27.4.20

QUIEN CONOCE EL DESIERTO NO BEBE DE ESPEJISMOS

Stanislav SzukalskiSubmerged Town
Puede ser que el día nos alucine, que su orden nos canse, que la propia energía del día se agote, que los velos del día se rasguen. Entonces, quien ha vivido en la superficie, puede sentir la nostalgia de su unión con las fuentes, con las raíces del ser.
Nikolai BERDIAEV
Una nueva Edad Media

Antaño presencias demoníacas, hogaño microorganismos: la explicación difiere, pero el efecto es idéntico. Ante una epidemia, real o sobredimensionada desde su complexión arquetípica, el temperamento se define, y donde demasiados se achican como microbios, los menos ganan autodominio. ¿En qué temperie me configura el contraste con el palíndromo de una plaga que debe su índice de audiencia a la tasa de miedo y su tasa de miedo al índice de audiencia? En un estado cuántico de pacotilla, de ser y no ser en la circunstancia, pues la fragmentación anímica que padecemos conlleva una lidia constante y según la hora del día oscilo entre varias condiciones, ninguna de ellas tan espléndida como los dientes de león que me saludan desde este pedacito de Gea. Vean La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, y comprenderán. Sea como fuere, nunca he percibido con mayor obscenidad la línea divisoria entre la andanada de abusos con que el orden demagógico vulnera el orden espiritual. Si a partir de ahora pasear, reunirse o respirar son actividades condenadas a un minucioso chequeo y deben amoldarse a las medidas draconianas dictadas por la cofradía de las sotanas blancas, lo mejor que uno puede hacer es quemar el carnet que lo identifica como hijo de una patria que se ha desmadrado hasta el colmo de exigir a sus hijos que acepten vivir de arresto en arresto como eunucos de sí mismos, muñecos de ventrílocuo, zombis teledirigidos.

Las naciones, a semejanza de predadores, poseen territorios; los pueblos, en paridad con los bosques, raíces. Las naciones hacen correr la sangre, por los pueblos corre la savia de la cultura. ¿Qué cultura corre por la sangre de mis compatriotas? Prefiero seguir entero a responder.

Como en una disolución química cuya toxicidad aumenta con la concentración del principio activo, el acorralamiento físico bajo galleo uniformado vuelve potencialmente ponzoñoso no solo a quien lo sufre. Acorralados, sometidos a presiones superfluas a instancias de la ideocracia victoriosa y sin vías expeditas de recreo sensorial que compensen la implosión económica, los países se convierten en crisoles carcelarios de pasiones. No por casualidad las infraestructuras acondicionadoras del espacio creadas por la técnica, desde nuestras celdillas calefactadas al enredado aparejo de las telecomunicaciones, son modos de robotizar y comprimir, de encajonar a los seres en el evangelio axénico de las máquinas.


Por encima de cualquier otro prurito maquiavélico, un rasgo que caracteriza al despotismo es su diligencia a la hora de inventar delitos que confirmen la norma excretada; además de ser una pieza en la ingeniería del encruelecimiento institucional, forma parte de sus prerrogativas cortijeras en momentos críticos. Dentro de tales cotos conviene al individuo avisado transformar su fuero interno en una especie de celosía desde la que pueda mirar sin ser mirado, porque una vez instalada una trampa jurisdiccional revertirla no depende tanto del cabal uso de la razón contra la arbitrariedad, o de la elocuencia con que se denuncie su falta de fundamentación, como de un sentido tan básico como el respeto a la inviolabilidad de ciertos tesoros personales, hoy propiedades recesivas incluso entre quienes intentamos paliar el progreso del sedentarismo mental alternando puntos de vista y enriqueciéndolos con experiencias directas.

A propósito de bulos oficiales y de perspectivas estigmatizadas, con la escalada de memes que realizan los arribistas podría perderse la noción de que el poder es ambidextro, ya que usa con indistinta soltura la izquierda y la derecha para aferrar a sus presas, que somos todas las criaturas censadas en sus registros de insumos. Las ideologías son prendas que el poder escoge según quiera dar realce o disimulo a sus verdaderas proporciones. Denota una ingenuidad poco disculpable esperar que el antídoto contra un perjuicio colectivo proceda de los estamentos que lo causan, lo fiscalizan o lo agravan con su gestión. Digámoslo en negrita y con brinco de línea mediante:

El envenenador se anuncia siempre con remedios. Quien se entrega al mal, si es realmente perverso, no se sitúa al margen sino dentro de la ley. 

Lo que no entienden los borregos, excepto los descarriados, es que la grey corre más peligro con la tutela del pastor que con el lobo. El auge de los mayorales que nos calumnian agrava el declive de las dotes de observación encargadas de enristrar el análisis crítico. Por ilustrarlo con una anécdota, descubro que hombres de probada solvencia antigregaria, como mi fraternal amigo M., vacilan en la defensa de unos primordios inalienables de soberanía frente a los excesos del Estado y sus adláteres. Entre las copiosas conversaciones que nos brindamos, la última corriente dialéctica derivó hasta el conflicto entre libertad individual y «salud pública». Protesté contra este tótem alegando que nace sesgado por la manipulación sectaria y que en la práctica, al igual que sucede con sus homólogos el «interés general» o la «voluntad popular», sirve de excusa a la instrumentalización de los cuerpos como extensiones ejecutivas de los gobiernos, fea y dura biopolítica, a lo que mi buen interlocutor replicó esgrimiendo una idea preñada de horrores: que la atención sanitaria debería priorizar a los ciudadanos que se comportan responsablemente porque no es justo que reciban el mismo trato los que descuidan protegerse de un contagio que los fieles a la ortodoxia profiláctica. Aparte de que estratificar a los pacientes en función de criterios distintos de la gravedad de sus dolencias es una aberración contraria al espíritu hipocrático, su visión de las cosas, tan coincidente con la programada por la Nueva Normalidad, plantea otra cuestión más nauseabunda si cabe: ¿cómo puede saber un galeno quién merece o no su cura? Si se pretende implantar un filtro moral de los ciudadanos que soliciten cuidados médicos o algún otro servicio costeado con sus impuestos, el requisito previo es un nanométrico control de la población, un totalitarismo perfeccionado por la técnica que no deje holgura ni resquicio de hesitación a la maltrecha inteligencia, situación que a mi juicio presenta bastantes similitudes con el objetivo del actual viacrucis.

Así como la dominación política no puede ser desvinculada del sustrato biótico, la inminencia de la Segadora pone de relieve las ramificaciones políticas intrínsecas a todas las relaciones humanas; muestra, entre otras desavenencias, que nuestro vecino, de ordinario tan obsequioso, es muy capaz de cometer las vilezas que sospechamos cuando lo sorprendemos ojo avizor tras el visillo. ¿Ha de temerse que dispare sobre nosotros el esputo de la difamación? En una sociedad que exhorta a sus miembros a destripar su vida íntima para que hurguen a ludibrio los ministerios interesados, ser difamado puede ser una garantía de privacidad. Quizá la única.

Durante un rato es posible engañar a un mirlo imitando lo que su canto expresa, mas a una andorina nadie puede prohibirle el vuelo sin engañarse acerca del alcance coercitivo de la legalidad. Algunos tipos, confundidos por un gorjeo habilidoso, acuden raudos a la artimaña que otros, en cambio, sobrevuelan con garbo acrobático. ¡Ay de quien olvide que las alas se apoyan en el aire como el pensamiento en la libertad!

Entretanto, fuera del asfalto, estalla la floración. Benditas sean las cunetas, cuna y sepultura de naturalezas indómitas.

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