4.2.14

DEL ESTANQUE REBOSADO

Una parte del ser que en tiempos se llamaba yo, ya está allí donde pronto se instalará el todo.
Hermann HESSE
Elogio de la vejez

Uno debería poder explorar varias vidas sin merma de lozanía para saber lo que quiere y otras tantas para intentar llevarlo a cabo, pero ha de bastarle una fracción de la que le ha tocado para aprender a desestimarse. Muy cercano en sentimiento al centro de esta mediana edad tan proclive a despistar los paralelos de la procrastinación con los meridianos nada claros del pronóstico, me imagino consintiéndome la experiencia de llegar a viejo aun sin haberme convencido la apología que autores a quienes admiro han dedicado al territorio menguante del vivir. Exonerado en crucial medida de las obligaciones rutinarias con la sociedad, siempre que mi salud no recale en la intransigencia puede que entregue mi ocio provecto a una relajada disciplina zen que dividiría entre el cuidado de varias colmenas de abejas mieleras, la confección de artículos de marroquinería y el dibujo en acuarela de las exquisitas vulvas de las amigas, amantes o modelos que se presten al juego de ser retratadas en este cariz. Hasta que eso suceda y mientras la disipación de mis fuerzas no vaya en consonancia con la pérdida cabal del sentido combativo, antes en todo caso de que las palabras se me traben en la dislexia que me vaticino, seguiré formulando mi antagonismo de forma recurrente. Hoy, como hace un mes, vuelvo a arañar por cuenta propia la arbitrariedad disfrazada de filantropía de cuantos cébanse hurgando en ovario ajeno:

Si el aborto no se respeta como un derecho, la reproducción se convierte en un deber cuyo cumplimiento resulta más atroz que el asesinato, pues el acto forzado de multiplicarse implica no sólo el homicidio del que nace, postergado pero seguro, sino el sufrimiento por decreto hasta su regreso a la nada de la que fue secuestrado, además de poner el vientre materno bajo sumisión a los temores, caprichos y obsesiones morales de los legisladores, que parecen eludir expresamente la lucidez de tener presente la polución demográfica que favorecen.

Había escogido para esta entrada la amable escena en la que Édouard-Henri Avril instaló a Safo con su cortejo. La muerte y la doncella de Hans Baldung, discípulo de Durero, resulta a todas sombras más apropiada.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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