16.6.18

LA CHAMANIDAD ENTREVISTA

Asya Yordanova, Forest King
Es cierto que la tierra es la cuna del hombre, pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre.
Terence McKENNA
La nueva conciencia psicodélica

Pregunta: ¿Cuál es la genuina religión?

Respuesta: La más antigua.

¿Esa antigüedad remite a un fenómeno histórico o de otro orden?

Remite al chamanismo, una cosmovisión que habría de considerarse no tanto la respuesta de una idiosincrasia cultural al enigma del ser cuanto una geografía metafísica, sin menoscabo de que las sociedades donde subsiste desde su aparición en la Edad de Piedra la expresen de acuerdo con sus peculiares metáforas axiológicas.

¿En qué consiste la clave de bóveda de esa cosmovisión?

En el viaje extático, o en otras palabras, en la exploración de las dimensiones ocultas que coexisten con el mundo ordinario.

¿Con qué finalidad?

El conocimiento del alma en sus múltiples facetas, entre las cuales brilla, cada vez más tenue, la existencia humana.

¿Se trata de un conocimiento amoral?

No puede haber moralidad donde se acata como un axioma la insolvencia cognitiva que conlleva rechazar la búsqueda del saber.

¿Podría esa clase de búsqueda ser nociva para nuestra especie?

Menos nociva que la ignorancia, si me permite introducir la disyuntiva. Pese a que el contacto con realidades más complejas tenga siempre un componente aterrador aun para el avezado, esta es la forma que adopta el Misterio para conservarse irreductible frente a las pesquisas lanzadas por una mirada acomodada en exceso a la racionalización instrumental de la physis.

Entre los cuentos jasídicos que Martin Buber recopiló, viene a mi memoria una parábola brevísima que no me parece impertinente referir. Dice así: «Está escrito: “Aceite puro de olivas molidas, para las luminarias”. Nosotros hemos de ser golpeados y molidos para resplandecer con la luz». La senda del chamán es dura para él, pero las ventajas para su tribu son impagables. El entrenamiento del chamán en las relaciones que median entre los mundos superiores y los inferiores, su habilidad para ser un puente entre el reino de lo visible y el de lo invisible, redunda en el equilibrio anímico de su grupo. Que algunas técnicas aprendidas en estados de percepción expandida puedan ser empleadas con fines espurios limitaría el alcance de ese aprendizaje y, en consecuencia, su valor.

¿Cabe afirmar que el chamán es un filósofo?

Y un sanador a partir de cierto nivel, cuando alcanza el dominio de sus facultades incrementadas. Como un herrero de sí mismo, el chamán ha descompuesto y forjado tantas veces su psique, que con cada renacimiento vuelve mejor templado para el arte de curar. ¿Qué puede ofrecer en comparación el curandero de una religión, como el cristianismo, especializada en convertir a los domados en devotos? Arrepentimiento, genuflexiones y actos de penitencia; enormes dosis de falsedad con visos de esperanza y un poco de blanqueante para esa suerte de lavandería de culpas que, bajo su influencia, ha colonizado la conciencia del fiel.

Si desde el origen de las tradiciones chamánicas los psiconautas familiarizados con el éxtasis han podido mantener un intercambio ontológico con la esencia demiúrgica de la realidad, ¿para qué una casta sacerdotal y su aparato de poder sobre las inteligencias? Esa es la pregunta obligada que debería formularse todo aquel que quiera desentrañar el éxito de los credos desprovistos de cualidades visionarias, primer paso para comprender los motivos que han conducido a la estigmatización de los investigadores que todavía pudieran dar coherencia a los vestigios preternaturales cuando se adentran en continentes donde los límites asumidos como certezas se desvanecen, y tras ellos las credenciales que han facilitado mando sin autoridad y privilegios sin virtud a los usurpadores del primitivo trato entre los dioses y los hombres.

¿Qué facultades son indispensables para saber sanar?

La misma que para otras acciones espirituales: tener Visión. Gracias a ella, el chamán se sumerge en una experiencia directa de lo que no funciona como es debido dentro de un sistema vivo, de igual manera que capta los desarreglos sutiles que alguien pudiera padecer o estar causando.

Suena a hechicería.

Brujos, hechiceros y chamanes son nombres que bailan alrededor de un arquetipo idéntico. También podría traer a colación la logia de los druidas, que rendían culto a Dagda, el dios de la sabiduría que asociaban al caldero mágico, trasunto de las potencias del sí mismo, pues el verdadero crisol del conocimiento radica en la interioridad. Según René Guénon, los druidas fueron herederos de la tradición primordial, signada con el emblema del jabalí, y su formación, a la que eran destinados los jóvenes de juicio más despejado, requería no menos de veinte años de enseñanza básica. Esto presenta a mi entender elocuentes connotaciones chamánicas, como las tiene sin duda la orientación esotérica y sacramental, aparte de la terapéutica, que hallaron en el mundo vegetal. Incluso en el ámbito lingüístico existen paralelismos. El latín druĭda es la adaptación de una palabra celta compuesta por dru-, fuerza, y vid-, sabiduría, respectivamente simbolizados por la encina y el muérdago, cuyo significado «ilustrado de los bosques» evocaría resonancias combinadas que van más allá de su literalidad. Sobre la lejana etimología que nos llega a través del francés chaman, si bien se presta a ambigüedades, algunos estudiosos derivan el vocablo del tungús šaman con el sentido de «iniciado».

¿Qué relevancia tienen para los chamanes las propiedades, principalmente las psicotrópicas, de los vegetales?

Para los interesados en la materia es de sobra conocido que Mircea Eliade, en su ya canónico ensayo El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, descalificaba el uso de sustancias capaces de esplendores místicos como indicio inequívoco de un chamanismo en decadencia. Estoy en franco desacuerdo, y tampoco es preciso recordar en favor de mi discrepancia lo mucho que destacó Eliade por su ingente labor de biblioteca, no por la de campo; si mi intención fuera refutarlo con esta alusión, incurriría en un argumento ad hominem como el que bien pudiera haber sufrido nuestro experto en religiones al juzgar demasiado a la ligera épocas pretéritas desde un contexto histórico azotado por la cruzada prohibicionista antidroga. Un tabú social siempre es un velo a descorrer y el autor rumano parece haberlo interiorizado en lo relativo a psicoactivos. Dejando de lado el peso que haya podido tener en su opinión esta circunstancia represiva, cualquier persona versada podría confirmar el aserto de que ninguna herramienta utilizada por el ser humano puede aproximarse al poder que algunas plantas y hongos poseen como catalizadores de la gnosis. Pedirle a un chamán que desarrolle sus técnicas sin este recurso sería tan absurdo como exigirle a un panadero que prepare una hogaza esponjosa sin levadura. En concordancia con esta evidencia empírica, allí donde el ritual adquiere un protagonismo cada vez más sofisticado en detrimento de la ebriedad que sirve de vehículo extático hacia el Otro, puede aseverarse que el chamanismo ha entrado en un proceso de involución que lo aleja de sus fuentes y lo acerca, transformado en una caricatura de sí mismo, a espectáculos inanes como el oficiado por la misa católica.

El ritual solo es un condensador de experiencia cuando refuerza la activación de un estado que centra su razón operativa fuera del régimen figurativo de la sesión.

¿Hasta qué punto es falible la ciencia de un «hombre medicina»?

Tanto como pueda serlo respirar… Lo que pretendo sugerir es que su ciencia no depende de un criterio mediatizado por la historia subjetiva y los intereses parciales de un yo, sino que explota una propiedad intrínseca de la materia muy relacionada con las conexiones profundas que se hacen ostensibles a la mente durante el trance visionario, que puede entonces discernir la información subyacente que afecta a otros seres y modificarla en algunos aspectos, reprogramarla. Esto es posible porque las criaturas, tanto las adscritas a la esfera biológica como las resistentes a la taxonomía convencional, estamos entretejidas semántica y estructuralmente en un continuo universal.

Todo está abierto a todo, pero la modernidad se define por ser el tiempo expuesto al eclipse de la epifanía. En nuestra civilización, un individuo con aptitudes innatas para la chamanidad estaría, como mínimo, desubicado y correría serios riesgos de acabar tutelado por el estamento psiquiátrico. Seguimos en la caverna platónica, ahora distraída con pantallas retroiluminadas, y aun así la misma voz del Logos que inspiró a Heráclito, el mismo genio camaleónico que instiló su clarividencia en la Pitia, nos interpela a la menor oportunidad: «¡Eh, monito, atiende un poco, aquí hay algo más!».

¿Cómo distinguir a un sanador de un impostor?

De igual forma que se distingue a un cojo cuando debe echar a correr.

¿Es usted un chamán?

Aún no he sanado a nadie, a menos que el propósito de curar empiece por la guía y el acompañamiento, casi socráticos, que he brindado a algunas personas confiadas a mi pericia cuando la prueba exigía de ellas abrir la puerta de sus sentidos a las revelaciones. Siendo como soy una bestia incardinada en aflicciones propensas a la desmesura de los pensamientos y los altos contrastes, lamento decirle que mi escepticismo representa un obstáculo insuperable para responder como quisiera. ¿Soy un chamán? A decir verdad, no tengo ni idea.

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