17.8.06

CARNE POR PUNTOS

Alfonso Ponce de León, Autorretrato (accidente)
Así es, carne, que no carné, por puntos. Carne computable en cunetas y recuentos estadísticos, en camas de hospital y partes de accidente. Carne recurrente, difundida y celebrada en la victoria mediática de los telediarios y las campañas en plan Pilatos de la Dirección General de Tráfico con su «no podemos conducir por ti». Carne maltrecha y suculenta en las cifras crecientes de las entidades financieras y en la morgue instrumental de la probabilidad más tozuda.

La velocidad de crucero en los desplazamientos, antaño viajes, por las carreteras españolas ha disminuido significativamente en lo que va de verano desde la entrada en vigor del carné, que no carne, por puntos; los voceros del régimen nos aseguran que son muchos menos los caídos en la guerra absurda por llegar cuanto antes al lugar de trabajo o de vacaciones, que hoy día vienen a ser categorías de una misma entelequia. Lo significativo, sin embargo, es que nadie se encarga de divulgar el hecho de que al haber más coches matriculados en circulación la frecuencia de accidentes es mayor, aunque tomado el resultado final arroje menos sentenciados a muerte por la crudeza elocuente de los errores matemáticamente previsibles. Como es obvio, al reducir uno de los principales factores de riesgo, la velocidad, también lo hace la mortandad neta. Pero esa no es la cuestión digna de ser diseccionada por un examen crítico, pues si los poderes públicos quisieran realmente aminorar los daños producidos por los siniestros in itinere disponen de sobrados recursos para imponer a las factorías automovilísticas la implantación en serie de unas cuantas medidas preventivas, eso que los expertos y profanos reconocen como elementos de seguridad pasiva: abs, tracción integral, airbag, refuerzo del habitáculo y, lo más importante, limitador de velocidad a la máxima permitida. En profundidad, debería cuestionarse nuestro actual modelo de transporte, que en sí mismo corresponde a un estilo de vida vertiginoso y sincopado, señalando la necesidad de prescindir de algunos valores consagrados por la tradición económica occidental a cambio de un ocio mejor concebido. Como ello supondría oponerse a los reclamos de la lógica del mercado, que exige siempre márgenes más amplios para el incremento constante de la producción y, en consecuencia, de su eterno títere el consumo, los coches, al igual que las personas, deben romperse a conciencia para que un largo repertorio de industrias asociadas puedan seguir prosperando, pero deben romperse bajo la exclusiva responsabilidad del usuario, que para eso va esposado al volante y a los pedales. De persona a conductor, por tanto, ha tenido lugar un descenso de nivel: se ha pasado de ser presuntamente inocente a ser un culpable virtual, esto es, próximamente culpable o culpable potencial mientras no se demuestre lo contrario; un sujeto no ya de derechos, sino de conducta sospechosa que lo convierte en objeto permanente de interrogatorio y análisis, incluso sanguíneo. ¿A quién beneficia esta situación además de las grandes empresas del motor, de los conglomerados sanitarios y de las compañías aseguradoras? Afán recaudatorio por parte del Estado, cuyo volumen de ingresos en concepto de sanciones no es nada desdeñable, así como mantener un clima de intimidación social en las zonas despobladas, es decir, en la inmensidad de territorios de paso entre los núcleos de población mediante dispositivos de control de carácter marcial: cámaras ocultas, radares, helicópteros de rastreo y la omnipresencia de soldados leales a la Guardia Civil, cuya proporción en relación a la masa de habitantes no ha dejado de aumentar de manera evidente en los últimos años.

Carne y carné por puntos; puntos que apuntan a todo lo que despunta: ¿quiénes son los verdugos?, ¿quiénes los condenados?

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