27.1.18

SUMANDO SUSTRAENDOS

Eckart Hahn, Abend
La partida de nacimiento del lactante es, al mismo tiempo, su certificado de defunción. La vida inscribe en su rúbrica vacía un número de años que se encogen hasta formar una nada a la vista de lo infinito.
Hermann BURGER
Tractatus logico-suicidalis

El acto más transgresor que un hombre puede hacer con su vida no es quitársela; lo más nocivo que puede hacer con ella es contagiarla. Quien haya reclamado la muerte para el horizonte de sus próximas decisiones conjugará el nacimiento como la piedra fundamental sobre la que ha cometido la arquitectura de sus días, y cuanto más elevada sea la lógica de su pensamiento, más fortaleza se dará en la razón de extender el abrazo de sus arbotantes al no ser. Matarse uno mismo es, en realidad, poner fin a la mortífera retahíla de ladrillos que son los instantes transcurridos.

Cómo el suicida mata en sí mismo a la muerte solo es posible redondeando en un acto la función cuaternaria por excelencia que lo resuelve víctima, culpable, juez y verdugo. Sus motivos son lo de menos, y el mejor de ellos, no tener necesidad de dar ninguno en rendimiento a la sociedad que se opone a tolerar la actitud de tomarse tantas libertades en relación con la muerte. Hace lo que hace porque se pertenece y se pertenece porque lo hace.

Parientes, amigos y amantes, cuando los hubiere, es improbable que absuelvan al suicida y por una natural reacción defensiva se blindarán de nociones tan egoístas como las atribuidas al interfecto que los abandona, aunque sin duda también menos francas, más mediatizadas por la presión cultural y los vínculos afectivos, entre otros factores de importancia étnica. Si sobre la determinación autolítica no pesara tal carga de infamia, su potestad sería un fertilizante para los indecisos que la maduran en silencio desde hace tiempo y, aun así, quien se mata rara vez despega sin procurarle las alas de un incentivo a algún que otro epígono subrepticio.

Cuesta creer que el deceso autoinfligido no esté penado en estos suburbios peninsulares donde la inercia histórica nos empuja a ser los primeros en asir el hacha de guerra y los últimos en escurrir el bulto, por más que sea usanza profanada de continuo por un abastecimiento de casos antagónicos. En los países donde atentar contra la propia vida sí es objeto de persecución y de castigo, el propósito de la ley no puede ser más diáfano: asegurarse de que los deprimidos y desesperados tengan éxito. A ningún gobierno le agradan esos ciudadanos remisos que se muestran incapaces de seguir el ritmo del guión colectivo, y aún menos los que convierten su falta de implicación en un enquistamiento improductivo en el ejercicio de la obra; son resabios de biopolítica en una era robótica que debe su principal cuota de beneficios a la eficacia de la programación psicopolítica. 

Siempre que recalo en el censo anual que junta en danza a los aniquilados por elección íntima —y se trata de cifras calculadas a la baja por sistema, puesto que son muchos los suicidios presumibles que computan entre las defunciones accidentales—, antes incluso de entonar la consabida elegía por la cantidad de malnacidos durante el mismo período, pienso en todos los monumentos públicos erigidos en memoria de tipejos causantes de daños terribles a los coetáneos que hubieron de padecer su tiránica impotencia para evacuarse a sí mismos, y de inmediato siento la obligación de vindicar la soberanía de los héroes anónimos que prefirieron la osadía de ajusticiarse a arrastrarse abolidos de bríos, de dignidad o de lo que tuviesen por capital de su valimiento. Vivir por vivir no es modo de vivir.

Considerando, y no lo ensalzo, que es patrimonio del civismo incorporar por tradición un capítulo de loores a personajes sanguinarios, hágase la prioridad en homenaje de aquellos que sentaron ejemplo de entereza al escapar limpia y espontáneamente de sus vidas, despejando los tráfagos en orden hasta dejarse soltar, libres por igual de malquistar su duración contra otros y de la ratería de afilarla en la amenaza de inmolarse cuando conviene la estridencia de un chantaje táctico.

Desde una estimación biológica, la muerte es una forma particular de movilizar la vida en general, un recurso revolucionario que, a contrapié de sus arbitrariedades, no empece la divergencia de percibir la generalidad de la vida como una forma drástica de particularizar el fin del mundo. Insertos en este camposanto de evidencias, desmeollando en él la irreflexión de sus tenacidades, ¿no supone un lastimoso contrasentido hablar de «calidad de vida»? La calidad es de la muerte que la vida prepara con sus trucos, y hoy, como hace diez mil generaciones, lo irrazonable es que alguien ultrajado por la fatalidad persevere en lugar de suprimirse. «Dócilmente, aunque en modo alguno de buen grado, uno se habitúa a situaciones que solo anteayer nos habrían parecido totalmente insoportables», corrobora Hesse en su Elogio de la vejez, cuyo criterio podría complementarse con una máxima de Epicuro que invita al desasimiento: «El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él». Este filósofo, quizá más amante del equilibrismo que de la verdad, manifestó ser contrario al sentir de Teognis cuando este lamentaba el haber nacido y exhortaba a «migrar de inmediato hacia las puertas del Hades»; razona su desacuerdo en la misma epístola de consolación a Meneceo donde, con palabras muy citadas, explicó que «el más terrorífico de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque, mientras somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, nosotros no somos más. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no es, y estos ya no son». Mis allegados me han escuchado decir, al sedal de estas presunciones, que para representarse la muerte como un acontecimiento indiferente se precisa una fe no menos recia que para buscar la redención del alma allende. Y llegados hasta aquí, sin que falte unidad sin nulidad —animales adversativos somos—, ¿qué amor cabe profesarle a la vida cuando se ha respirado de cerca su pestilencia? La adicción más avasalladora, la que agita mayores desafueros, no es otra que la propia existencia… ¿Me creeríais si declarase que vivo como un desenganchado rodeado de yonquis?

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