26.2.14

REVIVISCENCIA

Un niño, disfrazado de ángel, se halló tan feo al verse en un espejo que se echó a llorar.
Alejo CARPENTIER
Oficio de tinieblas

Lo que natura se ahorró conmigo en belleza, a las musas se lo robo en agudeza: pareándome, eso creía... Sin poder hacer filis del sueño o tal vez encantamiento que desprende el retrogusto de la realidad, interrogué al perfume que vestías aquella noche de apenas mil días de resaca y, con el orfeón de mis tentaciones estrangulado en un quedo, obtuve por respuesta el estigma de lo que esquivamente suponía: «La vida en temple de aventura, venga como venga no disuelve la amargura que encaja. Si alientas de mí el primer paso, tropezarás contigo. Soy la mancha en tu verdad que no mata el beso de mi boca estoica, y aunque te lleve al conocimiento de lo sombrío burlando los límites de la humanidad, aunque sea yo tu víctima fatal en un escorzo de conciencia imperecedera, no te debes separar del alma que alumbra el rastro sinuoso: aprenderás lo que es perder toda esperanza, pero también el valor de crecer sin culpa y la grandeza de abandonarte para siempre sin temor».

La ilustración, procedente del manuscrito persa W 613 del Walters Art Museum, muestra al protagonista, remedo del ánima, rindiéndose al poder de un ifrit que momentos antes se había granjeado su confianza bajo el seductor aspecto de una bailarina.

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