22.6.18

PAISAJES QUE RESPIRAN DONDE EXPIRA LA REALIDAD

Joachim Patinir, Paisaje con San Jerónimo
Todos quieren saber, nadie pagar el precio.
JUVENAL
Sátiras

Lo siento. Lo he vuelto a hacer. Otro libro completo de aforismos y densas disertaciones en la línea de ¿Qué mejor pudiera haber callado?, Chafalonía de insomnios o Escarceo de intravagancias, por mencionar solo algunas de las tablas de aguas profundas que pueden visitarse río arriba.

Sin intención de ser exhaustivo en la clasificación de materias, consciente en cada frase de la permeabilidad que relaciona entre sí los temas abordados, he albergado la apetencia de agruparlos en las órbitas flexibles que me han atrapado al revisarlos: filosofía y espiritualidad de la luciérnaga 1 a la 147, psicología moral de la 148 a la 283, política y religión de la 209 a la 285, antropología y crítica social de la 286 a la 333 y creatividad de la 334 a la 353. Advierto que el tránsito por ellas sacaría de quicio a los amodorrados si pudiera encontrar a uno solo entre los excepcionales que me engalanan con la caricia de su atención, y no lo digo por darles coba, tengo algo mejor que inyectarles para no dejarlos indiferentes.

Así como de los organismos más básicos a los más sofisticados su lengua codificadora es el ácido desoxirribonucleico, el mismo acervo de grafemas presta las posibilidades estructurales de su sintaxis a la complejidad o al prosaísmo de los textos que solo las obras magistrales combinan con sinergia de forma y contenido gracias a la cópula estilosa entre el numen del artífice y los recursos de la retórica. En algún lugar interserido entre esas variables se podría localizar la serie de cavilaciones que aquí y ahora apuestan su do de pecho, desconozco con qué grado de acierto, a la máxima penetración intelectual. Me queda un poso de desazón por no haber conseguido ahorrar a mis perceptores el menester de explicar con prolijidad el sentido de algunas abstracciones que habría de ser muy bardo para comedir en una síntesis comprensible.

Paradoja conjurada en la diástole de mis vehemencias, vuelvo a grabar constancia de una escritura a la cimarrona, sin que el medio elegido me condicione ni la importancia del lector invisible me intimide. A la realidad de ser un autor desterrado de la imprenta por motivos en los que sería ponzoñoso abundar, añádase el hábito inveterado de reunir mi obra, a medida que me crece, en títulos consistentes y siempre accesibles. Nada tiene de ultratumba, por consiguiente, que desde sus albores haya concebido mis bitácoras como un sistema de ordenación literaria enroscada sobre sus peculiares ceremonias de transversalidad antes que como un compromiso público sujeto a una regularidad periódica. En cuanto al apego que pueda experimentar un congénere gustoso de reincidir en la agrura de mis pócimas, la celebro como una rara especie de curiosidad sobre la que nunca he albergado la egolatría de incentivar el tesón maratoniano de hacerme seguir hasta los riscos desde los que lanzo la semilla de mis conceptos, oteos que acontecen en concordancia con la marginación discrecional reseñada por Zambrano: «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas». Por si esta concordancia declinara, me casa con mi fortuna reconocer en su forma de cartografiar el poema universal la razón de lo desvelado que quien escribe ha hecho madre de sus desvelos: «Un libro, mientras no se lee, es solamente un ser en potencia, tan en potencia como una bomba que no ha estallado. Y todo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que al suceder amenaza y pone en evidencia, aunque solo sea con su temblor, a la falsedad». Escribir tiene por causa un acto de fe, de alta fidelidad, que dando la verdad que saca de sí a otros deja que sean ellos quienes la completen. Esa verdad necesita del que escribe un vasto vacío donde el yo no tenga trono, aunque el primer pronombre persista como un fósil en las muescas de la transcripción. «Lo que se publica —prosigue la filósofa exiliada— es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital». Escribiendo soy todo vuestro en lo menos mío que he hecho de mí.

Desestimada la inviabilidad de creer, es privativo crear. Empecé pidiéndole mística a la estética y he acabado solicitando lo contrario. La mística ocurre sin necesidad del hombre, la estética sin embargo invita al cortejo entre la criatura y lo creado: o hacemos obra del espíritu, o nos condenamos al sobrepeso de la putrefacción. Con jirones de alma bajo la lupa, esta plataforma digital ha recogido, por encima de cualquier otro tono, mi desarraigo para dar cauce expresivo a una vocación que sigue fluyendo desdeñosa del mundo editorial tal como está organizado. Aun en el caso de que fuera despoblándose de visitantes, no me privaría de encaramar creaciones a la red porque el placer, que lo hay, de interpelar a un foro particular de verbívoros, no me aviva con intensidad comparable a la lógica, aún más particular, de inventariar mis ideas y alevosías bajo una mirada que siento tan anónima y astuta como ácrona y amigable; la mirada que me figuro inspección de un dios secreto, aliado en la presencia rezagada que creo detectar entre los árboles más ancianos del bosque interior, de la interiorizada multiplicidad de lo indisoluble.

Ante las anfibologías que no me libro de suscitar con mis invectivas, animo a los lectores a emprender la interpretación menos restrictiva, que bien pudiera ser la menos pretendida por quien las firma. No busco notoriedad, un supuesto provecho que caería sobre mis teclas como un anatema, ni ansío echar el puño al tintineante estribillo del peculio; me basta la satisfacción de estimular las andanzas mentales de quien contemple las variadas escamas que entreluce el dragón emboscado en El peso del universo.

La presente quizá devenga última publicación en este lignificado herbario de ocasos. De seguro será la última en mucho tiempo, el que aproximadamente tarden en pronunciarse las entrañas. «Sin el hálito de la creación seríamos muertos vivientes», asevera un amigo carnal. Mientras inervo aptitudes que ulteriores posesiones verbales prensarán, preludio una espesura de silencio orientada hacia «artes menos categoriales», como afina un colega en la etérea cercanía de la confidencia recíproca. Y aunque podría continuar modelando con distinta suerte fulgores análogos, el onanismo de la expolición, lejos de despejar el ánimo o de proporcionar alivio al anacoreta que vela mis pensamientos, acabaría cebando su colección de obsesiones o lo pondría en el lance, nada hermoso, de aficionarse a la endogamia.

Escribir, cuando el que junta vocablos no es un papagayo o un farsante, satisface tres funciones endógenas e independientes de las vibraciones que el hipocentro del autor imprime a la materia de los otros: una función terapéutica, otra estética y la más tentadora para mí, la épica, porque con ella consumo las demás. Cuando a las letras me pongo, encabezo una guerrilla estética y terapéutica contra la barbarie triunfante. No es infrecuente ni eludible que el guerrillero sea tomado por la fuerza de un cansancio que solo repara la distancia ganada sobre mí mismo; no tanto la distancia muelle del descanso como la del concienzudo apartamiento de las propias huellas. Sepan cuantos analizan tales huellas que no creo en mí con la convicción que insinúan quienes incurren en la ligereza de traducir como una cosecha de arrogancias la literatura de desasimientos que cultivo. «No es solo normal, sino también natural y necesario, que cada animal tenga su voz», defendió el represaliado Giordano Bruno, y sosegar la voz dañada por la exhalación creativa de la episteme es la acción menos imprudente a la que quiero dedicar el retiro del todavía inconcluso Autógeno. Han sido doce años en, con y contra él, intervalo más que suficiente para demostrar si su palabra es de buena ley. Diría yo que sí, pues a pesar de la negrura que por ella se desliza, confío en la nobleza de su procedencia.


1

Ver para creer y creer para ver, la misma ilusión es.

2

¿Qué puede haber más complicado, para el elenco formado por los vasallos de la fatalidad, que haber nacido bajo las estrellas para elevar aspiraciones inalcanzables que la tierra tragará, para gestar ideas sublimes que nutrirán las burlas a los dioses y para ser espoleado hasta el último aliento por las necesidades de una bestia?

3

Ármate de una sonrisa ante la acritud de los demás, libérate de la tentación de magnificar los menosprecios que abren las puertas del ánimo a la ira y a ningún ofensor concedas el privilegio de descubrir el desaliño de tu enojo si piensas, de corazón, que aún no ha nacido el ser que merezca tener ese poder sobre ti.

4

«Sin inteligencia, no podría haber vida», asegura Stefano Mancuso. No lo discuto, como igualmente no parece discutible que, con un plus de inteligencia, la vida se convertiría en algo intolerable.

5

Por cuidadoso que uno sea con el manejo de la clarividencia, desnudar las apariencias no es posible sin despellejar la realidad.

6

«Hay mucha fealdad e ineptitud en el mundo —verifica Aldous Huxley—. ¿Para qué esforzarse por agregar más?». Quien no sienta compasión por el desafortunado que aquí nace, tiene ahí el sentido del tumor apropiado para convencerse de la reacción en cadena que nunca debería provocar con sus genes.

7

El único límite del conocimiento es la imaginación.

8

Quien vive de imágenes acaba siendo un fantasma.

9

Indicio, conjetura, extravío y revelación: todo en la naturaleza remite a una realidad mayor que nos atraviesa igual que nos despista. «Desperdicios sembrados al azar, el más hermoso orden del mundo», justipreció Heráclito.

10

La mala vida empuja tan a la guerra como la buena vida tan a la paz que solo colma la nada.

11

De lo más alto, que es la nada, a lo más bajo, que es la necesidad de todo, cada criatura reproduce en su viva sombra mental la caída original.

12

Todo lo profundo es abismalmente ineficaz; para la eficacia resultan más útiles las superficies duras y pulidas sobre las que se deslizan sus espejismos sin riesgo de hundirse.

13

El ser no es absurdo porque carezca de sentido sino porque los contiene todos; porque desde el punto que está en su germen se abre en todas direcciones.

14

Todas las dualidades no son en puridad sino polarizaciones, aplicaciones antagónicas pero complementarias de una misma fuerza que condiciona a diferentes niveles la manifestación temporal del ser universal.

15

Desde la eternidad, el ser es estático, pura permanencia, simultaneidad integradora de los sucesos; desde la caducidad, el ser es movimiento incesante, deterioro en cascada, fragmentación del acto en momentos. El conocimiento es filosófico en cuanto proporciona un equilibrio entre estas dos vertientes estrábicas de la mirada.

16

El mundo natural es intrínsecamente bello y significativo para quien lo contempla con la conciencia despierta, tanto como amenazador y extenuante para quien intenta domesticar a su antojo las inclemencias del escenario donde transcurre.

17

De igual forma que el ladrillo no puede dar cuenta del edificio, la vida no puede explicar las motivaciones originales de la naturaleza. Y si para comprender una obra arquitectónica hace falta cuando menos la perspectiva de un plano general, para enfocar a la inmensidad de la existencia se requiere una visión externa a ella: se precisa tener el privilegio de un panorama que solo la muerte concede.

18

Naturaleza y fe son recursos simbióticos al servicio de la más elemental supervivencia. Mientras el yo empuja la parte inconsciente de la naturaleza hasta su marchitamiento, la fe hincha por su parte el yo del creyente hasta el infinito.

19

El átomo encierra lupanares satánicos que la soberbia de nuestra especie no dejará de frecuentar. Con el descubrimiento de la energía atómica la materia perdió su virginidad para el hombre, que en su papel de proxeneta de la devastación le confirió otra clase de inaprensibilidad: la contaminación radiactiva, invisible pero longeva como la corrosión del espíritu.

20

Hay dioses tontos y tontos que se creen dioses. Los últimos son más numerosos que los primeros y acaso más peligrosos.

21

El ser más apestoso de todos es aquel que no percibe su propio hedor.

22

¿«Éxito reproductivo»? Existir es no tener éxito; es tener, por absoluta certeza, el atolladero como única salida.

23

La alegría florece en el jardín; la sabiduría, en el desierto. Y al oasis del saudoso Pessoa, ese unicornio de hombre, he acudido a conversar sabiendo que es «feliz quien no exige de la vida más de lo que ella espontáneamente le ofrece, dejándose guiar por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol, y, cuando no lo hay, el calor donde quiera que el calor se encuentre».

24

Mucho hay que aprender de los perros y aún más de los gatos, pero hay sobre todo que desaprender de los semejantes para desprender lo fatuo de lo esencial.

25

Ni es posible una vida dichosa, ni creíble una vida heroica; lo máximo que uno puede alcanzar a comprender es que la razón de ser es dejar ser hasta dejar de ser.

26

No te preguntes por tus razones para vivir, pregúntate por tus sinrazones para no matarte. Tener una razón para vivir es quedarse con la calderilla de la Creación pensando que se ostenta el privilegio de no estar obligado a rendir cuentas por la distracción que esa forma de agonizar encubre.

27

Aligeremos nuestro cuerpo de todo cuanto sea inhóspito al espíritu que lo habita. Rehusar es poder.

28

Siendo el humano una especie fallida —«un animal sociable que detesta a sus semejantes», según Delacroix—, todo cuanto pretenda hacer por enmendar su trágico destino está condenado de antemano al fracaso.

29

La vida, carrera hacia el fundido entre las diferentes formas de organizar la materia, cambia con la sucesión de sus etapas. Solo la muerte es igual a sí misma en todas ellas.

30

Más honesto es registrar los hechos sin comprenderlos que restringir su registro a los pocos que se da por comprendidos.

31

De los difuntos siempre cabe sentir una discreta envidia porque a ningún ánimo sincero se le escapa que la condición del finado es mejor que la del ser viviente. El muerto se priva de algunos tesoros y amenidades, falso sería negarlo, a cambio de dar por perdidos cuantiosos pesares y sufrimientos, como es justo reconocer.

32

En dos grandes cursos encauza el hado los humanos designios: el de quienes hacen de la vida una asunción de fardos y el de aquellos que abrazan la sapiencia de no cargarlos.

33

No concibo idea más exacta de la libertad que la de interpretar la necesidad a mi manera.

34

«El que espera, desespera», sostiene el adagio. Sin esperanza, todo temor sería ridículo. El que más espera, más tiembla.

35

Hacer de la propia vida un camino despejado a las ideas sin dar un solo paso en sentido alguno. No deshacer la sacralidad que aun viviendo se abstiene de seguir creencia alguna.

36

Existe a la postre una razón, tan poderosa como el más bruñido argumento, para prorrogar la cita voluntaria con la muerte: la continua imposibilidad de confeccionar una frase perfecta de despedida.

37

Elegir la resignación no implica dejar vacante la escena donde la tragedia pone en juego los destinos humanos, antes bien, el individuo que sale por sí mismo del mundo es congruente por excelencia con la filosofía trágica. Por el camino de cabras de la resignación transitan, asidas a las miserias crónicas de la humanidad, las almas de quienes perseveran en la maquinaria de su siglo haciendo girar la rueda del dolor por miedo a convertirse en los interruptores de un pasado feo o del aún más feo futuro.

38

Pensar es estéril porque no puede modificar el destino, pero su esterilidad es épica porque cambia la relación de valor que el pensador establece con su propio sino.

39

En tanto que efímeras pero inacabables bestezuelas, hemos de aceptar nuestra insuficiencia por principio y por final de nuestra excrecencia.

40

Nada es más trivial que acentuar la existencia a despecho de la muerte, y nada más cacofónico que acentuar las acciones de acuerdo con esa prosodia.

41

Vive el pensador en su cripta de conceptos como un embalsamador de ideas; y cuando el suministro de ideas se agota, todo su pensamiento es un embalsamamiento en vida.

42

Ninguna idea es tan fútil que no merezca ser pensada dos veces, y pocas son tan suculentas como para ser memorizadas.

43

El exceso de significación, disolvente por naturaleza de los límites entre la realidad exterior y la vivencia interior, tiene como primer efecto de su poder una elocuencia que espanta a los advenedizos. A nadie hay que forzar a modificar su visión del mundo, téngase a lo sumo la gentileza de pellizcar esporádicamente sus esquemas mentales. La ruta que ofrece menos resistencia a la conciencia, no la hay mejor para la verdadera ciencia.

44

Dado que soy un firme partidario de que el mal debe ser resistido, concibo a la perfección que «la vida es rosa» en el color de la crudeza que muestran bajo la piel todos los inmolados a la insensatez de ser.

45

No siembres carne doliente; engendra bosques de creatividad y detente.

46

Demasiadas ramas tiene el saber para el endeble tronco de la naturaleza humana.

47

A ningún terreno pertenece el humano, pero el árbol de su alma se convierte en un insignificante y pastoreado pulgón a falta de un suelo profundo para enraizar.

48

La sabiduría no puede ser el principio creador de todas las cosas porque excluye el deseo de cualesquiera de ellas; tiene más redondez que la sabiduría sea el fin completo de las cosas en cuanto cosas, su disolución en la universalidad en vez de su individuación dolorosa en las formas de la materia.

49

Que abunde lo malo es la mejor razón para cuidar lo bueno.

50

No es largo el camino que aun la vida más longeva ha de recorrer, aunque el suplicio de Sísifo es menos fatigoso si uno lleva la carga de sus horas con virtud.

51

Quien ama la vida no es más digno de amor que lo peor que tiene la vida. Contentarse con vivir es la razón del ruin y la catástrofe del noble.

52

Subsistir por subsistir es prolongar la existencia en la más innoble de las posturas, aquella en la cual el apego a la preservación obliga a consentir la vileza como única norma.

53

No estoy muy lejos de pensar que por bien avenidos que se sientan sus integrantes, ninguna familia está más unida que cuando comparten vacaciones en la almacabra.

54

El más allá existe, qué duda cabe, solo mientras uno existe.

55

No lloramos solo para liberarnos de una emoción punzante, el llanto es también un intento de disolver la dureza del mundo que nos acosa. ¿Quién no cambiaría cada lágrima de más por una molécula menos?

56

Debemos dar digna sepultura mental a nuestros sentimientos o seguirlos hasta la exaltación; desvanecerlos bajo la caricia impertérrita de la contemplación u ofrecer en holocausto nuestro corazón al torbellino de las pasiones.

57

Sin ser testimonio de toda la verdad, las desgracias no solo dan prueba de sí mismas, sirven también para incriminar las delusiones que hacen creernos a salvo de la crueldad de la existencia.

58

Quien desdeña aprender de los estados alterados de conciencia demuestra ser tan inculto en su ser como quien cierra su mente a la experiencia que puede aportarle el legado artístico e intelectual de otras épocas. Un estudioso privado de acceso a sustancias psicoactivas está en una carencia análoga a la de una biblioteca expurgada de libros.

59

Se ha puesto erróneamente el foco en las propiedades del objeto cuando lo determinante son las actitudes del sujeto. En la herma de aventuras que uno es durante la meditación, el universo recorre su mente con visos del sueño eterno donde el tiempo desaparece y todo es una y la misma extensión.

60

Nimio intento es querer mejorar el silencio mientras somos porque el silencio solo puede mejorarse a sí mismo cuando no somos.

61

Son múltiples las interpretaciones que pueden hacerse de la realidad porque una sola es la pieza que suena en ella.

62

Solo tenemos una madre, la eternidad, y esa señora desde siempre se ha comportado como una auténtica fulana. La matriz es meretriz de la causa generatriz.

63

Con todas las barbaridades que la naturaleza moviliza, aún no he visto que la omisión de la prole sea tan castigada por la vida como el compromiso con la perpetuación de la especie.

64

Son muchos los anticonscientes que prefieren entregarse a una pasión cualquiera, más creíble cuanto más compartida, para vivir de la mañana a la noche de espaldas a la evidencia que caerá sobre ellos tanto más lacerante cuanto más postergada haya sido la verdad.

65

Para una definición de la vida en términos justos con los sentimientos inconmensurables, habría que precisar que vivo es, ante todo, el ser que sufre por los muertos y por no haber muerto.

66

La verdad está en cada nervio y en cada verdad viaja una señal nerviosa que solo se puede entender aceptando que somos mucho más que una profusión de nervios y verdades.

67

A juzgar por el estado actual de nuestros conocimientos y por el tipo de aproximación que hacia ellos se reputa, quererse científico antes que buscador equivale a declararse ajeno a la inmensidad por explorar en cumplimiento de la fantasía oficial que sustenta los datos de una ciencia. La realidad desvelada de nuestro nicho epistemológico está llena de resonancias activas y extrañamente metafóricas para cada uno de los interrogantes que irradia su presencia. Los datos primarios que entran en la conciencia son, cuando menos, tan válidos o tan dudosos como aquellos en que se basa la observación de cualquier fenómeno con métodos controlados científicamente. Esta realidad es a la vez otra realidad y «la visión de la otra realidad —glosa Octavio Paz— reposa sobre las ruinas de esta realidad. La destrucción de la realidad cotidiana es el resultado de lo que podría llamarse la crítica sensible del mundo. Es el equivalente, en la esfera de los sentidos, de la crítica racional de la realidad. La visión se apoya en un escepticismo radical que nos hace dudar de la coherencia, consistencia y aún existencia de este mundo que vemos, oímos, olemos y tocamos. Para ver la otra realidad hay que dudar de la realidad que vemos con los ojos. Pirrón es el patrono de todos los místicos y chamanes».

68

Entre las numerosas suposiciones científicas que terminan moldeando las supersticiones oficiales del siglo, siempre me ha llamado irritantemente la atención, por su falta de consistencia biológica, el postulado que teoriza un tránsito de lo inorgánico a lo orgánico como explicación de la génesis de la vida contra las abrumadoras pruebas de lo contrario. Lo inerte da fe de la vida que hubo, no de la que pudiere venir.

69

La vida en evolución es un laberinto, un dédalo de selección por etapas, y esta selección, ya que no necesariamente excluye de la vida las ineptitudes —toda inepcia crea una inercia—, obra de tal forma que los criterios cuantitativos priman sobre los cualitativos y los cañonazos de la reproducción asolan siempre los reductos de la intelección.

70

Lo que otorga credibilidad a las explicaciones basadas en el método científico no es el poder de desentrañar los fenómenos, sino el poder de categorizarlos bajo una misma apariencia de realidad. No hay causa objetiva para validar la presunción que hace del antropoide hiperbólico, alias Homo sapiens, un ser más apto para la comprensión del medio y sí, en cambio, razones fundadas para sospechar que, tratándose de una especie de reciente aparición, su parafernalia exocerebral es otra prueba tangible de que ocupa tan solo una posición excedentaria dentro de la biota.

71

Existe también una evolución en el campo de las ideas —entendida la evolución como una competencia para lograr la mayor ventaja adaptativa al medio—, pero no es menester que las imágenes del mundo que arrojan un saldo exitoso sean las más valiosas, las más bellas o las más sutiles, sino tal vez todo lo contrario habida cuenta de que el simio parlante, siendo en sí mismo un medio de propagación de códigos lingüísticos, ha sufrido desde los tiempos prealfabéticos o telepáticos una degeneración irreversible.

72

¿De qué tumba ha salido quien no siente el dolor metafísico de ser uno con el otro e innegociablemente otro con uno mismo?

73

Extingámonos procurando causar el menor daño posible con nuestra desaparición a quienes no comparten este mandamiento.

74

Si estuvo en lo cierto Gómez Dávila afirmando que «la ciencia no puede hacer más que el inventario de nuestra prisión», no sería menos exacto quien planteara que la filosofía tiene por misión ineludible ayudarnos a abrir un butrón para escapar de ese calabozo.

75

Hay errores tan armoniosos que por ellos merece la tristeza equivocarse.

76

Saber apropiarse de las desilusiones es completamente necesario para poder sondearse sin gritar de pánico ni mendigar redenciones.

77

Puesto que nada es tan factible como el mito, los adversarios de la imaginación no son los realistas, que cumplen para ella la función de la colaboradores necesarios, sino los prosaicos.

78

Aporta más elasticidad intelectual explicar las realidades vulgares a partir de factores sobrenaturales que desmitificar los misterios reales por medio de pedestres razones.

79

Una sucesión de fábulas, a cual más delirante, tal es el trayecto de la verdad por la historia.

80

El tiempo es una pesadilla de la que solo nos evadimos en sueños y a la que somos devueltos al despertar.

81

Entre la severidad metódica de la ley y la intrincada maleza de los instintos, debe el hombre de valía deslindar su propia disciplina.

82

Se ha de tener el coraje de resistir el extravío de la parte en el todo y la clarividencia de aceptar la pérdida del todo por el todo. Se ha de sobreponer a la existencia la visión de la centralidad del ser por medio de la cual la presencia indestructible del alma conecta lo particular a lo universal.

83

Los malos no dan su razón de ser a los buenos; les dan, sencillamente, un ser a la sinrazón que la vida requiere en tanto que desconocimiento de sí misma para poder realizarse a expensas de la conciencia disruptiva de sus implicaciones.

84

Ser humano no es, después de todo, sino ser un cansancio de sí atrapado en la permanente búsqueda de algo que retrocede, por definición, ante el deseo de aprehenderlo. Ser humano, física y metafísicamente, no hay aquí cesura, es antes que nada una jangada apurándose sobre las ascuas de cada momento.

85

«El verdadero vivir feliz es no querer nada —propone Miguel de Molinos—. Unida el alma al vasto imperio de la nada, ya no tiene que desear, porque ya lo tiene y posee todo». En vista de que el deseo siempre es el síntoma de una privación irreparable, las doctrinas que preconizan desecarlo como álveo de todo padecimiento se equivocan de manera análoga al médico que prescribe analgésicos contra un dolor cuyas causas exceden su anamnesis. A no ser que el universo expire, el acendramiento espiritual obra tarado por una carencia consustancial que no cesará nunca porque en el origen mismo del cosmos crepita el deseo irrealizable de ser otra cosa.

86

Nada más banal que acomodar los hechos a las convenciones sociales y dar por buena la creencia de turno con tal de no admitir que la procreación, practicada de forma premeditada, es el acto terrorista por antonomasia. No se examina un asunto polémico cerrando los ojos a los enfoques molestos.

87

El pensamiento tiende hacia el limo de las profundidades como la piedra hacia el lecho del lago.

88

Un gran avance para la humanidad supone, casi siempre, un tropiezo mayor para el espíritu.

89

En el mundo cultural, al igual que en el mundo biológico, nadie hace nada por nada y no porque resulte bobo, en términos adaptativos, rehusar la búsqueda de una ventaja, utilidad, provecho o satisfacción —muchos ejemplares de nuestra especie no tienen empacho en sabotearse con toda suerte de imbecilidades que nada práctico aportan a su conducta—, sino porque es imposible estar vivo y permanecer ajeno al comercio incesante, que desde las células a los ecosistemas, facilitan su continuidad a la naturaleza.

90

Existen tantas concepciones de la verdad como seres involucrados en descubrirla. Frente a las variantes de la verdad no es inoportuno observar lo que siempre es pertinente señalar frente a la pluralidad de planteamientos que ofrece la política: la apariencia de neutralidad, cuando no es una timorata alineación con los intereses dominantes, repercute siempre contra el punto de vista minoritario.

91

Convulsiones gnoseológicas aparte, la médula de nuestro ser sabe que las alucinaciones compartidas son verdaderas como no ignora que son falsas, desde cualquier ángulo que se las aborde, las realidades que se obstinan en permanecer inmutables a los cambios de quien las indaga.

92

Que el espíritu tenga remordimientos de su soledad, a menudo cuajados bajo la forma de un desasosiego sin objeto ni final, es un efecto secundario de la naturaleza que se sueña ebria de sí misma en los organismos. Nada tiene de extraño que la parte mecánica de los seres biológicos luche desde dentro para revocar la distancia conquistada por el espíritu respecto a la realidad circundante; nada insólito que la programación intrínseca haga lo imposible por amargar el acercamiento a la certeza de que la prueba de sí mismo solo puede dársela uno en el oráculo del abismo, pues no en vano la divinidad oculta, la inteligencia del Otro, no mora sino allí, en su fondo.

93

Hemos trazado mapas para codificar nuestra relación con el espacio, ordenado cronologías para referenciar nuestra relación con el tiempo e inventado múltiples soportes para transmitir la información obtenida de nuestra experiencia, que de ese modo es virtualmente preservada y puede ser recuperada por actores distantes en el tiempo y en el espacio, pero aún no hemos sido capaces de transferir cuanto sucede en la órbita visionaria de los sueños.

94

Iluminar el universo en que ha nacido es la principal responsabilidad de una criatura creadora como el hombre. Dejar que sean otros los que se encarguen de esta labor, abandonarse cómoda e indolentemente al modelo pensado por los ancestros, los embaucadores o los expertos en auge, no hará la vida más comprensible en términos existenciales, solo trivializará su sentido en la misma medida que se acata la irresponsabilidad de no cuestionar lo aprendido.

95

El único bagaje que nos aportará una relativa comprensión de la naturaleza de la realidad es nuestra propia existencia. Puede que por sí mismo uno siga espiritualmente extraviado al final de su camino, pero poner el florecimiento de la conciencia en manos de un maestro, por enriquecedora que pueda ser su instrucción, comporta la elusión del desafío inicial: la responsabilidad de escrutar el ámbito ontológico de lo inefable.

96

Nada podemos contemplar sin descubrir que somos lo que contemplamos. Y si somos lo que contemplamos, ¿cuánto y cómo podemos transformarnos según la mirada de la imaginación? La contemplación necesita diseminarse por los extremos antes de poder crear un centro de fusión entre el ser contemplador y el ser contemplado.

97

Vamos tan empaquetados en nuestros yoes por las zozobras de nuestros designios, que sentirse oriundo de otro mundo al trabar contacto con los coterráneos menos conscientes de la sima que compartimos solo puede ser indicio de que se avanza por buen camino.

98

Cuanto más desnudo se está, más estrecho queda el traje de hombre.

99

Sabios hay sin saberlo y consabidos eruditos que ignoran lo esencial.

100

Quien sabe, sonríe, aunque su misma boca beba de la fuente viva de su llanto.

101

Nada más natural en este páramo que tener sed de lo sobrenatural.

102

El espíritu carecería de dignidad si cuando al fin fuera tocado por la magnificencia del cosmos tuviera por respuesta arrodillar el pensamiento implorando piedad.

103

Solo es entero quien es eterno.

104

Cada estado es un lugar, cada lugar un estado. Si no se puede cambiar de lugar, siempre se puede cambiar de estado.

105

Antítesis del turista que mira de igual manera el desfile de lugares y gentes diferentes, el espíritu aventurero no precisa rodearse de grandes escenarios porque su hazaña, básicamente, es dar distinto enfoque a las mismas realidades, algo que puede hacer en cualquier parte, incluso sin salir de casa.

106

El error posee encantos casuales que la eficacia técnica, entrenada para lograr la versión más perfecta de la misma vacuidad, ni siquiera concibe.

107

La belleza es la ilusión del descreído de la trascendencia de la materia que aún sigue obstinado en dotar de materia a la trascendencia.

108

Por cada momento de genuina belleza, el mundo derrama tanta porquería sobre el alma que el único modo de no sucumbir a la bajeza es pasar de la mortificación a la contemplación impasible del cuadro que componemos entre causas y efectos.

109

A medida que la existencia de un individuo se agranda, una espiral introspectiva enrosca su periferia al ombligo que lo une al centro inmóvil del universo.

110

En la base de lo orgánico persiste lo inorgánico de igual forma que dentro del alma universal existe el microcosmos, la physis de cada naturaleza particular. Por arriba y por abajo, en lo infinitamente remoto y en lo intangiblemente cercano, las dimensiones exteriores no son sino otra expresión del mismo misterio que hallamos cuando sondeamos nuestro propio ser. La existencia individual es para la muerte y la muerte es experiencia para el ser universal.

111

La conciencia sintiente es un todo compartimentado en especies que a su vez se dividen en individuos cuya esfera mental está multifacetada. La relación entre todos los niveles implicados dentro de esa serie de realidades tiene propiedades osmóticas, pero el sentido de las interacciones que tienen lugar en ella, tanto si es ascendente como descendente, obedece a una estructura jerárquica.

112

Existen tres mundos fundamentales, ordenados concéntricamente de tal suerte que el mayor o superior contiene, por superposición, a los otros. Cada uno de ellos se proyecta de forma simbólica en los demás, y también en los diversos géneros de actividad que desgranan, en virtud de un proceso de correspondencia analógica que va del macrocosmos al microcosmos y viceversa.

113

Sólo Dios es adorable; sólo Él porque su soliloquio eterno expresa todas las formas y en ninguna se contiene.

114

La idea del Ser Universal no es ni infantil ni grotesca, pero la que a partir de ella se han formado las religiones teolépticas de mayor calado histórico son todo lo infantiles y grotescas que un cerebro humano puede concebir.

115

Nada aporta más vitalidad a un postulado que su virtuosa negación. Así la idea de Dios se concentra y purifica bajo la furia estéril de los ateos, tanto como mengua y se disipa con el fervor expletivo de los teólogos.

116

Entre un devoto y yo la mayor diferencia no es de naturaleza, sino de orientación: el devoto habla a Dios y no escucha; Dios me habla y atiendo.

117

«Los dioses me lo envidiaron, como a todos los mejores, y me lo arrebataron», dice Cardano a propósito de la muerte de su joven hijo Giovanni Battista, víctima de una confabulación. La envidia de los dioses, por extraña causa que parezca a nuestros ojos inflamados de modernidad para explicar la muerte de un ser querido, es un significativo ejemplo de la clásica relación, no exenta de rivalidad, que los hombres mantuvieron con los seres supremos.

118

Vencedores y perdedores son extremos del demiurgo que distrae su ubicuidad jugando contra sí mismo.

119

Metáforas de la unidad divina y de la divina nada, de la vertical del ser y de la horizontal del no ser, son el uno y el cero. A una escala humana, el éxtasis es uno y la muerte cero, luego uno por cero…

120

Desaparecer, extinguirse, no es dejar de ser, sino deponer la existencia concreta en el éxtasis eterno que subyace, como un centro metaindividual, a la totalidad de las creaciones y destrucciones que en su forma temporal adopta el Dios íntimo, pero desconocido, de la eternidad.

121

Ninguna ideología ha ambicionado tanto asesinar el alma como la que dogmatiza el cristianismo, pero en su caso la excusa no fue el alzamiento de una clase depauperada contra otra opulenta o el aplanamiento social en nombre de una utopía, sino la más viral, y sin duda onanista doctrina, de la salvación personal, cuya implantación redujo las potencias del alma a las bagatelas de la personalidad y enyugó la creación, otrora repleta de dioses comunicativos, a la muda irrebatibilidad de uno solo que, por necesidades publicitarias, se vio clavado en un trastulo capaz de suministrar dosis de esperanza a discreción del usuario.

122

Una acepción esotérica del acrónimo INRI le atribuye otro significado que difiere radicalmente del archisabido Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, a saber: Ignis Natura Renovatur Integram, «por el fuego se renueva completamente la naturaleza». Dios sigue siendo el recurso mental más ajustable a las minucias de la criatura que lo imagina.

123

Por los líquenes que encienden en la superficie de cortezas y rocas altavoces prediluvianos, he sabido que el puente más corto entre la naturaleza no humana y la humana no lo tiende el conocimiento científico de la materia, sino la visión chamánica del alma en la que natura naturans y natura naturata conforman un solo bordado tan más allá de la materia como trabado con ella.

124

La experiencia visionaria tiene para la evolución de la mente una importancia comparable al uso de la brújula para la historia de la navegación y se desmarca de las religiones triviales porque no está supeditada a un sistema de creencias, sino que sirve de acceso a un sistema de conocimientos que entronca con procedimientos arcaicos de recaptación de la naturaleza imaginaria de la realidad. No sería exagerado referirse a esta experiencia como la máxima dimensión de acoplamiento entre los engramas cognitivos de la criatura humana y la retícula de arabescos acroamáticos emitida por una inteligencia de origen numinoso que ilumina la auscultación del intrépido en los paisajes que respiran donde expira la realidad conocida.

125

El grado más alto de conocimiento empírico procede de nuestra relación con el misterio. Ningún humano llega a madurar cognitivamente a menos que explore la realidad de allende las fronteras convencionales de la mente mediante la transfiguración visionaria de la experiencia. Puesto que las enseñanzas de esta clase de experiencia son a la gnosis lo que fueron los microscopios a la biología, quien se niegue a contemplarse desplegando las líneas maestras de esa realidad revelada no podría considerarse un filósofo sino mintiéndose a sí mismo.

126

Cultivar el misterio no es lo mismo que desentrañarlo. El misterio es recóndito e inefable por naturaleza, no un problema a la espera de ser resuelto por una toma de posesión del ingenio.

127

Al ir embutiendo viejos miedos en nuevos mitos y dar más volumen mental al absolutismo de las pasiones, cada generación ha progresado en la corrupción de las facultades metafísicas que hacían del humano un ser dotado de un sentido sutil para evocar su continuidad con el misterio del alma.

128

El rito es una forma de momificar hallazgos cuyo sentido se teme que desaparezca bajo la erosión del uso, pero un misterio atado al servicio de la liturgia convierte su legado en una suerte de gusanera a cámara lenta.

129

Tanto da decir Tradición Primordial, Magno Misterio u Objeto Trascendental: aparte de producir parasitarios sistemas de patrañas y de haber cargado el saber con toda laya de temores y prohibiciones superfluos, las religiones de masas han traicionado la fusión del espíritu humano con el Arcano.

130

¿Prosigue ontológicamente la muerte la expansión universal del ser o la interrumpe hasta que otro ciclo cósmico la reanuda? ¿No es acaso la misma noción de ciclo una consolación metafísica que oponer a la terrible idea del crecimiento perenne del ser? ¿Y de qué huye este ser imperecedero que disemina por el espacio las figuras multidimensionales de su infinito estertor?

131

Allí donde la razón tropieza con una aporía, puede la intuición encontrar y ser encontrada por la simultaneidad sustancial de todos los procesos que resuelve las contradicciones surgidas en la sucesión de acontecimientos.

132

Hay días y Días: en los primeros cuentan más los actos que las contemplaciones donde los segundos deparan su prestancia.

133

Para poder escuchar a los árboles primero hay que saber inducirlos a hablar. Como habitáculos divinos y laboratorios sibilinos que son, ellos conocen más de lo que cuentan y a su enigmática manera conversan más de lo que imaginamos.

134

Cada experiencia subjetiva conforma el hortus conclusus, el jardín cerrado de la condición humana, que a su vez es parte del vivero planetario como este lo es de la jungla galáctica.

135

Me confieso teófago, pero a diferencia de los comulgantes que han extendido su monopolio eucarístico por los continentes como una plaga, mis hostias hacen efecto sin hacer daño.

136

Cuanto más concentrada está la atención en el mirador infinito que es el centro de uno mismo, más periférica se tornan las actividades de la vida social y más probabilidades de atraer sobre sí el rechazo instintivo de aquellos que nada entienden de contemplación.

137

Existe una mente encerrada en el afuera y otra prisionera del adentro. Es tremendamente fácil especular con la hipótesis de que durante la larga edad prehistórica de la especie humana ambas mentes estuvieran unidas, y que fuese la adaptación ambiental a los requerimientos atomizadores del hacinamiento la causa que introdujo esta reciente escisión en la consciencia. Por suerte para nosotros, algunas especies de otros reinos han sobrevivido a las fluctuaciones de la evolución como fuentes de un poder capaz de volver a unir, durante la libación extática, los compartimentos que el devenir separó.

138

Nuestro cerebro está físicamente hendido porque nuestra estancia en la vida es metafísicamente una hendidura que se abre entre el aquí de la materia y el allí del alma universal.

139

Cuando el campo mental de un materialista es tocado por el concepto de «alma», en vez de notar la presencia de un dialecto antiguo pensado para manejar nociones que acaso sean demasiado complejas para los pobladores de nuestra era, su significado termina irremediablemente confundido con los detritos que en ese campo abundan. Para el materialista el alma es un vestigio alienígena en un desfiladero marciano.

140

Con el advenimiento de la ciencia moderna y su apelación a la materia como sucedáneo de la divinidad, la opinión de que el alma es una fantasía o un subproducto imaginario de la actividad cerebral devino canónica, pero algo tan sencillo de hacer como el guiño de un ojo no ha recibido por parte de la ortodoxia científica una explicación que refute el conocimiento que ha sido lugar común para los místicos de las tradiciones superiores de cualquier región del mundo: el cuerpo va engastado en la mente como una alucinación persistente; es un soporte auxiliar para el alma, no una realidad absoluta. El etnobotánico Terence McKenna introdujo una idea bien sugerente al respecto: «No somos fundamentalmente biológicos, con mentes que emergen como una especie de iridiscencia, una especie de epifenómeno a niveles más elevados de organización de la biología. Somos objetos hiperespaciales de alguna clase que arrojan sombras sobre la materia. La sombra de la materia es nuestro organismo físico». La dimensión corpórea de cada uno de nosotros sería, según este planteamiento, amén de una crisálida en la que crece una entidad protomaterial, un vehículo vulnerable, sí, a todo tipo de accidentes, que cumple no obstante la función de sonda durante el tránsito de la psique por los estados múltiples del ser, no sabemos con qué finalidad, quizá la de trazar un mapa del micelio de la realidad, la de establecer un filtro noético orientado a asimilar el modelo o la de adquirir cierta familiaridad con las experiencias liminares que nos aproximan al colapso universal. Siguiendo esta última hipótesis y teniendo presente que en cada porción de lo manifestado está codificada la totalidad, la muerte individual podría ser una versión en miniatura del fin del cosmos, un ejercicio espiritual de adaptación a la magnitud apocalíptica por excelencia, cuando no un eco de ese evento escatológico en la onda implosiva de choque que ha generado el tiempo.

141

Si fuésemos mentes puras, a buen seguro desearíamos definirnos como cuerpos; pero somos organismos, luego nuestra aspiración a ultranza es abstraernos de los eslabones de la carne.

142

Reconocemos que una experiencia es genuina cuando su intensidad evoca un terror ancestral. Y sabemos que este pavor no es más que un rito de paso hacia un nivel superior de conciencia cuando, lejos de sentirnos paralizados, nos libramos de cuantas ilusorias corazas nos impedían hasta ese momento el ascenso. No sentirse aterrorizados cuando se alcanza un umbral revelador significa que algún ligamento existencial sigue, paradójicamente, paralizándonos en la situación decisiva para adentrarse en lo ignoto.

143

¿Quién no ha deseado algo con fuerza y ha terminado consiguiéndolo en un plazo relativamente breve, aunque sus efectos difiriesen de lo esperado? La explicación ordinaria, que a sí misma se tiene por lógica, es que la voluntad, a través de conexiones aún por dilucidar, ha provocado la concatenación propicia para producir el evento deseado, un poco al modo en que este fenómeno queda ilustrado en La piel de zapa de Balzac o en El diablo de la botella de Stevenson. Nada más ilusorio, en cambio, que dar pábulo a la fe de que el deseo mueve los engranajes de la realidad. El deseo no anticipa sino realidades hacia la que uno es atraído porque son hechos consumados de su historia particular, esa es la manera, brusca y a retazos, en que podemos conocer la franja del pasado que hemos convenido en llamar porvenir. La fuerza causativa del curso histórico, el atractor del que apenas percibimos un tramo al que conferimos sentido lineal, actúa retrospectivamente sobre nuestra memoria, justo a la inversa del modo que la pensamos. Por asaz disonante que resulte, todo en este mundo ha sucedido ya. Desde una perspectiva integral el tiempo no existe, luego todos los momentos coexisten.

144

Somos animales capacitados para el funcionamiento linguístico en muchos planos, no solo en los verbales, y la realidad una enciclopedia viviente en la que podemos leer, con un sistema nervioso más sensitivo de lo que permite la legislación, las correspondencias que afloran como visiones autonarrativas de un nuevo mundo semántico hecho de paisajes revelados; de una topología capaz de condensar en objetos perceptibles, conjugados con la tridimensionalidad habitual, el propio flujo de pensamientos de igual modo que fluyen por la materia los artificios de la eternidad.

145

Antaño se creía que los sueños eran enviados por Dios y en la última centuria ha cundido la idea de que son emanaciones singulares del inconsciente colectivo. Quizá mañana se sepa que los sueños, y aún más las visiones, articulan los rudimentos de una lengua franca para conversar con inteligencias alógenas, pero permeables, a los confines humanos.

146

Cuando el mundo de la vigilia y el de los sueños se conjugan dando cuerpo de suceso a la sincronicidad, uno puede estar seguro de que los filtros sobrepuestos a la realidad han desaparecido dejando a la vista las conexiones imaginativas que la configuran.

147

Se necesita una fe mastodóntica para no creer nada.

148

Si hay un atributo que defina la inteligencia sobre cualquier otro, no es sino la capacidad de discernir la necedad ajena tan bien como la propia.

149

La tirria que uno siembra contra sí mismo, almáciga es de rencillas contra los demás.

150

A fuer de veraz, uno puede ser sincero mintiendo y falso, a pesar de sus loables intenciones, cuando más quiere dar cumplida cuenta de lo que sabe.

151

La naturaleza psicológica del ser humano propende tan porfiadamente a la petulancia, que también el menos presumido de los hombres respiraría aliviado si entre dos epítetos peyorativos fuera malvado en vez de inútil el que cayera sobre él.

152

A qué extremos llega un cínico cuando los incautos lo frecuentan como dechado de sabiduría, nadie mejor que un sacerdote católico podría explicarlo si se permitiera ser honesto.

153

Cuán fácil es formarse un juicio sobre alguien a partir de cuatro actos insignificantes y cuán difícil retratar una idea cabal de su personalidad a medida que se amplía el encuadre.

154

Al igual que las religiones, las ideologías no se basan obviamente en experiencias verificables, sino en axiomas contagiosos.

155

Más allá de los amores recabados para sí, solo se es fiel a los gustos; razón de más para poner en amoroso cultivo el buen gusto.

156

A falta de mejores cualidades, la vileza encuentra su baza más fuerte en la capacidad de multiplicarse a través de las edades. Contemplada nuestra especie en lontananza como obra viva, ningún atributo es más perdurable en ella que la mediocridad.

157

De la gente raramente vemos una cara distinta de aquella que nosotros mismos le damos. He ahí otro punto en común entre el mundo de la vigila y el de las ensoñaciones, además de una causa constante de atracciones y repulsiones sin mayor fundamento que la utilitaria superposición de un equívoco al desconocimiento del prójimo.

158

Quien de trabajos no se desbasta, realizándolos se devasta.

159

Ser un vacío en la jungla de la excentricidad y una extravagancia en el centro del vacío.

160

En un corazón poderoso nada pesa menos que las pasiones.

161

Quien no revienta sus costuras mentales, puede a lo sumo crecer en ambición.

162

La excusa perfecta para armar de razón al enclenque es proporcionarle argumentos destructivos.

163

Si el virtuoso proclamara que lo es, no lo sería tanto. La propaganda como errata de la honra.

164

La decadencia es el exilio interior que sigue a la pérdida de la inconsciencia necesaria para vivir a beneficio de inventario.

165

Capacitémonos para respetar a los demás sin obviar su irrelevancia.

166

Inalcanzable es la intimidad para los fatuos que naufragan en aguas cibernéticas e insoslayable caída al vacío para los temperamentos crepusculares.

167

De oro parece la mala conciencia que ilustra mejor que ninguna auditoría el saldo moral del piadoso: siempre da menos de lo que debe.

168

¿Quién se apiadará de los piadosos? ¿Ellos mismos? ¿Y no supondría esto un retorno a la jactancia que siempre se ha interpuesto entre uno mismo y la piedad?

169

A mis enemigos los he asesinado mentalmente tantas veces, he invertido en ellos tantas dosis de crueldad imaginaria, que no me quedan odios que movilizar contra nadie.

170

Como es propio del déspota considerar que sus deseos son siempre adecuados, nada es más pertinente para él que promulgar su satisfacción como una necesidad de orden superior para los demás.

171

Cuando los locos se hallan en compañía de locos, a los que no están con ellos tienen por locos.

172

Cuanto más cerdo es el hombre, más cuerdo se cree.

173

Mata más el plato que la espada.

174

Los amantes se consienten unas servidumbres a las que nadie en sus cabales querría verse sometido.

175

No hay peor reverso sobre la faz de la tierra que los remiendos del sentimiento de inferioridad que a todo precio quisiera procurarse la posesión absoluta de otra persona.

176

Obteniendo regularidades de una masa caótica de fenómenos somos los humanos condenadamente peritos, casi tanto como descalificando al que interpreta de otra forma esas regularidades cuando no sabemos rebatir sus argumentos.

177

En cada espíritu consciente de la finitud de sus facultades una incesante pugna con las tinieblas define el estilo de la obra, minada de ajenidad, que toda vida es cuando detiene la mirada sobre sí misma.

178

La piedra de toque de una vida humana no es la ridículamente adorada juventud, sino la madurez que da paso a la incontestable consciencia del declive. Ahí es cuando cae la máscara por muchas enmiendas que uno eche sobre la veracidad de su calavera, y no de otro modo que tratando de ocultar lo que son se rebajan quienes, llegados a la irreversible desnudez de las apariencias, aún se creen a salvo de la vulgaridad que los ha hecho tan fecundos y laboriosos en sus empresas domésticas como desprovistos de encanto en cuanto revelan de sí mismos.

179

La necesidad que sufren los mezquinos de sentirse poseedores de bienes extrínsecos evidencia la bajeza de sus pretensiones y la flaqueza de su templanza, no el valor de cuanto anhelan ni la virtud de su fuerza para conseguirlo.

180

Seamos un poco ingratos con nuestros padres, máxime cuando son lo bastante despiertos para ganarse nuestro respeto, porque solo así podrán tranquilizarse en lo concerniente al daño que nos han ocasionado arrojándonos a esta nave nodriza de inmundicias.

181

Como trastos amontonados en una pocilga acabaremos si no reunimos lo necesario para ser promotores de nuestras mejores intransigencias.

182

Fuerte no es, en sentido estricto, sino quien se sobrepone a sus debilidades, y eso es más de lo que puede decirse de la mayoría de los dioses nombrados. El hombre más débil, por tanto, es aquel que se convence de la omnipotencia de los dioses que nombra para ponerle muletas eternas a su transitoriedad.

183

Pregúntate, si por ventura recibieras el aplauso del público, qué has hecho mal para merecerlo.

184

No es más recio quien más sujeta, sino quien menos ata.

185

Idealizar una edad de la vida conlleva la devaluación correspondiente de la edad opuesta, aunque quizá sea al contrario, no estoy seguro; el efecto, en todo caso, es el mismo, como se ve en esa infancia divinizada por una cultura de madres viejas que demoniza la senectud de un modo nunca visto.

186

«A nadie me debo» sería una divisa que de grado cualquier persona respetuosa consigo adoptaría, pero a poco que uno se contemple con rigor descubrirá que el endeudamiento, aunque no sea extensivo al plano de las economías, está en la misma esencia afectiva del ser efectivo. Vivir desembarazado de planes y limpio de ambiciones, sin metas que cumplir ni esperanzas que destruir, he ahí el sentido menos inasequible de la libertad individual.

187

Wim Hof, más conocido como Iceman: ese hombre parece hecho de otra pasta, mas no tanto por sus hazañas, que no tengo por falsas, como por el enfoque de sí mismo que es capaz de desarrollar para lograrlas. ¡Cuánta fe en la materia y cuánta materia para la fe!

188

No te fíes de una emoción liviana, la lluvia fina también cala.

189

Habida cuenta de que no todo lo real tiene sentido ni todo lo que tiene sentido es real, el generalizado mal gusto que tiene por buena la vida no proporciona mejores explicaciones, pero explica las peores dificultades.

190

Quien no tenga la astucia de conculcar de cuando en cuando sus preceptos, acumula a su favor toda la altivez para ser atroz con los demás.

191

También la mente humana necesita un periodo de «reposo vegetativo», cerrar los sentidos al sinsentido del mundo exterior, y lo precisa con tanta frecuencia, que ha de dormir a diario so pena de sufrir un descalabro. Puesto que todas las estaciones del año están contenidas en la versión comprimida de cada día, el sueño es nuestra ración de invierno tras la vigilia.

192

En la batalla de las opiniones, la voz se vuelve coz articulada.

193

Busca el pensamiento en la fuerza del sentimiento la raíz que le falta a su coherencia.

194

Tan divisible es la realidad como uno quiera, sin embargo los hechos objetivos nos definen y aquí cuentan las omisiones no menos que las acciones. Entre los antagonismos que establecen por sí mismos una línea divisoria está el de quien escoge la senda de la sangre en contraposición al que opta por la albura de la ingenesia. La maternidad contribuye sin duda a desarrollar nuevos horizontes, en especial los ligados a la adquisición de nuevos temores y nuevas subordinaciones, prescindibles todos ellos para el incondicional amigo de la verdad que busca un destello de sabiduría.

195

Tengo por experiencia probada y muy otredad mía que para sentir empatía por los demás, sean quienes sean, no ha de tenerse compasión con la pasión.

196

En todo meollo siempre hay un ensordecedor «me oigo».

197

Quizá lo extraordinario no sea, en definitiva, más que la renuncia a apropiarse de lo vulgar que le ha tocado en suerte.

198

Tan fascinante es que uno pueda amar lo más extraño como si lo conociera desde el fin de los tiempos, como penoso que lo más próximo termine siendo el mayor estímulo conocido para entregarse a la repulsión.

199

Siento a mi favor lo que en mí no siente, y es con este sentido ausente que se me hace presente la ironía de tener que agradecer el amor recibido como un privilegio al que he podido sobrevivir.

200

Quien desconfía de las apelaciones a la conciencia carece de una sede consecuente a la que apelar.

201

Al individuo de calidad las derrotas le infligen pensamientos de mayor alcance; al ordinario, mayor repertorio de improperios.

202

Mi calva está poblada de ideas fogosas que a veces se juntan para formar una melena incendiaria.

203

Se aguanta desde abajo, se acepta desde el ras y se tolera desde arriba.

204

En cada amante una capilla, en cada capilla una musa, en cada musa una llave y en cada llave el pasadizo a otro planeta.

205

No atendiendo a razones pierde el arrogante las suyas.

206

Cuando ruge el ruido de sables, la voz del insidioso pronuncia la nota más dulce. Cuídate de quien no dando pie a una mala palabra no pierde la mano de una mala acción.

207

Se identifica a un egocéntrico «de la peor especie» por el afán de crecerse no ya como ego, sino como especie, convencido hasta los cromosomas de que un error, al ser multiplicado por otro error, resulta ser un acierto.

208

Con las debilidades ajenas hasta un inepto puede hacer virguerías; con las virtudes de otros la gracia está en no sentirse debilitado.

209

De la existencia de la esclavitud solo duda el esclavo.

210

El optimista especula con la calamidad como la usura del banquero con la necesidad.

211

Vive el inmaduro en la creencia de que la política podría resolver los problemas del mundo porque aún ignora que la política es uno de los problemas a los que el mundo no puede dar solución.

212

A quien nació viejo como yo, los anteojos de una doctrina no emborronan el juicio para percibir que en la historia no hay eventos sobresalientes, ni siquiera memorables espectáculos, tan solo un jeroglífico reiterativo que palpita con una nómina cada vez más irrisoria.

213

Una mentira con otra se olvida. Primera verdad periodística.

214

Más que un arte, la política es el artesonado donde lo imposible parece posible para que lo posible siga pareciendo imposible.

215

Aceptar que la existencia carece de solución es, sin lugar a dudas, un paso decisivo hacia la liberación de las creencias que aspiran a resolver todas nuestras cuitas poniéndonos contra las cuerdas de acatarlas o perecer.

216

El poder que no se extralimita ignora su medida porque la medida del poder es la insaciabilidad.

217

Para el poderoso, el buen gobierno es el que protege su riqueza; para el pobre, el que lo protege de los poderosos; para el gobernante, el que puede aliarse con los primeros haciendo creer a los segundos que está de parte de ellos.

218

En un vuelo de gallina queda la inteligencia cuando prefiere la seguridad del cortijo al valiente despegue con las verdades que incomodan al granjero.

219

Sacudirse el yugo heredado es también un gesto necesario para adaptarse a los ronzales que marcan las últimas tendencias en bestias de carga.

220

Cuanto más hacia Occidente, más huele a féretro mohoso la espiritualidad, y cuanto más hacia Oriente, más a bazar donde arde incienso adulterado.

221

¿Qué sería de la ingeniería financiera y del sistema bancario sin el optimismo de sus víctimas?

222

Nadie es pobre hasta el grado de agotarse en la definición económica de su estado; nadie, quiero decir, anterior al triunfo totalitario de la productividad sobre todas las clases y calidades sociales.

223

A mayor poder adquisitivo, mayores son las tonterías que pueden colarse en la vida mental.

224

La penuria galopante prefigura en los menesterosos de hoy la suerte común del mañana. Menos que nunca cada ser humano se entenderá con los otros porque ya empieza a carecer de lo esencial para entenderse consigo.

225

Saber robar tiene su mérito cuando la sustracción escoge como víctima al beneficiario de una extorsión, de un fraude o de un privilegio injustamente obtenido.

226

«Que no nos pongan donde haya», dice el desaprensivo que a todos cree de su misma ralea. Sisar es lo que hace el pobre que no puede consentirse la riqueza de robar.

227

Que exista un racismo de las minorías étnicas contra las razas triunfadoras, así como un clasismo de los subalternos contra los superiores jerárquicos, no resta un ápex de su mediocridad a las actitudes supremacistas de los grupos que se hallan en una posición dominante, ni aporta una brizna de razón a quienes emulan, desde la desventaja, su orgullo discriminatorio.

228

El principal efecto de las ideologías en el prosélito tiene una doble vertiente, la narcótica y la estimulante: su pensamiento se entorpece al tiempo que su voluntad se vigoriza.

229

El colmo de la mentalidad burguesa es pensar que la burguesía solo ha concebido malas ideas.

230

Cuanto más se excluyen mutuamente religión y política, más necesitan la una de la otra. La religión se corrompe políticamente en ausencia de un mundo profano que la delimite. La política se corrompe religiosamente cuando el mundo sacro es incapaz de abarcarla.

231

Desde que las guerras de religión pueden hacerse sin dios, la religión gana adeptos.

232

No una expansión metafísica a la medida del hombre para avituallarlo de preclaros consuelos es la idealidad que ha sido colocada sobre las circunvoluciones del pensamiento como una lápida, sino un aparato de tortura con el que algunas sectas han hecho perorar más de la cuenta a los mendaces mientras amasaban pingües caudales por cuenta de los crédulos.

233

Al hombre corriente el demócrata le rinde en público una pleitesía que en privado sustituye por un aséptico desprecio. Su giro suspende en moralidad pero aprueba en inteligencia.

234

Contadas con los dedos de un manco son las ocasiones en que moralidad de la política ofrece algo más digno que gazmoñería disfrazada de compromiso social.

235

También la cortesía sirve para distinguir rangos de personalidad en un mundo organizado en función de falsas jerarquías: el inferior de verdad no la usa porque se siente rebajado frente a los demás cuando no lo asiste la grosería.

236

Cada época se condena ante la historia tanto por los vacíos que su testimonio revela en la perspectiva que la escruta, como por las mentiras que amó sobre los despojos de las verdades que no quiso.

237

Con honrosas excepciones, los reaccionarios que han alzado su sensibilidad contra el mundo moderno se han hundido bajo el peso de una tradición cuyo valor axial vindicaron, pero este desastre agregado a la generalizada falta de sentido no implica que aquellos que se rebelan contra un canon tradicional tengan necesariamente la lucidez, la elegancia y el arte que son signos de genuina nobleza.

238

Los compatriotas son como los perros en la noche: si uno ladra por miedo a una presencia desconocida, los otros secundan con ahínco su iniciativa.

239

Son tantas las virtudes que las naciones pujantes atribuyen a sus excesos, que más llevadera resulta la carga de sus defectos.

240

Nada hay tan infatigable como la envidia, y cuando se le unen la codicia y la soberbia, la guerra es tan segura como odiosos sus motivos para la gente de paz.

241

Con mayor dureza se evidencia cada día que el Estado funciona como una mafia desdeñosa de asumir competencias que no redunden en su monopolio de la extorsión y de la violencia. El Estado, proxeneta de la sociedad civil y lacayo de los grandes entramados financieros, nos ha forzado a vivir muy por debajo de nuestras posibilidades económicas haciéndonos creer justo lo contrario. Únicamente por esta vejatoria función, todo individuo decente no debería enrolarse en los asuntos públicos.

242

Ningún animal puede obrar contra el hombre como el hombre mismo, un rasgo distintivo que los medios tecnológicos han venido a agravar, curiosamente, en promoción de la seguridad.

243

Nos hallamos en un punto de tal exasperación ecuménica que mantener la mente abierta al valor inherente de la encefalización representa un reto tan significativo para el orden social que la noción misma de ciudadano se revela cutre, fraudulenta y absolutamente intolerable porque supone anteponer la organización al organismo, el Estado a los estados, el cacheo policial a la inviolabilidad personal.

244

Gracias al imperio de la informática, cada alborada cae la especie humana un peldaño por debajo de la víspera mientras el control global amanece un poco más altivo sobre ella. Las tecnologías que dominan el siglo XXI a costa de desgarrar cada existencia particular de sí misma no han hecho más fácil la vida a los sirvientes que siguen denominando ciudadanos, pero han facilitado enormemente sus malas artes a quienes trafican con miedos ajenos. Los satélites sondearán desde distancias cada vez más remotas nuestros menores mohínes mientras los drones volarán cada vez más cerca de nuestros pensamientos; no habrá lugar donde podamos guarecernos de la colonia panóptica en que se ha transformado la tierra habitada.

245

So pretexto de indignación moral, el vulgo y sus pastores satisfacen sus deseos reprimidos persiguiendo a los descarriados que personifican sus propios complejos de inferioridad. Pueden así presentarse como el modelo a seguir por quienes son tan estólidos como para confundir los miedos aglutinados con la honesta vocación de orden.

246

No hay orden donde se lucha para anular el caos, lo hay donde el caos es aceptado, con las debidas reservas, como una más de las realidades vivas que han de ser atendidas.

247

La perfección de la técnica es cardinal en orden a mapear los límites orgánicos de lo posible, de ahí que la innovación constante sea un requisito indispensable para optimizar la vieja esclavitud en aras de su específica epifanía: el hombre artificial.

248

Curioso muñeco el humano: puede, por ejemplo, ser fiscalizado a todas horas y en cualquier sitio por medio de un electrotrasto que porta voluntariamente consigo, y aún se permite la desfachatez de creerse libre.

249

Con preeminencia sobre cualquier otro frente, la guerra en la que hoy estamos inmersos es de naturaleza psicológica, de límites violados entre los requerimientos del ojo exterior y las necesidades del ojo interior, y mientras los poderes enquistados intentan reducirnos a una misma estabulación mental, las opresiones de la acción extraen de nosotros una cuota mayor de rentabilidad. «Sal de tu zona de confort, entra en mi coto de caza», arenga por doquier la ley de la cosificación personalizada con el fin de que acudamos al raso, donde podamos ser presas fáciles para las industrias que han hecho del animal humano, antaño trofeo de las ideologías, un montón de clientela perecedera, un excedente sin más valor que el reclamo publicitario generado por su perfil social.

250

Sobre un fondo colectivo de introspecciones abortadas por la convergencia en la inmediatez, y al margen de las conductas clónicas obedientes al meme pasado de rosca que empuja a salir de la «zona de confort» como un entrenamiento amoldador a la violencia doméstica de la precariedad reinante, intento simplificar mi propio peregrinaje a través de la materia y reposo el tiempo que haga falta hasta encontrar la trocha que quiera ser trecho de mis pasos.

251

No creo que estos tiempos revueltos en los que pueblos y familias son sacudidos por vertiginosas ebulliciones tecnológicas sean los dolores de parto de una nueva humanidad, como algunos profetas con lentes graduadas de optimismo han creído solvente postular. Lo que está sucediendo anuncia, por el contrario, una transformación completamente distinta: el salto del reino animal al reino informático vaticinado por la descarnadura que tiene como fin la extirpación de la parte simiesca de la criatura humana en favor de la preservación de la identidad personal en un soporte inórganico, la Máquina Definitiva. Se prevé la digitalización del contenido de la mente para poder transferirlo a un ecosistema computacional, a una desubstanciada convivencia unicéfala, donde cada miembro de la especie se mezclaría con los demás en la perpetuidad desvaída de un paraíso artificioso. Sus partidarios más acérrimos sugieren que podríamos habitar en la pura fantasía dando satisfacción ilimitada a nuestros anhelos, ya que de alguna manera tienen que vender su desnortado artículo de fe.  Acallando con redobles de frivolidad los presagios de formateo neural y exculpando al poder la técnica como si fuera una herramienta neutral, los primeros cómplices de la perentoriedad que dirige nuestra civilización hacia una conclusión sobremanera más temible que el excidio son los consumidores.

252

¿Cómo ser justo cuando se sabe que la justicia es una segunda naturaleza creada por el humano para compensar las intemperancias del mundo que no ha creado? De las muchas voces que hablan en uno, ¿en cuál confiar? «La conciencia —enfatiza un amigo— seguirá la lucha encarnada o metalizada». Esa es la raya sobre la que cada uno traza, lo sepa o no, el sacrilegio de todos los días.

253

Desde que los insensibles actúan en jauría, los jueces sentencian en rebaño.

254

Actuar de forma juiciosa no es una línea de conducta que abunde entre quienes sirven de uniforme a la ley: sería ir contra el orden que tiene por máxima el afán recaudatorio, el amedrentamiento público y la perversión de la autoridad mediante la práctica del autoritarismo.

255

El vandalismo que presta su impulso expansionista a los pueblos hasta su dislocación no es un fenómeno del pasado, pues el futuro pertenece a los bárbaros. En las huestes venideras al servicio del horror no veréis rostros exóticos llegados de países lejanos, será la hez de cada casa lo que abunde en esas filas.

256

Que las cosas bellas de la vida caigan en manos de las peores gentes hace del mundo un lugar más detestable del que aún seguirá siendo sin humanos.

257

Lo irreal es una categoría tan arisca al pensamiento como a la vista no hallar un paraje sin dueño.

258

A riesgo de salpicar con un injusto desprestigio los escrúpulos de quienes, a la vera de Porfirio, tratan de minimizar el sufrimiento causado a otras especies por el papel de superdepredadores que los humanos tenemos en la cadena trófica, la disciplina vegana está siendo aprovechada para el activismo de una nueva estirpe de zelotes que pretenden proyectar sobre los demás su presunta perfección negando con orgullo, a semejanza de los puritanos, la concupiscencia que llevan dentro.

259

«Ten cuidado conmigo, estoy más cuerdo que tú» —así puse en ánimo de fuga al rabicorto que pretendía encularme un sermón.

260

Prohibir las drogas, excepto aquellas que interesa mantener dentro de la farmacognosia legal, y perseguir su consumo con toda la contundencia del aparato policial, es al menos tan injusto como sería censurar las religiones y hostigarlas con toda la inquina de una campaña inquisitorial pilotada por la que ostentase el rango de confesión oficial. Si a diferentes tradiciones corresponden sistemas de creencias distintos, lo mismo puede afirmarse de la relación existente entre las múltiples sensibilidades y el repertorio de sustancias psicotrópicas. Tanto derecho hay a buscar a Dios en el seno de un templo como a explorar los misterios que median entre el reino de la psique y el de la química.

261

La industria farmacéutica, responsable de inventar enfermedades para vender luego su cura, tuvo a su ilustre mentora en la industria eclesiástica que durante siglos ha perfeccionado el prurito de diagnosticar culpas ficticias para prescribir bulas, penitencias y contriciones.

262

No existen religiones oficiales que no escondan cadáveres bajo sus altares.

263

Todo altruista se reserva el derecho de pasar factura a su debido tiempo.

264

La religión de Cristo ha sido armada clavo a clavo. A esta factoría de torturados torturadores le ha sobrado, sencillamente, el acento en la cordialidad que nunca ha practicado: golpes de pecho por el prójimo y puñaladas traperas contra el próximo.

265

¿Amor al enemigo en la doctrina cristiana? Acaso el de un escorpión enconado. Nada es más peyorativo que ofrecerle al adversario la otra mejilla para poder espetarle de revuelo que se lo perdona.

266

El cristianismo, convertido en su versión eclesiástica en la empresa más longeva consagrada al embaucamiento, quería al ser humano en una permanente condición de desvalido; el economicismo, tanto en su forma capitalista como en la comunista, se ha propuesto ir un poco más lejos en la impostura de sus propósitos: no quiere al hombre desvalido, lo quiere devastado.

267

Solo en el Viejo Continente, la erradicación de la frondosidad cultural formada por las teúrgias, las academias filosóficas y los centros iniciáticos del mundo pagano, por no mencionar el desmantelamiento del conocimiento etnobotánico que alcanzó su punto de martirio con la persecución de la brujería o la represión del renacimiento precoz que los cátaros cristalizaron, han sido hitos lo bastante tenebrosos como para ofuscar durante siglos el arte de percibir y en todos ellos ha estado involucrada criminalmente la evangelización cristiana. En cuanto a los colapsos totalitarios acaecidos en el siglo XX, representan la culminación de un proceso de envilecimiento del alma que aún perdura, verbigracia, a través de los dispositivos tecnológicos de hipnosis, cuya irrupción en la vida privada ha instalado en ella la obsolescencia de un productivo pero enervante estado de dispersión mental.

268

Primero la Iglesia y el Estado después, han pretendido actuar como taumaturgos para sociedades que excedían en millones de caras las pocas decenas de nombres que un primate puede recordar y la conclusión, después de varios milenios de historia, no podría ser más lúgubre: esos poderes no han sabido mediar con verdadera autoridad, no han tenido altura sobre su fuerza y han acabado especializándose como verdugos de las destrezas que los superan.

269

Mucho bien ha hecho la Iglesia; mucho y bien por aumentar la clientela barrosa del infierno de acuerdo con esta simple pero eficaz estrategia de mercadotecnia: en cada parroquia una sucursal, en cada clérigo un agente comercial y en cada feligrés un consumidor ávido de perdón para sus pecados.

270

En su trabazón anímica, los sistemas religiosos son proyectos debidos al bloqueo espiritual de sus fieles para alcanzar los estados de entusiasmo que unos miligramos de amplitud podrían procurarles. Poco más habría que objetar a la militancia del impedimento si no fuera tan complaciente con la cobardía que sobrepuja el valor de las miserias compartidas por temor a la apertura de los sentidos.

271

La tecnología ha demostrado ser el recurso más adictivo para el bípedo imbuido de sedentarismo que de las distracciones oficiadas por la electrónica extrae sus narcóticos predilectos. ¿Qué necesidad tiene el pueblo de religiones calmantes habiendo en su lugar opio de pantallas a discreción?

272

Acabar con la discutida «fiesta nacional» sería un pequeño paso para cada ayuntamiento pero uno enorme para la sensibilidad. Y el ejemplo debería propagarse a otras áreas donde siguen metiendo las uñas colectivos que en virtud de alguna inercia colectiva, creodo cultural o similares accidentes históricos, consideran que los poderes públicos están para doblegarse ante sus creencias, sean cuales sean estas, pues vulnera igualmente la independencia institucional la roñosa presencia de un crucifijo que un casquivano pendón multicolor.

273

Una premisa intelectual continuamente preterida en los más variados contextos de creencias: exigir al relato dominante de los hechos que no arranque la experiencia subjetiva de cómo son esos hechos.

274

Ni la verdad ha sido nunca democrática, ni la democracia ha funcionado nunca sin la falsedad que reclama idéntico valor para todos los puntos de vista.

275

Las campañas electorales no son menos vituperables que los desastres de las revoluciones a las que tienen la derrota de arrastrarnos cuando los electos consiguen que los cestos para recoger las testas guillotinadas parezcan menos repugnantes que las urnas destinadas a recolectar servidumbres.

276

La esencia de la democracia no es el autogobierno, ni siquiera la elección de gobernantes, sino la invención y el ordeño de la opinión pública. Cuando acude a los colegios electorales, el pueblo ya ha sido elegido por los partidos.

277

Como forma de justificar el gobierno de una nación, la democracia no ha supuesto ningún avance respecto a otros sistemas de mando mediados por el fanatismo de las cúpulas y la adhesión temeraria de los súbditos. Los parlamentos exigen un acto de fe ciega a los ciudadanos cuando son llamados al sufragio para que, a instancias de los muecines de los partidos, renuncien a su soberanía en beneficio de una clase que debe gobernar contra ellos.

278

El parlamentario miente más que habla cuando no es tan tonto como para hablar más de lo que miente.

279

La coherencia nunca ha sido el fuerte de los líderes políticos, y si a la izquierda que se pavonea de su pulcritud moral ese traje prestado le va demasiado grande, la derecha siempre lo ha lucido con grotesca rigidez.

280

La mayor parte del tiempo y en el mayor número de situaciones los gobernantes han sido nefastos para sus pueblos, y si la democracia aporta alguna virtud al respecto, es la de hacer más ostensibles los rasgos mediocres que definen a la clase política. Un gobernante de hoy, como el de antaño, es alguien cuyas actividades, si las hiciera alguien ajeno al poder, acabaría con su pellejo en la cárcel.

281

Cuando las cosas no se piden como es debido, se incumplen como es sabido.

282

Es un error generalizado, incluso entre los analistas de la sociedad actual, dar por hecho que el capitalismo está sistemáticamente a favor del libre comercio y de la propiedad privada, cuando la realidad confirma que su dinámica especulativa, el deudalismo que caracteriza a la posteconomía del siglo XXI, coordina sus esfuerzos para concentrar la propiedad en el sóviet supremo de unos pocos clanes mientras la enorme masa de la población se ve abocada a la desposesión progresiva de los bienes básicos, bajo el asedio burocrático de los Estados en el rol de auxiliares de la finanzas, y en dependencia directa de las organizaciones dedicadas al reparto de limosnas, cuya presencia experimenta hoy un despliegue sin precedentes frente ante la ingente cantidad de gente indigente. De la propiedad privada hemos pasado a la privación; del libre comercio al control corporativo de la oferta: tal es la mutación del sistema. En ninguna otra época ha ostentado el dinero tanto poder y en ninguna otra sociedad ese poder, basado como nunca en el crecimiento inflacionario, ha conseguido infiltrarse en los pormenores domésticos hasta el extremo de mediatizar con sus necesidades de expansión los valores de quienes las asumen como si fueran suyas.

283

Escandalizado ante las diferencias congénitas que no puede soslayar, el igualitarismo ha invertido sus esfuerzos en fomentar la necedad hasta volver irreconocibles las excelencias naturales.

284

En democracia, el acto más inconsecuente a título individual es precisamente el más acorde con la norma: votar. Quien vota, abdica. Mientras no exista la garantía de una responsabilidad civil subsidiaria aplicable al elector de gobiernos desmandados, el sufragio seguirá limitándose a funcionar como un régimen de complicidad entre los tributarios y los saqueadores de turno. La referencia a uno u otro lado del espectro es aquí baladí, cuestión de mera utilería, pues como sabiamente registra el proverbio «una mano lava la otra y entrambas la cara».

285

En favor del comunismo —o capitalismo de Estado— como frente que disputó al capitalismo de empresa el dominio del orbe durante décadas, la única alegación que me leerán es que de manera indirecta, por la reacción generada en los países industrializados que tenían una clase trabajadora proclive a sovietizarse, provocó la introducción de una serie de concesiones destinadas a disolver los ánimos revolucionarios en una catarata de bienes de consumo y adquisiciones civiles, como han sido desde entonces el derecho a disfrutar de vacaciones remuneradas o una aceptable cobertura sanitaria. Mediante el acceso popular a cierta prosperidad material, se llegó a instalar en el obrero la ilusión de ser un propietario y el temor derivado a perder el estatus recién logrado. A este nuevo sistema de garantías con efectos amortiguadores para la gran masa de asalariados lo llamaron «sociedad del bienestar». Así pues, resulta comprensible que una vez desaparecido el experimento comunista las aparentes conquistas sociales del otro lado, que fueron siempre providencias de una versión sagaz de plutocracia, se hayan disipado tan velozmente como llegaron.

286

Los disfraces culturales cambian en cada generación a fin de que la estulticia humana, agravada durante el transcurso de los siglos, pase desapercibida frente al espejo de la historia.

287

A solas, el individuo implosiona; aliándose, puede con suerte expandir capacidades extraordinarias; en un enjambre social, su intelecto es subsumido en el automatismo.

288

¡Qué fascinación encontrar una culebra, o una rata siquiera, después de un atracón de caras humanas!

289

Inversores tenaces del lema de Rimbaud, miríadas de lémures nacidos de humanos «sin interrupción» se sienten alterados frente a una ociosidad que los conmina a pensar demasiado. Incapaces de apaciguarse, ansían el entretenimiento que los salve de la insoportable compañía que son para sí mismos.

290

Si pudiera disuadir a un imprudente de que sea padre, salvaría al menos una vida.

291

Uno observa por la calle a una pareja jovencísima venida al menos por menos de procrear, menores de edad quizá y mayores de mente nunca a cualquier edad, y llega sin pretenderlo a la deprimente comprobación de que los idiotas son tantos que pronto este mundo será suyo en su totalidad.

292

«Cuando seas padre, comerás huevos»: me ha costado décadas entender este refrán y ahora conozco la causa de mi dificultad: del enunciado se había omitido una palabra crucial, el posesivo «tus».

293

El hecho de que la humanidad recurra al sexo con fines tan obscenos como los reproductivos no obsta que su magia aflore en la ínfima pero exquisita minoría de quienes la practican.

294

La sexualidad procede del alma, no de los genitales, y dado que en ella la polaridad que conocemos como géneros no está escindida, nada tiene de antinatural que la orientación erótica se manifieste en cada individuo con independencia de la identidad anatómica que haber nacido hombre o mujer le confiere.

295

Pasar del éxtasis de la unión apasionada de los amantes a una institución al servicio de la perduración social debería sentirse como un cambio nefasto de argumento dramático entre los muchos que lleva en sí la condición humana.

296

Largo e injurioso es el camino de la propia ruina desde que el hombre se arma de una familia a la que amar.

297

El amante que busca en el amor algo que no es amor no merece encontrar el amor que no busca.

298

No solo triunfan los pérfidos carentes de escrúpulos que ascienden en la sociedad aplastando las cabezas de los demás. Junto a ellos, camino de la cúspide, ha de contarse también a los que adoban la carnada que demanda la mayoría.

299

Según el temperamento y la constitución individuales, pero sobre todo según el tipo de civilización en la que uno ha de sobrealimentar la parte visible, accesoria y adquirida de su persona o máscara, esta prevalece con un relieve tan pronunciado sobre la parte esencial que la faz interior se ve relegada, suplantada, eclipsada e incluso anestesiada por el culto al rango de la imagen exterior hecha por y para la subordinación psicológica a la optimización productiva. La máscara y la más cara teatralidad, las excrecencias del sujeto y el canibalismo de la masa, lo peor del individualismo y lo peor del colectivismo, van de la mano en el cibermundo.

300

Hasta la noción de éxito se haya degradada después de su troquelado por la cultura moderna. Ya no hay diferencia entre un triunfo y una cima más empinada desde la que despeñarse.

301

La fiesta es la ocasión que concede a sus tendencias primarias el ser humano, dentro de circunstancias bien definidas, para que se manifiesten de manera inofensiva para el orden social. En ausencia de festejos esas mismas fuerzas, privadas de satisfacción, correrían el riesgo de volverse ingobernables, causando trastornos notablemente más graves e imprevisibles que los registrados durante los días reservados a la juerga. Por zafias que puedan ser en la escenificación de sus motivos, el declive de las fiestas populares destinadas a canalizar los impulsos reprimidos es un síntoma, nada tranquilizador, de que la exacerbación de los instintos irrumpirá en las reservas que se mantenían alejadas del caos.

302

Afrontemos de una maldita vez que la búsqueda de soluciones de éxito personal a los problemas de relevancia colectiva no es una estrategia distinta de la que mueve a un niño a meter la cabeza debajo de la almohada para protegerse del peligro.

303

Temeroso de que entre público hubiera algún alérgico a los ácaros que con un ataque de estornudos le chafase la función, en vez del típico conejo el prestidigitador sacó esta vez un lustroso coño de su chistera.

304

Como es de sobra conocido, los humanos han de malgastar buena parte de su existencia desempeñando trabajos ingratos, embrutecedores y desprovistos del menor interés para comprobar, una vez agotados sus años de vigor, que su vitalidad ha sido reducida por el mundo a la farfolla del ser que no fue. Es deducible que educar a los niños en la ilusión de tener un futuro a salvo de la enajenación del tiempo y del colapso de las facultades personales; hacerles que creer que pueden aspirar a la brillantez de la vida eludiendo el desgaste y la explotación, por ser una preparación tan alevosa y diametralmente opuesta a las evidencias, tal vez debería tipificarse como un delito anexo a la «corrupción de menores y de discapacitados».

305

Dar por muerta y enterrada la calma nos deja en una jaula de monos como paradigma. Esta Babel sigue creciendo tumorosa por múltiples causas, algunas evitables y otras insaciables, pero sobre todas prevalece el asesinato de la tranquilidad como ofrenda a los iconos de la técnica.

306

El turismo funciona como una trashumancia de malos humores por lugares que acaban contrayendo el hedor de sus visitantes.

307

La suciedad que uno deja a su paso es inversamente proporcional a su cultura. Casi escribo sociedad en lugar de suciedad: la diferencia, a menudo, no está clara.

308

Toda mentecatez es poca para aceptar el estrés de una sociedad sepultada por la tautología infinita de anhelos que su actualización constante le exige.

309

Cuán arduo es reconciliar la clandestinidad de la lucidez con el día a día, cuán fácil adoptar cualquier novedad en materia de necedad.

310

Del campo minado de la comunidad se sale con ayuda del sentido común, no con las reacciones, naturales pero contraproducentes, del particularismo.

311

En esta sociedad descompuesta por la precarización a ultranza de los modos de vida, por la venta a granel de la intimidad y por la aceleración masiva hacia el vertedero del futuro, hasta en los espacios virtuales se busca la tribu, parches de identidad, territorios de reafirmación, en vez de ágoras para contener los deleites intrínsecos de la reflexión que a varias voces concede la conversación. Cualquier prisión de Piranesi, con sus tinglados ganados por la herrumbre y la carcoma, parece más acogedora que el mentidero digital.

312

¿Acaso hay mayor tragedia que haber perdido la noción de lo trágico? En en el marco histórico de los últimos diez mil años la especie humana se ha especializado en excretar todo tipo de material tecnológico, pero solo a lo largo de las generaciones transcurridas desde la Conspiración Industrial ha sido el hombre objeto predilecto de una serie de transfiguraciones instrumentales que hacen de él un portador de accesorios que evolucionan más rápido los organismos naturales, una interfase entre el mamífero y la máquina. «Ebrio de consumismo y redes sociales» —así lo escuché en una película de espías—, el mono electrónico del Nuevo Orden Mundial hace de su existencia un escaparate abierto en canal a la especulación económica, la aglomeración comunitaria y la experimentación robótica; es un simio que deambula ciberabducido fuera de la pantalla pero rinde como un paria a tiempo completo dentro de ella; un don nadie infestado de narcisismos informatizados que se ha desdoblado como sirviente entre la periferia prostibularia de la realidad y la capital excéntrica de la virtualidad.

313

El constante perfeccionamiento de la máquina, lejos de liberar al trabajador de sus más ímprobos esfuerzos, ha multiplicado de forma implacable los instrumentos para extraer de él mayores rendimientos en menores plazos de tiempo, a la vez que ha devaluado su función operativa a un papel de accesorio fácilmente reemplazable. De todo ello redunda que quien ha de venderse para subsistir se halla tanto más precarizado en los circuitos cerrados del mercado laboral cuanto más se aplican los avances técnicos a la producción de bienes y servicios, dentro de un contexto dominado por oligopolios cuyos engranajes industriales son artificialmente acelerados por el ilusionismo financiero.

314

Razón tenían los pueblos que han reaccionado con displicencia a las técnicas de reproducción de imágenes cuando sentían que las fotografías robaban su alma. Las imágenes que generamos de nosotros mismos ponen a disposición de otros una captura que cualquiera puede usar de formas que no hemos sido jamás.

315

Si es obligado admitir que la inteligencia artificial, cuyo evolución mimetiza algunos atributos que creíamos humanos en exclusiva, superará con creces la posición hegemónica que nuestra especie ha ostentado durante siglos, tampoco puede negarse que su éxito no provendrá tanto de la creciente capacidad de la cibernética para solventar tareas complejas como de la gradual e inexorable recesión que manifiestan las facultades cognitivas contra las cuales compite. O en otros términos, por veloz que sea la carrera hacia la cerebración computerizada, el humano probablemente corre más rápido, en sentido inverso, hacia la mecanización de sus funciones mentales. Como a tantos otros vectores de la encrucijada actual, Jünger lo vio venir: «El choque propiamente dicho se produce entre el mundo erótico y el mundo técnico y sus leyes. Es un fenómeno de nuestro tiempo y en él se repite el poderoso encuentro entre el organismo y la organización».

316

Se puede ser analfabeto y estar dotado de buen gusto, de igual manera que se puede haber recibido una esmerada educación y ser, en lo tocante a gustos, un hortera redomado. Nada salva a nadie de su chabacanería innata, aunque siempre son más propicias las ocasiones que tiene el afortunado de disimular sus deficiencias que de hacer brillar sus excelencias el desgraciado.

317

Hay seres cuya naturaleza es tan superior a sus circunstancias que necesitarían disponer de varias vidas para poder parangonarlas. A esta característica, por mucho que ellos lo crean, no se acogen los humanos.

318

Al hombre común no le satisface reconocerse como hijo de una estirpe carroñera caída en la desgracia de una fertilidad desmañada, lo que excita las inclinaciones de su impotencia espiritual es frecuentar las posibilidades más aberrantes de la existencia, entre las que ha de contarse el vicio de ser prolífico y la mentira de hacerlo pasar por una virtud necesaria.

319

Los genitales solo hacen justicia al sobrenombre de «partes pudendas» cuando son usados como fábrica de miserias en su función maquinal de órganos reproductores, en verdad una finalidad bárbara frente a las más altas cotas de la unión extática, exenta de consecuencias funestas, que los amantes pueden procurarse merced.

320

Toda mujer cuenta con recursos naturales que los hombres, aun los más sagaces, difícilmente detectan, y ello gracias a la mayor intensidad que en el género femenino tiene el instinto de conservación, responsable asimismo de que entre las hembras el suicidio sea menos frecuente que entre los varones. En términos generales, su capacidad para afrontar adversidades es muy superior a la del macho por una causa de lo más uterina: la programación biológica las ha condicionado para proteger su puesto en la cadena de montaje de bebés.

321

Nadie puede hacer tuición del deseo que impulsa a tener hijos y al mismo tiempo declararse «altruista» sin cometer perjurio.

322

Una madre podrá descollar como la más valerosa persona sobre una legión de varones, pero nunca podrá borrar el hecho de que debe su maternidad a un acto cuya brutalidad ningún hombre puede igualar. Brilla como ninguna madre la mujer por sí sola cuando, siendo consciente de las contraindicaciones de imponer vida, declara en congruencia la huelga permanente de su útero.

323

Sufren las mujeres por su condición natural más que los varones, pero no son por ello más dignas de lástima que el otro género de la desgracia; lo son, en cambio, por la facilidad con que ceden la claridad de juicio a la imitación social que las adiestra en el ensamblaje de otras vidas para jugar con ellas a las mamás.

324

Las autoridades sanitarias no advierten que amarse los unos a los otros suele provocar partos.

325

Una parte de nosotros se siente asesinada con cada llamamiento a la existencia. Por escalofriante que parezca, cuesta menos hacer nacer a un millón de críos que mantenerse firme en el barrancal donde son recibidos los neonatos.

326

Pobres niños nacidos como esputos del nihilismo reproductor, y pobres de nosotros si hemos de llegar a viejos para sufrir cómo adquiere fuerza el fiasco que nuestros etarios cometieron al arrojar su progenie sobre nosotros.

327

Entre el campesino premoderno que destrozaría un teléfono en un intento de comprobar si hay alguien dentro emitiendo voces y el sofisticado cirujano que trastea vísceras con el último utillaje, el patrón que rige sus conductas solo cambia de objeto.

328

En el mito de Frankenstein se dan cita todas las claves para comprender la condición humana en su actual fase de desarraigo cósmico y de ambiciones infinitas; una condición obsesionada con violar los secretos de la materia y negar todos los dioses para que al zombi automatizado que ha dado a luz con el poder de su técnica ningún rival pretérito le haga sombra.

329

Un palmario indicador de que el orden social está patas arriba lo proporciona el estamento médico, que no solo es incapaz de sanar las dolencias comunes ni de impedir que su ciencia se esmere cronificando enfermedades, sino que sus intereses sectarios han llegado a convertirse en la punta de lanza de la conspiración contra un estilo de vida saludable. Desde que los galenos perciben honorarios sin necesidad de que los pacientes sanen o experimenten alivio, puede asegurarse que los enemigos públicos más peligrosos visten bata blanca.

330

Por el bien de la virtud que raramente frecuentan los santurrones, es acuciante promover el divorcio entre la bondad y la gazmoñería.

331

Tanto por la enajenación del tiempo de ocio como por las inadecuadas formas de relación que lo dominan, las ocasiones de trabar amistad fuera de los círculos rutinarios es poco menos que ilusoria. Estructuralmente fallan muchos aspectos en los divertimentos colectivos que las sociedades megatecnificadas ofrecen a los adultos, pero a propósito de los lugares de asiduo esparcimiento nocturno representaría una notable evolución que mediasen químicos más exquisitos que los aturullantes efectos de alcoholes y tochas empolvadas, por no mencionar el repertorio de estridencias que impele a seguir bajando el volumen de la conciencia para integrarse en el aprisco.

332

La vía para establecer un contacto fructífero con entidades inteligentes de naturaleza extrahumana no son los radiotelescopios en busca de señales provenientes del espacio exterior, sino la que tiene como canal las sustancias capaces de habilitar nuevas dimensiones en nuestro remoto espacio interior. Un problema añadido, y no menor por desgracia, es que en el presente enclave histórico estamos tan saturados de señales y tan faltos de rumbo para discriminarlas, que navegamos sedientos de conocimiento en un océano de información.

333

En el ámbito de la ensoñación multitudinaria que define el sustrato cultural de una sociedad, la suposición más disparatada se materializa como un hecho cuando un tropel de axones precipitan su avidez de convicción sobre ella.

334

Más que como verbo, la vida comenzó como un rumor que, para seguir sonando, hubo de tornarse caótico estruendo.

335

La forma es el valor figurado de la materia, cuyo valor literal es el conjunto transitorio de interacciones entre los elementos que la componen. Improvisando un símil entre el mundo físico y el mundo libresco, la forma comprendería elementos como la lengua, el estilo y el mensaje, pero un materialista apenas les concederá importancia porque para él lo relevante son el tamaño, la tipografía elegida, el tipo de papel y todo lo relacionado con la ecdótica, no más.

336

Si bien el arte y el fervor religioso se utilizan recíprocamente, sería hacer flaca justicia a sus fines respectivos si creyésemos que en algún momento histórico ambas expresiones del espíritu han aspirado a lo mismo.

337

Tanto los artistas movidos por la rentabilidad de sus obras, como los que asumen religiosamente su furor narcisista a falta de aptitudes para el anonimato, son los principales responsables del chapucerismo que el extenso público admira del autor célebre.

338

Si hay algo que hace distinguido al público, es su diligenica para estropear lo que pudiera haber de arte en la obra que lo cautiva.

339

Apresada entre las plétoras del arrebato estético y la contrariedad moral que ora la alejan, ora la internan en las vicisitudes de su época, la creatividad avanza a solas por la existencia guiada por la sensibilidad categórica de su atención, crítica y a la par receptiva a la influencia de los genios que la precedieron.

340

Algo más que buenas intenciones requiere la buena conducta y algo más que talento la obra insigne.

341

Justo es emplear trucos de oficio para dotar de efectos expresivos a una idea, pero para que el efecto sea poético se precisa el toque mágico de una vocación que trasciende oficios y beneficios.

342

Ante el magnetismo de lo sublime el artista delicado guardará un reverente silencio no exento de grandeza participativa mientras los burdos, por muy solventes que sean en el apartado técnico, cometerán el ridículo de querer plasmar el momento con un énfasis condenado, por demás, a engrosar los anales de lo estrambótico.

343

Virtuosos y virtualidades aparte, el arte ha sido siempre el resultado de una ecléctica conjunción de influencias.

344

Mientras que el autor huero copia y el envidioso imita, el culto se deja influir por aquello que vale lo que no está escrito.

345

Los libros solo intoxican cuando son pocos.

346

Huir en los libros de la asfixiante literalidad del mundo para caer de bruces, tras un venturoso rodeo, en la más inhóspita realidad: he ahí el sino, la sombra alargada de Quijano sobre el exorcista de la palabra.

347

Se lee para poder vivir sin saber vivir y se escribe para poder olvidar lo que se piensa dejando constancia de que se ha pensado. La escritura, en su doble función de acto emisor y receptor, establece siempre una relación morbosa, parasitaria, con la vida del autor.

348

Signo de elegancia es que al creador le importe más enseñar su creación que lucir su autoría.

349

La penumbra en que un escritor oculta su verdadera identidad es más fértil para su obra que la notoriedad donde tantos amasadores de palabras ansían brillar sobre los demás.

350

Pudiera suceder que el mayor obstáculo entre una obra y su público sea su autor. De finados y apariciones subsiste la cultura.

351

No todo lo que existe en el mundo es digno de nuestra atención porque la monstruosidad de una obra aumenta cuando la recibe.

352

Ni la más leve expresión está libre del rapto que la fija cuando la sabemos leída.

353

Confío en el porvenir de mis palabras porque no tengo actualidad y en algún punto ha de encontrarme la complicidad que el pasado me negó.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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