30.12.17

MÁS DURO ES CONTARLO QUE IMAGINARLO

Wojciech Siudmak, Arc de Triomphe
El límite de cada dolor es un dolor aún mayor.
Emil CIORAN
De lágrimas y de santos

Si el corazón humano ponderase como es debido que la reserva primordial de sabiduría le ha hablado siempre con la voz tétrica del sufrimiento consciente, la inexistencia anterior a la vida habría de resultarle perfecta frente a la condición de la criatura donde no conoce descanso, y preferible la muerte al estado más lisonjero que el cautiverio en el tiempo pudiera proporcionarle entre los dolores que no dejará de dar y recibir hasta el momento cumbre de su aniquilación.

Hay quienes encuentran insultante la actividad de quien glosa lo que no quieren saber y podría asegurarme de que tuvieran razón si supiesen, sin restricciones, lo que pienso de su manera de sentirse agraviados por la difusión de ideas diferentes a las suyas, o de las que creen conveniente enseñar, pero lo mínimo que uno puede esperar cuando procede a favor de la elevación del intelecto sobre el miedo acuartelado donde manda el repudio a cuestionar los esquemas heredados, es la acusación de esgrimir contra otros alguna falta personal. La comodidad que ahorra la molestia de pensar por cuenta propia tiene hábitos muy arraigados en la sociedad, y salga de esa negligencia lo que saliere, el seguidismo tiende a enseñorearse por convergencia de la población contra la incertidumbre representada por las perspectivas en conflicto que consumen más energía mental y llevan el foco díscolo a la llaga. Como cualquier victoria, la suya es evidencia de un poder, no de la idoneidad de ese poder. ¿Tiene acaso validez la autoridad que se otorgan los mayoritarios solo por el vicio de multiplicarse, o por haber tomado junto con ese relevo el salvamento de las apariencias que, desde tiempos desmemoriados, compensa los vacíos del alma y las penalidades del cuerpo con barreras de ser ubicadas entre celosías de creencias, comodines de autohipnosis, generadores de anclajes afectivos y fetiches ideológicos en los que caben monstruosidades a empacho, menos dioses y hombres dignos de tal nombre? Su mayor contrariedad no es la palabra del vidente que describe la oscuridad en la que reptan nuestros sentidos, ni que hayan simplificado la verdad en una visión única de las cosas, sino que defiendan una sola cosa que ni siquiera ven: el abismo replicado. Una cultura que no soporta contemplar los secretos que mantiene soterrados no merece ser bendecida con el tesoro de la revelación; merece, y no más, asumir que su lugar está bajo tierra.

Si desde la dureza de mi actitud antinatalista, repetida hasta el tormento, toda la alquimia moral se concentra en el arte de aligerar el mal de haber nacido, ¿cómo podría ser bueno quien opone la soberbia de gestarlo? Y sin embargo, no considero aceptable por ello el extremo de punir la inmoralidad de la conducta reproductiva, ni tengo especial interés en fundir el metal de mi pensamiento en la forja de un nuevo martillo de herejes, lo que no supone impedimento lógico para que abogue por suprimir el acicate de subvenciones a la propagación de las familias sin que abone, en contrapartida, motivos para pasar de la justificada objeción a la desfachatez de pretender ayudas destinadas a los que preserven su voto de ingenesia en la edad adulta; una permuta de beneficiarios solo significaría cambiar la fealdad de una prebenda por otra que en nada gratificaría la virtud que se sabe premio de sí misma cuando no causa daño de vida. Sin menoscabo de la fascinación por la esfinge que traslucen los elementos concertados del espíritu, todo se sobra en la preñez gafada del cosmos y nadie constituye una excepción en el proceso de su hinchamiento hacia el colapso; sólo quien copula cada día con la confianza de haber puesto punto y final a su estirpe puede dormir tranquilo. Ante la crudeza de ciertos hechos, lo más respetuoso guarda silencio y la semilla virulenta con él; si algo le sobra a este circo de leprosos es algarabía de lacerados.

En vista de que las sociedades democráticas tampoco gastan remilgos al hacer pagar afrentosos aranceles a quienes se dignan la sensatez de no colaborar con la proliferación de la pocilga, parecería pertinente exigir un resarcimiento si el propósito fuera el de señalar culpables, en vez de paliar un quebranto contra el que no se amparan más remedios que un énfasis de conciencia proclive a la adopción de un canon de sensibilidad amplificada. Dictar leyes a completa satisfacción, con la misma seguridad que un patriarca bíblico las habría decretado a instancias de su iracundo capataz, es una ocupación inofensiva mientras no aspire a meter el divertimento hasta la empuñadura del deber. Con todo, la ocasión es justa para proponer que se aplique a los progenitores un impuesto de lujo, variable en función del número de descendientes y proporcional al nivel de renta, cuya simple alusión bastara para cuajarles testículos y ovarios. Es broma. Una medida de esta índole equivaldría en la práctica a una multa que superaría en parangón de odiosas y ociosas exacciones a las que ilustran cuán útil ha sido el endurecimiento de las sanciones de tráfico en la carrera por reducir las víctimas en carretera. Más juicioso que aumentar la carga impositiva sobre los irresponsables procreadores, sería aliviar la presión fiscal que el sistema tributario dirige contra los que se abstienen de participar en el nudo de carnes que los pontificadores del excedente humano, en connivencia con los gobiernos, custodian cuandoquiera como rehén del orden público. Ahora bien, puesto que la muchedumbre es intolerante a una percepción realista de nuestra precariedad ontológica, y hacer comprender la calamidad de traer un hijo al mundo sigue siendo una empresa harto difícil aun en circunstancias catastróficas, se nos plantea una urgencia inmediata: ¿cómo disuadir a los futuros ensambladores de esclavos del flagicio que cometerán al legar a esas vidas forzadas la alhaja de unas condiciones paupérrimas o el palacio de una pésima calidad genética?

La lanceta de Gómez Dávila puso de manifiesto que «los dos problemas cardinales del mundo actual: expansión demográfica y deterioro genético, son hoy insolubles. Los principios liberales vedan la solución del primero, los principios igualitarios la del segundo». Me siento en la obligación de discrepar: el principal problema, viejo como cada embarazo, es el apego generalizado a no reconocer la gravedad, a negar el desmán que somos.

Como aquel macaco ancestral que bajó del árbol por vez primera, desciendo aquí del mío para sacudir el tronco de los que aún se andan por las ramas.

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