a poner en boga, entre otras devociones primarias, una colección de sambenitos diseñada en concordancia con el decrépito gusto de nuestro siglo.

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