30.1.12

SOÑADORES AMARILLOS


A la mano muerta se le he permitido durante demasiado tiempo que esterilice el pensamiento vivo.
Anton SZANDOR LAVEY
La Biblia Satánica

Aunque se equivoque contra sí mismo y nunca sea por suerte ajeno a la espina revirada de la sospecha, el hombre de espíritu libre procura hacer siempre lo que quiere a diferencia del siervo, que a lo sumo aprende a conformarse creyendo que lo hace cuando sólo quiere lo que hace, una forma adulterada de obrar que me lleva a pensar que nadie debería drogarse sin cruzar el filtro previo del conocimiento al margen de que ningún versado en los dominios de su conciencia deba renunciar al privilegio de moverse a través de otros estados. Trazar la línea fronteriza entre ambos territorios mutantes puede ser cualquier cosa menos fácil, y esta labor exploratoria recibe el bombardeo continuo de mensajes destinados a sembrar la confusión. Uno de ellos, quizá el más peligroso, la conspiración de la contracultura que desde finales de los años sesenta ensalza como un sacramento antisistema el uso frecuente e indiscriminado de alucinógenos cuyo impacto social sirve, por paranoico que parezca, a la industria de quienes aspiran a vernos desarmados psicológicamente frente a la orientación que se le imprime desde arriba a la realidad para moldear a su interés la imagen preeminente que cada uno tiene de sí mismo. Las sustancias psicomiméticas como el LSD, verdaderos contenedores de poder que algunos estudiosos del fenómeno denominan enteógenos —¿y por qué no endemonógenos, autogenófagos o suicidélicos?—, además de derribar antes que abrir las puertas de la percepción, actúan como llaves que dejan el cerebro virtualmente expedito a los especialistas en modificar la conducta...

Mi crítica dista mucho de lanzar una advertencia colectiva: no da para tanto; más bien propone un desafío a todos los aprendices de brujo que se sienten estrellas de un cambio de paradigma en el que la catarsis de la revolución interior suele estar manipulada por las técnicas invasivas de los inquisidores de la Nueva Era. Palabra de alguien que se ha desgarrado el alma al penetrar en el mosaico de retículas entrelazadas por puentes de hidrógeno; alguien que, al saltar sobre los reinos de este mundo, ha regresado a tientas por el desfiladero tras haber roto el revestimiento omnidireccional que confiere apariencia de unidad orgánica a los significados de la materia.

El ouroboros que nos acompaña con un trazo emulador del estilo de Giger está firmado por un tal Zarathus.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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