14.4.12

RASPAS


Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza.
Gilles DE RAIS, de sus declaraciones en el juicio que lo condujo a la horca


Quienes en el antro de su fuero interno se sienten señalados por la culpa, tienden a soportar dócilmente los sufrimientos innecesarios donde recala su conciencia porque una vez acorralados contra la deshonra, y en ausencia de mejores lenitivos, creen que las injusticias que han cometido se avienen con el estado natural de las cosas. Para ellos, esta creencia funciona como una purga por trasvase en un doble sentido ascendente y descendente: a la materialización de infortunios que experimentan como un castigo del que los hacen acreedores sus abusos, síguele la integración de los mismos en un orden superior regulado por los designios vindicativos de la providencia. Nada más fácil, así como propicio a lo engañoso, que convencerse de la naturaleza moral de los hechos cuando la atención no ha captado la naturaleza imaginaria de la moral. Y si bien sobre bien detrás de cada idea moralizante puede ser detectada la huella, no siempre obvia, del interés pesonal, tampoco está descartado que las bases biológicas sobre la que se sustenta la conducta que persigue el provecho propio sean ajenas al origen espurio de la moralidad: la invención es un recurso estratégico muy extendido entre las criaturas malogradas por las raspas que pone el pecado en sus carnes.

Náyade postmoderna que es a la gravedad cavilosa de este párrafo lo que una yema floral a un cactus. Repertorio ampliado, aquí.

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