21.1.12

CARTA AL PASADO


La imaginación religiosa concibió a un Dios superior a sus criaturas; la imaginación técnica ha concebido a un Dios-ingeniero inferior a sus inventos.
Octavio PAZ
La llama doble

Mi nombre es Yamil Borio 6 —el número entero indica mi casta génica— y el día en que se publique esta misiva aún no habré nacido, aunque no hago olvidos de que para entonces algún cerebro destronado haya captado mi resonancia a través de la imaginería del sueño, cuyas turbulencias son inescrutables para empíricos y místicos en ignara paridad. En el espejo, aparento ser un joven fibroso de complexión elástica exornado por unos deliciosos ojos verdes que reclaman con destellos metálicos sumisión al espacio enmarcado por una melena, esculpida en rizos, acerca de la cual un estudioso del pasado, eximio sodomita para mayor concreción, quiso atisbar herencias dorias o sumerias, no lo recuerdo nítido, pues de eso hace una eternidad o quizá una semana... ¿Por dónde iba? De acuerdo, es detalle de insuficiencia preguntarlo, pero en mi situación cualquier flaqueza es el epílogo de un exceso, no puedo explicarlo con más luz... ¡Lo tengo!: daba cuenta de mi retrato especular; fuera de él, decía o iba a decir, es decir, no sé si será necesario decirlo: dentro de mí, por tanto, no soy joven, ni exótico, ni esbelto. A veces tengo tentáculos retráctiles gigantes y un agudo pico en lugar de boca, cambio de género con pasmosa facilidad, no siempre camino sobre dos piernas y, desde luego, mi anatomía se vuelve caprichosamente imprecisa ante el menor estímulo al igual que un líquido reproduce con fidelidad la forma de la superficie sobre la que se desliza o los límites del envase que lo contiene. Consultados, los wikiexpertos hablarían de un fenómeno singular de paranomasia proyectiva; lo cierto, es que perdí mi identidad en un trabajo muy arduo. Descubrí que salvo por la muerte o el deterioro cognitivo, el yo es un fantasma indestructible que vive para sí mismo instalado en la evanescencia que apenas siente del ser que, a medida que se pudre, lo sustenta.

A mí no se me compra con dinero, sexo o halagos; ni siquiera acato los dictados zalameros del amor y menos, cuando así ocurre, sus reflujos emocionales, como son la culpa recalcitrante o el cariño dedaloso. Soy menos propenso al miedo que a la temeridad, y el efecto devastador de las consecuencias de mis actos no me altera el pulso. Quiero o no quiero según mi voluntad, a la que sólo yo atiendo, entiendo y puedo transformar en decisión. De manera similar se lo comuniqué a Scolopax, mi enlace prioritario con El Grupo: «Seguiré en esto mientras la aventura me convenza; en cuanto me canse, abandono». El problema es que por mal que esté nunca me agoto por completo porque cada misión logra seducirme como a un gato los efluvios de una matanza. Probablemente me hayan insertado uno de sus puenteadores sinápticos, que tienen la virtud maligna de no dejar huella metabólica, además de ser indetectables por los escaneos neurales rutinarios. No penséis que no me agravia esta tenebrosa maniobra, pero la acepto con el mismo rigor estoico que la mutilación accidental o la fealdad: constituye un capítulo esencial de mi destino, una lección, mi propio emblema. Fatalista por instinto, nada me importa para llegar a maldecir la existencia o atarme ciegamente a ella, de lo contrario nunca hubiera firmado con mis cromosomas un contrato que contenía, entre otras cláusulas abusivas, una trampa adicional donde se postula la «completa accesibilidad moral» en caso de manifestar síntomas de elipsis sensorial. Casi omito reseñar que me muevo como un pez de barro en las aguas revueltas de mis circunstancias, uno de los raros privilegios que otorga mi oficio. Mi tarea se centra, principalmente, en extraer datos de los agoroi —humanos mixtos utilizados como viveros al servicio de diferentes clanes— para su examen posterior por un equipo técnico dedicado a tasar el Índice de Coagulación Fáctica, que consiste en descodificar a partir de las experiencias recolectadas los intercambiadores cuánticos de perspectivas con la intención de adelantarse a los hechos futuros. Soy, para abreviar, una especie de rastreador de las anomalías mentales capaces de cambiar de manera sustancial el curso de los acontecimientos, un navegante de las transferencias epistémicas improcedentes que ordinariamente se conocen como nimbos, pues nimbar es el acceso a realidades superiores mediante el uso de nanosílices biointeractivos que precisan de la flora producida por los agoroi para romper el retrobloqueo legal contra las virtualias. En la jerga del psicolumpen y también entre los traficantes de recuerdos, a quienes nos ocupamos de estos delicados menesteres se nos suele llamar usurpadores o, más despectivamente, todovacuos. Supongo que en tales tratamientos hay una importante dosis de envidia desde que se sabe que a los consagrados a esta actividad, sea por un efecto secundario imprevisto o por un artificio dirigido hacia una recompensa manejable, se nos ha conferido una clase de inmortalidad que sólo puede arrebatar el golpe de un rayo. Ciencia, leyenda o un poco de ambas cosas que nos asemeja a los héroes de la antigüedad acrisolados por el néctar que regaba los banquetes olímpicos. Bien pensado, veo en ello el pellizco del sarcasmo, que maldita gracia es vivir sin auxilio de caducidad cuando nadie se obstina hoy en prolongar sus tejidos más allá de los cuarenta para sacrificarlos a un mundo alucinatorio donde la ruina se completa con la síntesis por medio de una confusión elemental de las partículas.

La realidad mutó con la infiltración sistemática de la Iglesia del Claroscuro y sus trece apóstoles inseminadores de calcos divergentes, réplicas fraudulentas de los afluentes que conectan el Megacórtex a las conciencias individuales. Por imperativo legal se les prohibió la concesión de licencias para nimbar, y fue a partir de ese ataque cuando comenzaron los secuestros de niños con la proliferación subsiguiente de agoroi en los suburbios. «¡Apártense o derribo! Mi beligerancia es sagrada» publicitaban con gozosas irrigaciones de hiperencefalinas en la mensajería onírica a todos los usuarios de Sol-Llama. Materializaciones imposibles, o eso se pensaba, junto a bilocaciones proscritas y emergencia de seres submúltiplos dotados de varios cuerpos sujetos a una sola personalidad, jamás hubieran sido substanciadas sin la colaboración magistral de los ingenieros moleculares que diseñaron la endoflora, entre otros la inaccesible Xia Ledis, hembra polifacética de marca —quizá un ente aglutinado de ficción—, pornostar vocacional y especialista de renombre en biotecnología con centenares de patentes a su favor, como los anillos réptidos que se enroscan invisiblemente en los talones de aquiles para impedir de súbito la movilidad del oponente, de uso generalizado en el ámbito policial, y una fruslería en comparación con el candado hipotalámico cuyo perfeccionamiento también se le atribuye. Yo llegué a mapear sus puertos nímbicos, pero el mérito no me pertenece; fue ella —chica lista— quien simuló la apertura del nodo para atraparme en la configuración transmodal uJane, de la que nunca se regresa sin rendir un caro tributo a los dioses digitales de la locura. Ocurrió en la polisuite Audacity del Tavistock Hotel, donde los viajeros fatigados procedentes de las zonas irradiadas y los trabajadores impermeabilizados a los utopiáceos por prescripción penal buscan ocasiones compartidas para enredarse en amenidades disolutas que resuelvan por vía orgásmica sus privaciones predeterminadas. Horas antes, con ayuda de las timolentes localicé la emisión anímica de un agoroi que sin su dosis regular de confortibina había sido víctima del plenilunio. Protagonizaba su arrebatado furor con una huída sin rumbo por la ciudad en la que había agredido a algunos transeúntes hasta destrozarlos. El temor proverbial que se les guarda si se les deja caer en ese estado está más que justificado, y las mafias asiáticas que los explotan son las primeras interesadas en evitar escándalos que las pongan en el disparadero del Cónclave Cooperante o, peor todavía, de El Grupo.

No fue necesaria una exhibición de violencia para detenerlo: a la debida distancia, los ultrasonidos se encargaron de ello. Lo tenía aturdido a cuatro patas sobre un callejón lleno del limo negro que se forma al precipitarse el esmog que los barredores atmosféricos vierten deliberadamente sobre los barrios bajos. Flanqueado por altas paredes sin ventanas, nadie podía verme en apariencia. El protocolo de aproximación aconseja evitar al máximo las intrusiones. Sólo cuando activé el inhibidor de frecuencias por si hubiera una cámara volante en cercanía, decidí presentarle mis respetos:

— ¿Te excita el olor de tu polla, infrasexual? —si hay algo que un agoroi no soporta son las alusiones directas a la actividad erótica, cuya sola mención les provoca espasmos de horror—. Enséñame lo que escondes por ahí o te meto una aracnómata por el culo —babeaba poniendo los ojos en blanco, clara señal de que me entendía.

No creo que tuviera más de seis o siete años, así que lo alenté a desnudarse propinándole una persuasiva patada en el abdomen, mas no tan fuerte que pudiera dañar el fruto de sus histocultivos, que podía valer una fortuna en el mercado gris. Resultó ser una mina. Durante los días que había pasado jugando a divulgar su lado salvaje —son increíbles las crueldades que un chiquillo rabioso puede hacer—, nadie lo había cosechado; reconocí a simple vista mazos bien formados de cardo de la extinción entre orquídeas soñeras y abundantes racimos de drópolo ceremonioso, angustero procontra, filomasias fosforescentes, neonitas clísmicas, jopo trepanadizo, dendrianas versicolor, albalungas, locablinas, estorenas buccinantes y ¡fresas! Un verdadero alijo viviente. Sin embargo, opté por no lucrarme de inmediato. Primero, necesitaba averiguar su pasaporte nativo de enlace para poder explorar el registro de la trayectoria intranómica que GECOM —la Genius Company, vanguardia del Observatorio— inserta de serie como archivo de memoria auxiliar a todos los probetarios, esto es, a los nacidos de laboratorio, que actualmente componen la mayoría de la población, entre los cuales me incluyo dentro de la categoría Optimus, por lo que soy inmune al síndrome del palíndromo generacional que tantos errores de redundancia cíclica ha engendrado.

Su pasaporte de enlace había sido enmascarado con un blindaje a prueba de crackerotomías, un procedimiento demasiado costoso y sofisticado para ser invertido en un agoroi subordinado a las competencias asumidas por una vulgar banda criminal. Podía intuir en ello la firma de un teletutor, pero la lógica de la cuestión se me escapaba. Normalmente, los teletutores reciben una esmerada formación como agentes factoriales en las criptologias del Cónclave Cooperante, donde se les implanta el sesgo profiláctico de fidelidad en el transcurso de un rito de juramento que se celebra cuando sus conocimientos alcanzan el nivel deseado, ya que podrían representar una amenaza para los Constituyentes. Contemplando al agoroi, era difícil discernir si me había hecho con un botín o con un polvorín. Necesitaba tiempo para deliberar y lo que hice fue encapsularlo en un marsupio que ralentizaría sus constantes vitales. Si nadie lo encontraba, disponía de un margen de treinta y seis horas, treinta más de las que requería para inyectarme telepáticamente en un espuriano al que haría transducir el Zigurat de Branas. Antes de abordar tan infernal asunto y primera causa de mi ruptura con El Grupo, creo que procede auxiliar a mis obsoletos y bienintencionados lectores con alguna información sobre lo conceptuado aquí y ahora, tras el tabú profesional que encierra, en la expresión espuriano o, con otra exactitud, cronovector: cuando uno de nosotros debe trasladarse a una coordenada del pasado estable en el cumplimiento de los habituales programas de remodelación infinitesimal sesados por Scolopax, el modo de minimizar la masa crítica involucrada no es otro que proyectarse sobre un habitante ligado a la secuencia de hechos designada para poder provocar una acción a distancia. Satisfecha la misión en ese segmento de la historia, que puede ser breve o dilatarse durante días en función de las complicaciones surgidas, el sujeto sonda regresa a su presente y el sujeto hospedador, sin conciencia alguna de lo ocurrido, recupera, en el mejor de los casos, la acumulación de monotonías que toma por vida.

De haber posado para La carne de Blekotakra, el resultado hubiera sido un fibroma menos consistente.

1 comentario:

  1. Borio 6, soy Pepe Fatum, si naces a tiempo agradeceria tu ayuda, Teseo me visito en sueños y me dijo, que como el, mataria al tiempo y a la tierra. Si es inevitable me gustaria hacerlo bien, y si no querria diluirme en un sueño infinito, ayudame..

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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