27.2.18

MOROSIDAD

Carl Spitzweg, El alquimista
¿Se llevará el sol una ilusión más?
Eugenio NOEL
Diario íntimo

Dos formas básicas hay de enfocar el devenir. En una, que parece ser la concepción dominante en el pensamiento científico cuya umbría postula un desarrollo evolutivo de la temporalidad, el universo se crea a cada instante y lo último coincide con lo más nuevo; en otra, afín a una visión arcaica del mundo pero asimismo compatible con la noción de una flecha termodinámica irreversible, la novedad se sitúa al principio y el momento actual del universo es, por ende, el más vetusto o viciado de entropía. Es muy probable que ninguno de estos encuadres sea correcto.

Tengo por garbo de buen entendedor, y el Tiempo insinúa serlo en sus entelequias, saber no dar a entender lo que se sabe. O el mañana no existe, y carece de sentido preocuparse por lo que deparará, o cumplido está ya e inútil es preocuparse por el ineludible trayecto reservado al peregrino de los eones. Al humor cambiante con que reviso esta disquisición biométrica, antepongo una clase insuperable de honradez: no inventarse más excusas para proseguir a bordo de una empresa que se aborrece y a la que solo se pertenece por el accidente de haber sido engendrado.

Protestar contra la existencia, contra la incontinencia de sus absurdos e iniquidades, sigue siendo trabajar para ella. ¿No es más propio de cobardes asirse a la vida en condiciones indignas que determinar el momento de desaparecer cuando uno siente agotada su razón de ser, si es que alguna vez creyó poseerla, y aun ahogada lleva en el desencanto la misma bestialidad de la que obtenía el empuje necesario para perseverar contra viento y marea? Frente al carácter indómito de la valentía espiritual que reflexiona así junto al precipicio por el que van despeñándose sus apegos, cualquier otro enclave anímico resulta irrelevante.

Si una vez persuadido del salto al desfiladero interior donde la Calva tiene montada su pista de baile pudiera el suicida vocacional concederse «un trago más» de aliento sin tributar patrañas ni temores a la realidad, abriendo el diafragma al esplendor como único método de sustentación, tendría en su conciencia la fiesta continua, que no llamaré demiúrgica, de ser un extra para sí mismo. En otras palabras, quedaría absolutamente absuelto de no poder vivir ni morir del todo. 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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