25.3.20

INVERNÁCULO DE PRIMAVERA

Taller del Bosco, La coronación de espinas
No existe mal alguno en la vida para aquel que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida. 
Michel de MONTAIGNE
Ensayos

Los estados de alarma prolongados en el tiempo y extremados en la excepcionalidad de las restricciones que, con probada causa o sin ella, introducen en las vidas de los afectados, devienen enriquecido caldo de cultivo para la paulatina reducción de la existencia individual al mínimo denominador común, que sin entrar en ponderaciones cacogenéticas ni traer a colación otros factores determinantes de la condición humana en la última fase de la civilización industrial, arroja como resultado el perfil psicológico que mejor se aviene a estar confinado en una drástica y deficitaria dimensionalidad, o dicho a la brava, el tipo de simio que acata, con nula o escasa resistencia interior, el peor escenario posible de una convivencia que seres más desarrollados no vacilarían en denominar campo de concentración. 

Nos recorren oleadas de alienación unanimista en loor del condicionamiento victorioso y de alineación amarillista con el dictamen que la propaganda mediática, no en balde tildada por algunos de infodemia, se ocupa de programar sin interrupción, todos los días del año, según las directrices que interesan a los grupos que regentan el negocio de la ingeniería social. Quien siembra primicias, cosecha ecos. ¿Qué habría de ocurrir para que los sugestionados por una sobredosis de noticias despertaran de su contagioso sonambulismo? ¿Acaso juzgarían abusivo que, de la noche a la mañana, apagar el móvil o no sintonizar el canal gubernamental durante la ración televisada de añagazas fueran acciones tipificadas como delitos de sedición, o que posar los ojos sobre otra persona sin llevar embozada la mirada con gafas oscuras se persiguiera como un atentado terrorista, so pretexto de que la proximidad de las pupilas constituye un vector infeccioso? En cuanto a los reclusos padres de familia que no advierten el nexo entre ovacionar a otros cautivos obligados a bregar al filo del abismo, y consentir desafueros que ofenden al menos común de los sentidos, el realismo, ¿descubrirían qué clase de predadores son capaces de decretar medidas, que ayer parecían propias de satrapías asiáticas, si sus hijos fueran disuadidos a fuerza de disparos cuando algún velador de higienes públicas los viera asomados por las ventanas, luciendo sus caras al sol cuya luz ha sido prohibida allende el sarcófago domiciliario? Uno ya no sabe qué actitud tomar hacia aquellos que ora están dispuestos a aplaudir mientras los atormentan, ora delatan al que trata de aliviar las cuitas de una suerte semejante a la suya. Quien no defiende su libertad, ¿es digno de merecerla? La miseria del que a otros concede el poder de ultrajarlo no es otra que envilecerse, encanallarse por haber preferido vivir cobardemente a cuestionar los golpes recibidos. Así de contundente es la fractura civil que en cada barrio, y aun en cada casa, blinda a los cofrades del modelo «agéntico» de obediencia maquinal a la autoridad, estudiado a fondo por Stanley Milgram, contra los conatos de autonomía y disparidad que puedan detectar en su entorno. El insignificante saca al perro de presa que lleva dentro, al kapo, cuando se siente respaldado por el orden vigente de manera análoga al guardián que, enfundado en su hábito de Übermensch uniformado, es instado de oficio a olvidar, con un celo raras veces necesario, el significado de ser humano antes que marioneta ejecutiva. Tampoco la «enfermedad psicogénica de masas», como la epidemia de la risa de Tanganica acaecida en 1962 y caracterizada por los episodios de risa y llanto compulsivos, gritos, desmayos y problemas respiratorios que experimentaron miles de sujetos, debe ser descartada como cofactor en la manifestación de los comportamientos histéricos e hipocondrías que azotan el orbe por estas fechas.

La persona que se sienta insegura frente a un peligro objetivo contra su integridad tiene todo el derecho a ser protegida, pero no es derecho sino tropelía que su seguridad dependa de exigir un arresto preventivo a los demás como si fueran agresores, transformándolos de facto, sin necesidad de víctima, en precriminales desollados del menor vestigio de presunción de inocencia. Se insiste poco en que formidar es una estrategia que ni a título singular ni colectivo vale la pena como proyecto: o asumimos el riesgo de relacionarnos con naturalidad, o acabaremos naturalizando la perversión de malvivir atrincherados en un secuestro prorrogado indefinidamente por el canguelo a este o esotro miasma, excusa perfecta para cometer desmanes que, como el presente enchironamiento «por nuestra seguridad», ninguna dictadura conocida logró jamás llevar a efecto fuera de las estrechas circunstancias de un estado de sitio. 

El objetivo de los acorralamientos masivos no parece que sea resguardar a los más vulnerables, a cada instante expuestos más que el anterior a los ataques menos inevitables que la existencia estabulada comporta, sino debilitar a los más robustos. Los discursos sanitaristas como método de intimidación popular tienen, por desgracia, unos abominables precedentes históricos que demasiados intelectuales, haciendo mutis por el foro que antes enardecían, han borrado de su memoria bibliográfica (volverán con sus monsergas editadas cuando haya pasado el eclipse). Sería difícil ocultar a alguien exento de hipotecas ideológicas que el alarmismo generado por el Estado, y por otros actores no tan identificables metidos en prendas a diezmo y rescate, necesita una cuota sostenida de realimentación para justificar como adecuadas decisiones la cadena de desatinos que atan a los semovientes súbditos del reino a sus celdas domésticas. Por eso la actitud que adopten hoy los espíritus críticos es crucial a fin de que la sensatez no se corrompa dando lugar a una demencia consuetudinaria contra la que no consta otra vacunación que el exilio o la muerte de los justos. 

De sobra es sabido que el espanto, feliz aliado de las tiranías, es una plaga más virulenta y nociva que cualquier agente patógeno, y quienes orquestan este pandemonio, esta distopía donde la prudencia ha sido preterida y la desmesura normalizada ¡en nombre de la contención!, han instrumentalizado adrede la capacidad de averiar las defensas inmunitarias de la población por medio de estresores como la inmovilidad, la incesante centrifugación de consignas (el miedo, no el medio, es el mensaje) y el prodigioso garlito de las redes sociales. Estas, aun con su potencial para crear sucedáneos de proximidad dentro de un atolladero severamente compartimentado, en condiciones de clausura y confusión generalizadas sirven de amplificador a una tensión nerviosa sin solución de continuidad. Espero que la cuarentena impuesta a los animales humanos sacuda al menos las conciencias aletargadas con un amago de lo que supone para otras especies ser prisioneras a perpetuidad de nuestras veleidades.

Recordando que «la cara es el espejo del alma», ahora me explico que haya tantos desalmados cubriendo cómodamente su vacío con una mascarilla. Y para colmo de despropósitos cobra evidencia que la mayoría no necesita barbijos, sino pañales. Ya hay comisarios espontáneos «del esfuerzo colectivo» en cada bloque de vecinos y, lo sé, un somatén de bots tras cada renglón publicado a la caza de quien encuentre irreconciliable expresarse con responsabilidad y poner bozales al pensamiento. «Pensar en positivo», esa ventosidad de estreñidos sensoriales, es una traición, la forma contentadiza de ocluir el discernimiento.

Que el demiurgo, o su inconsistencia coronada, perdone a políticos, periodistas y esbirros, porque yo no puedo. Para que algunas farsas redunden lucrativas han de ser criminales, y esta del presidio global como nudo de un dudoso y de momento inexequible desenlace lo es en grado superlativo desde su prescripción intensiva de pestes a las insidias de su neolengua. Admito que en ocasiones fantaseo, movido por un cabreo que me sabe a resaca juvenil, con rituales protagonizados por milicias silenciosas de disidentes que, reunidas en las plazas, arrojan al compás sus tapabocas al suelo y se dan acto seguido religiosamente la paz: vanidades hay para todos los humores en respuesta a los hedores de la catástrofe, y al ingenio tampoco le faltarán viandas de humor si no le causa grima curiosear en la alacena del colapso. Vaya un destripe por delante: el futuro desprende fragancias caníbales que llegan hasta nosotros. Agotados de fantasear con la extinción voluntaria de la humanidad, hora es ya de comprobar las propiedades reconstituyentes de la antropofagia. Pero más acá de estos canglores y parrillas, yendo a lo sobrenatural de la inmediatez desvelada, percibir la truculencia de la realidad no vuelve a nadie pesimista, de lo que a menudo me acusan, sino trágico; lo pésimo es no enterarse de la calamidad que ronda alrededor de cada uno y claudicar con pleitesía, pero sin claridad; con urgencia, pero sin caridad, como carne de microbio en purgas al servicio de los mayores vicios. «Nuestro enemigo no es otro que la ausencia universal de sensibilidad en la cabeza y en el corazón, la falta de vitalidad en el hombre, que es la consecuencia de nuestro vicio; y de aquí surgen todos los tipos de miedo, superstición, fanatismo, persecución y esclavitud», escribió Thoreau.

Mientras los apocalípticos temen ver frustradas sus pesadillas húmedas de presenciar el acabose y los conformistas, por no temer, incrementan el dopaje de docilidad que mantener la mínima esperanza requiere, intentaré conciliar la gravedad de ser con la gracia de aceptar el destino. Las viejas vías de intimidad con el planeta, de complicidad con las estrellas y de confianza en la muerte —verdadera y única diosa— siempre han estado abiertas a quien respira infinitud.

El amor a la sabiduría enseña desapego a la inteligencia marcada por la paranoia de haber sido arrojada a una cuenca poseída por demonios. Ninguna debacle vale la tranquilidad acuñada por el alma que se ha liberado de la necesidad de salvar su carga de contingencias.

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