15.8.06

DON QUIJOTE DIVERGENTE

Caravaggio, La captura de Cristo
Todo está en el orden natural de las cosas, ya que los hombres fuimos creados para atormentarnos los unos a los otros.
Fedor DOSTOYEVSKI
El idiota

Dicen que en el abismo de las desgracias que a uno pueden ocurrirle está la de no saberse quién es, y no lo niego, pero en cuestión de infiernos la ventaja es de aquél donde los otros se obstinan en definir por uno lo que uno es. El problema parece ser que no se puede ser ni muchos ni ninguno, quizá porque tanto la ausencia como la diversidad inspiran apariencia de irrealidad hacia lo que creemos ser. Que a menudo la realidad supera la ficción es ya un tópico; que la ficción sólo culmina en la realidad, todavía conmociona por más que haya ejemplos por doquier. Consideremos a tal objeto la ambivalencia esencial de don Quijote, que por un lado sobrevive inmutable palabra por palabra en las dos dimensiones del papel y, por otro, está sometido a una evolución real, más real incluso que la huella histórica de su autor, en el imaginario de quienes lo conocen, pese a que con demasiada frecuencia muchos no sepan qué hacer con ese acervo donde se insinúa, a mi juicio, un horizonte revelador, pues del mismo modo que se comenta profusamente el impacto que tiene sobre la realidad una ficción de la talla del Quijote, bien podríamos ser glosados como personajes de una novela mayor que, absortos en los aspectos fabulosos de la narración, apenas llegan a percibir el cuento en el que se han convertido y cuyo argumento, mediante una curiosa simetría, se ve reflejado en la composición de sus personajes, quienes viven a su vez encerrados en la ficción pero urgidos a trascenderla, como don Quijote. La versión oficial, que con los años va tirando a mezquina, prefiere hacer del Quijote un remedo de bufón itinerante o embajador internacional, lo mismo me da, olvidando que don Alonso, si su cervantina quijotidad no me traiciona, fue un divergente, un divergente tenaz, acaso el más laberíntico ejemplar de divergente que la literatura registra. Está de moda rescatar de su semblanza aquellos rasgos que sin duda encajan más fácilmente en los índices de audiencia, cuando no traer a colación los nunca bien comprendidos ímpetus del ingenioso hidalgo, aunque eso sí, analizados hasta el exceso –huelga añadir hasta la arcada- por los peritos en el arte de exhumar entramados psicológicos; está de moda, decía, degradar lo alucinante hasta lo alucinado, pero no en mi caso. Don Quijote es divergente porque en primer lugar no se presta, no consiente, ser encasillado en las categorías que tanto eruditos como divulgadores suelen usar, ya por vicio o por servicio, al encararse con el ilustre artificio de Cervantes, cuya peor fortuna es la ironía de haber pasado de ser el Caballero de la Triste Figura a un triste mentecato desfigurado por el moderno sacramento de la opinión pública, que no es sino democracia en sentido figurado.

Elijo el epígrafe de divergente porque a nadie se le escapa que la divergencia supone discrepancia de opiniones, gustos y actitudes, es decir, un desacuerdo radical con los valores y costumbres predominantes. Emparentada con este concepto está la desviación, otro de los mitos contemporáneos, que en psiquiatría toma un significado análogo al de aberración por diferir de lo considerado saludable y normal, una evaluación que implica la existencia de un patrón de identidad universalmente correcto frente al resto de las opciones, lo cual es una manifiesta falacia. Don Quijote, en consecuencia, puede ser despachado como un desviado patológico según la doctrina seguida por los apóstoles de la normalidad, o ser sometido a un criterio más flexible y realista que lo calificaría de divergente haciendo una alusión neutral al proceso de distanciamiento personal del conjunto de limitaciones que la sociedad, de natural temerosa, celebra como mentalmente aceptable. Que el divergente está obligado a pelear solo es una terrible verdad que pone precio a su independencia. En cambio, la integración social debe gran parte de su éxito al hecho de que se comparte el peligro, virtual o real, frente a los extraños. El fundamento de la identidad social, por tanto, está asociado a la noción de refugio: la comunidad en el miedo, fortaleza erigida en tierra de nadie. Don Quijote, una vez más, se nos muestra como un raro espécimen decidido a romper moldes que se echa al mundo no precisamente para buscar el consuelo, la piedad o la comprensión del rebaño humano, sino para dar guerra a sus propios fantasmas. Prueba de ello es que los desmanes aparejados a esta clase de fuerza visionaria han sido domesticados en el término quijotada, que traduce en clave despectiva al lenguaje corriente lo que moralmente podría ser inadmisible o, peor aún, lo que si no fuera burlado sería de espanto. Don Quijote, en determinadas circunstancias, también es un ser peligroso, una leyenda viva, una quimera: urge escarnecerlo entre chanzas a fin de ahuyentar los malos espíritus representados por su presencia anómala, por su misión inaudita, por su descarada divergencia. No en vano la irrisión es el exorcismo de los seglares.

Que lo dicho no es nuevo, ya lo adelanto; no tanto lo que por decir queda, pues don Quijote también diverge en sentidos poco esclarecidos. Para empezar, todo en él constituye una inversión de la trayectoria vital de un individuo normal, de modo que sus actos tienden a extraviarse en la frontera de la imposibilidad; me refiero a que la parte activa de su experiencia va precedida de la fase pasiva, del aprendizaje intelectual y libresco, cuando lo habitual es que la acción vaya declinando con los años en la reconstrucción contemplativa de lo vivido que la capilaridad introspectiva de la ilusión suple o completa. Don Quijote, tras haber saciado su etapa inicial como devorador de vivencias por delegación, se propone con voluntad recia emprender por su cuenta y riesgo la prolongación de un mundo creado con la sustancia ensoñadora de su aislamiento. Y así, desde esta perspectiva, don Quijote se nos presenta como un intento tardío de lograr la metamorfosis capaz de transmutar una vida desarrollada en la crisálida de las lecturas en la eclosión de un ser puro, virtuoso en su perfección y destinado a templar su coraje enmendando abusos, poniendo un orden apolíneo en el caos. La realidad, sin embargo, no le escatima resistencias estructuradas en función de códigos menos obvios donde la ferocidad puede desatarse sin culpa por otros cauces, como ocurre con la malicia que nobles y villanos excretan por igual ridiculizando al descastado viejo que tiene la osadía de inventarse un papel a la medida de su caletre. Es en este punto crucial de fricción perturbadora con los demás donde puede indagarse la cualidad divergente del Quijote, su condición privilegiada de ingeniero de sí, de héroe autógeno que se ha diseñado a su entero capricho en el laboratorio de su biblioteca con elementos procedentes de una multitud azarosa de relatos, fantasías y referencias anacrónicas: don Quijote nos sorprende como un tecnólogo del yo que a guisa de collage intempestivo aglutina, no sabemos hasta qué punto engañándose a sí mismo, los paradigmas que le hubiera gustado ser. Siendo un hacedor de la obra más abstracta e inestable que uno pueda atribuirse, el propio mundo, la secuencia lógica en la historia de don Quijote es poner a prueba el simulacro de su identidad enfrentándola a esa otra labor de simulación intersubjetiva que la mayoría siente como el mundo real. Pero el desenlace, a semejanza de una tragedia griega, no podría ser más cruel: don Quijote, resignado en el que ha de ser su lecho de muerte, reconoce haber sido víctima de las tentaciones que su ingenio descarriado le ofrecía. Realmente, no puede imaginarse una derrota más criminal por cuanto halla su sazón en un triunfo cabal de la razón de Estado, ejercida esta vez por el tabú de la infamia y la política chismosa del vecindario. Cabe sospechar, no obstante, que don Quijote se guardó un as en la manga y en el último momento quiso mentir llevándose consigo el placer de un secreto no revelado. Bien pudo alcanzar un nivel superior de conciencia y jugar deliberadamente el recurso más inteligente del acorralado: la hipocresía; no la hipocresía negra que Covarrubias ilustra en su Tesoro de la Lengua con el ejemplo de quien «en lo exterior quiere parecer santo, y es malo y perverso, que cubierto con la piel blanda y cándida del cordero es dentro un lobo carnizero», sino la estrategia de poder fingir ser como los demás para prevenir el descrédito que causaría la exhibición de una divergencia contumaz de juicio y temperamento. Don Quijote actor, detective y psicoanalista merced al hábil manejo de su estigma. Su hipocresía en la hora crepuscular, si es que la hubo, fue un gesto mimético y defensivo contra las intrigas ajenas. Y si Cervantes dispuso la vuelta al redil del Quijote pensando tal vez en la hibris clásica, que es atentado contra los dioses por desmesura o emulación, la penitencia que el manchego hubo de purgar no es otra que haber rivalizado con las potencias divinas ciertos conocimientos prohibidos a los mortales, quienes deben conformarse con ser simples criaturas y castigar con el oprobio de la locura al creador; especialmente al creador de mundos alternativos, paralelos o divergentes repletos de enseñanzas. Pero como suele suceder con todos los ajustes de cuentas que llevan la rúbrica celeste, puede entreverse un interés humano, demasiado humano, en la utilidad del castigo: la excentricidad debe ser controlada como una amenaza dirigida contra la tranquilidad de la tribu, como un desplante que resiente su vínculo con la homogeneidad.

Don Quijote divergente, el que sabe rechazar con ostentación la conducta prevista por la sociedad, no puede ser reducido a una vulgar atracción turística ni servir de gancho comercial a las operaciones financieras de esos piratas que en lugar de trabucos se pertrechan con palos de golf. Don Quijote, hoy más que nunca, no puede ser declarado con tanta desfachatez patrimonio de la humanidad por la caterva pomposa de mercaderes analfabetos en busca de un pretexto con solera que incremente el prestigio de sus trapicheos. Don Quijote, insisto, no necesita ser reivindicado ni rehabilitado, pues si algo le sobran son apologistas y detractores. Y ya puestos a precisar, precisa cómplices, no escaparates. Atañe el Quijote a quienes saben entenderlo a su manera sin el filtro de los estereotipos, con un ánimo desintoxicado de los convencionalismos que impregnan, lamentablemente, las interpretaciones conformistas de la cultura.

2 comentarios:

  1. Cabriconde9/7/15 16:54

    A casi diez años de tu artículo, mira lo que escribe, con justificada repulsa, Francisco Nieva (me ha dicho un pajarito que es paisano tuyo):

    http://diariodelendriago.blogspot.com.es/2015/07/don-quijote-demolido.html

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  2. Gracias por el vínculo. Admiro a Nieva por la que creo constituye su única novela, ¡pero qué narración!, El viaje a Pantaélica, cuya influencia me congratula verificar en su persona...

    Don Quijote edulcorado, homogeneizado y, en definitiva, endemoniado de vulgaridad para la generación Actimel, una horda que parece más un subproducto de la nueva inquisición publicitaria y su pedagogía de simplismos: si no es fácil de tragar, escúpelo, ya lo mascamos por ti.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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