21.2.12

DETONADORIO


El hambre saca a los lobos del bosque. Echadles algo que llevarse a la boca y os lamerán la mano.
Patrik OUREDNIK
Instante propicio, 1855

En mitad de una conversación improvisada en un café, una señora a quien acabo de conocer me pregunta entre retórica y victoriosa, como dando compulsa de hecho a una respuesta favorable a su criterio: «¿Qué clase de mundo quieres para tus hijos?» Y yo, cogido por sorpresa tan de mañana, no tengo mejor ocurrencia que ser sincero: «¿Se refiere al pedazo de mundo que no ha podido arrebatarme la descendencia que rechazo?»

Puesto que en cada humano la naturaleza determina los límites que la cultura, en su sentido más amplio, rellena de contenidos, al áspero hilo de esta anécdota matutina me pregunto si es mi conocimiento el que se alza soberano sobre los genes decretándoles esterilidad, o si por el contrario soy el portador de un genotipo defectuoso que se sabotea a sí mismo a través de las actitudes que he asumido de manera consciente como una estructura interna. Al observar la constante interpolación entre natura y obra, entre lo heredado y lo manipulado, a veces los límites de la primera estallan por el incremento súbito de la presión que ocasiona la segunda, mientras que en otras situaciones los atributos adquiridos llegan a implosionar estrechados por las demandas urgentes de lo indispensable; en ambos extremos la mentira prevalece como uno de los recursos embrionarios de la verdad, que parece inseminarse a despecho de sus implorantes exploradores en una ubicua e inaprensible fuga hacia la nada. Muchos creen que sólo sabemos lo que vemos, pero tengo justo las antípodas de este lugar prejuicioso por enclave menos equívoco: sólo vemos lo que hemos conseguido entender, quizá bien poco en mi caso, pues lo que sé nunca me basta para desenmascararme sin entrar en agonía...

Por la propia experiencia de esa ficción tan convincente que llamamos realidad gracias, en parte, al traspiés ajeno que hemos aprendido a manejar como una literatura común, aceptamos de Perogrullo que «pocos sueños se cumplen, los demás se roncan». No voy a discutir si es mejor verlos frustrados que puntualmente cumplidos, y será el asimismo discutible Bernard Shaw quien me facilite un veredicto al haber dejado escrito al respecto que «hay dos catástrofes en la existencia, que nuestros deseos no sean satisfechos y que lo sean». Anticipada esta dificultad, lo cierto es que los senderos del querer son sinuosos y no los endereza el saber, que se pierde en perspectivas de instrumento catalejo del hacer o en el meticuloso microscopio del pensar. Casi todos, hasta el último aliento, nos figuramos tentados por cosas afines cuando en esencia casi nadie quiere lo mismo desde su orilla del ser, lo que permite al astuto atrapar con señuelos a su presa, así como al cautivo, en ocasiones preciosas, improvisar la trampa donde caerá confiado el cazador experto.

Forasteros, un acierto enigmático de Julián de Narváez.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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