22.4.20

CANTA EL GALLO, CALLA EL BÚHO

Joe Liles, Circuit Tree
Hasta para ahorcarse se prefiere un árbol hermoso.
Publio SIRO
Sentencias

A quienes el árbol postizo de la actualidad oculta el bosque salvaje de la duda, les pongo delante una advertencia: váyanse por donde han venido, no los quiero cerca, aquí nunca serán bienvenidos. Mi distanciamiento respecto a ellos más que social es radical, luego filosófico. Asumo que la sabiduría implica asunción, pero yo solo soy uno de sus amantes, así que cuando ella no me acompaña he de tomar la energía para aprestarme a lo desconocido del convulso rechazo de los lugares comunes o entregarme como mamífero pascual al avance de la avoleza. Ante la inminencia de un atropello, la reacción saludable es apartarse, no arrojarse a las ruedas. Y un atropello autoritario, por mucho disfraz legislativo que le pongan, no deja de ser un acto de sevicia.

Entre tanta bandera fantasma y tanto fantasma con bandera no vencemos un día sin que resulte problemático saber dónde termina el dedo que señala y dónde empieza lo señalado. En parte por miedo, en parte por costumbre y en parte, cómo no, porque la estupidez cuenta con huestes prolíficas, la ceguera selectiva y la idiotez mimética se han convertido en los recursos adaptativos más aplaudidos de nuestra especie, como si lo peligroso fuera salirse del redil en vez de permanecer demasiado tiempo entre sus hedores. Ninguna incógnita de importancia resolvería averiguar si cada uno es el primer o el último responsable de sus atrofias epistémicas cuando un cambio de régimen ha culminado con un aplastante porcentaje de la población reprogramada a su favor. Poco dice el color con que se pinte o el nombre dado a la linde, ya sabemos lo que ocurre cuando el tonto la coge: la mayoría trivial no necesita que un perro ladrador le marque el rumbo, sus integrantes nunca o de muy mala gana cuestionan el camino prescrito aunque seguirlo los conduzca al matadero… o a instalaciones tan siniestras que se lanzan con premura a creerlas convenientes. Se les antoja más reconfortante dar por hecho que existen instituciones que velan de buena fe por nosotros que asumir la tarea de pensar por sí mismos en la relación establecida entre medios y fines, un esfuerzo prescindible para la supervivencia que multiplica en todas direcciones las incertidumbres.

Todas las operaciones de falsa oriflama se cobran víctimas, de lo contrario no alcanzarían la credibilidad requerida a base de propaganda mediática y adulteración estadística, sobre todo después del nivel de conmoción logrado con el 11S. Es menester llenar sepulcros por millares en la parte acomodada del orbe para que la patraña sea convincente.

Algunos talentos, conscientes de que la realidad factual se construye a partir de ficciones contagiosas, han sabido anticipar los proyectos de los patrocinadores de conmociones históricas porque aciertan a pensar como ellos a partir de las pistas que ofrece nuestro imaginario compartido. Terry Gilliam anunció en clave alegórica el imperio de los macrodatos en su película Brazil de 1985, y solo una década después, en uno de los varios niveles de lecturas que Doce monos contiene, predijo la diálisis cognitiva que padecemos: «Esto no tiene nada que ver con el virus, ¿verdad? Solo se trata de obedecer, de hacer lo que te dicen». 

Si «es más fácil engañar a alguien que explicarle que ha sido engañado», como manifestó otro irreverente, menos difícil sería cortarse la lengua que explicar la pertinencia curativa del desengaño. Quienes nunca han sentido escrúpulos al confundir el adjetivo con el sujeto adjetivado, hoy llaman «insolidarios» a los que ayer calificaron de «perturbados», antier de «impíos» y aún más atrás de «infames», y todo porque la inteligencia de los acosados por las mentalidades agropecuarias se ha mantenido fiel a un axioma fundamental: no tomar parte en un error general. La conformidad con el rebaño afila los dientes a la oveja.

El libre examen del Liber Mundi que invita a no tomar parte de un error de ese calibre antepone experiencia a obediencia, revelación a creencia, contemplación a complacencia, ocio a productividad, plenitud a multitud, frugalidad a empacho, pensamiento a costumbre, demostración a legislación, independencia a consenso, equilibrio interior a mecanización hiperactiva, fortaleza de ánimo a fuerza numérica. En una alarma que ha vuelto el libre examen objeto de sospechas no solo para el poder sino tanto o más para la comunidad, los individuos que lo estiman como atributo de las facultades superiores del espíritu saben que los emolumentos y el prestigio valen un moco si para conseguirlos deben inmolar la soberanía de su expresión.

La obligatoriedad de la desinfección también desnuda, como ninguna otra medida de urgencia, que la mayor morbilidad la causa el temor, que si por un lado carece de vacuna, no anda escaso por ninguno de guión que prolongue sus anatemas ni de aguijón que los lleve a efecto. Escrito está en cada nervio, como un signo fatal del anticlímax de la civilización, que su señorío no hallará obstáculos sobre un escenario donde la individualidad bien arraigada ha sido reemplazada por un puritanismo microbiano que ordena abolir la proximidad y poner la propia biología en conserva de ablución, aséptica por fuera y podrida por dentro, odiosamente limpia del menor vestigio de su discreta pero inconmensurable chispa. ¿Quién necesita tener alma si a partir de ahora la cibernética mediará el contacto con el mundo exterior? ¿Quién niega que las penas del infierno puedan ser confortables y soporíferas como cualquier distracción promedio de una tarde dominical? Tal vez sea esa la característica preponderante de los suplicios venideros. Disponemos de euforia química sin contacto físico, de un debilitamiento acuartelado en los equipos de protección de la esperanza androide y de una vida que languidece entre pulcros píxeles mientras arrecian los algoritmos antipersona y se coordina el reseteo pestífero de nuestra animalidad.

No se rebaje a crisis sanitaria la encrucijada moral que plantea a los peregrinos de la existencia una actitud valiente frente al despropósito, resistencias decididas de conciencia en defensa de mínimos inviolables. Los acontecimientos postulan una clara elección entre servidumbre incondicional o renuncia a las exigencias de la nueva normalización. Que muchas personas, instruidas y solventes en diversos campos del conocimiento, sean incapaces de percibir la trascendencia del hito delata que en el pecho les laten comandos de un sistema operativo, no acordes de psique. Tampoco termino de entender de qué cloacas constituyentes sacan su concepto de país los jibarizados que engordan en noqueada obsolescencia la desdicha de ser forzados a marchitarse emparedados. Podríamos remontarnos a Calderón para descubrir que, a su manera, no les falta prosapia porque

aquí la más principal hazaña es obedecer, 
y el modo cómo ha de ser 
es ni pedir ni rehusar.

Tanto nos hemos dispersado persiguiendo las delusorias señales fabricadas por este mundo de autómatas que apenas nos queda enfoque que esmerar en una magna visión, ojos que posar en la magia donde habemos sustento. «Lo real es tan mágico como lo mágico es real», detectó Jünger. Hasta la virginidad de la muerte, preludio de nuestro desposorio cósmico, nos quiere quitar la ciencia reductora de las máquinas. Pero si aceptamos la entrega definitiva como nuestra única y verdadera dote, la gravedad de lo demás se relativiza hasta mostrar un paisaje en el que participar atañe a las competencias del gusto, no a la sumisión. Quienes desarrollan esta sensibilidad nos enseñan a apreciar en circunstancias extremas que nada significativo puede limitarse a mandar y obtemperar.

En último aprieto, la efervescencia cosmogónica de las conexiones invisibles no se activa en exclusiva para manifestar lo catastrófico cuando la profecía encuentra su posibilidad autocumplida en la entropía, puede igualmente abrir en las montañas espacios velados por la apisonadora de la inatención, de ahí el primor y la amplitud de miras que debemos emplear al codearnos con esos duendes que nos pueblan, enmascarados como pasiones, a la caza de la ballena blanca de la serenidad. Incluso el logos, por raquítica cosa que nos parezca después de haberle sacado punta al racionalismo durante siglos, viene a ser en la práctica como la tabla que siempre sale a flote tras el naufragio: tenerla a mano o no tenerla puede ser la diferencia entre hundirse y respirar.

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