10.9.16

RESPUESTA A PERPETRADOR

Edwin Deakin, She Will Come Tomorrow
Quiero decir que aunque nadie conoce la muerte ni sabe si, a lo mejor, constituye el mayor bien del hombre, casi todos la temen como si supieran con certeza que representa el mayor de los males. ¿Y hay ignorancia más censurable que la del que cree saber lo que desconoce?
PLATÓN
Apología de Sócrates

Tanto nos hemos acomodado a revestir de seguridad nuestras rutinas en la civilización actual, que cuando el asalto irrumpe desde dentro la inmediata y más persistente reacción suele ser de perplejidad, de estupefacción ante la claustrofobia del espíritu que se reconoce asediado por la arbitrariedad de unos límites no menos estrechos que dolorosos e irremisibles. A las heridas abiertas en la conciencia acuden raudas las formas más extremas de autoengaño, y como lo que somos en tal situación nos hace netamente infelices, es fácil creer que aquello que nos falta podría hacernos dichosos. La disyuntiva, sin embargo, reaparece con una fuerza equiparable a la insistencia que la evita: o la vida, bajo la perspectiva de la criatura consciente, es profundamente inmoral, o la consciencia, desde la perspectiva de la creación, es un lujo intensamente perverso, por no decir incompatible con la lógica mecánica de la perpetuación de la vida.

Algunas enseñanzas budistas, la entereza impasible cultivada por los estoicos, el acervo psiconáutico de las tradiciones chamánicas e incluso el hermetismo concentrado en los principios del Kybalión proporcionan, sin duda, muy estimulantes recursos para que el dolor, el miedo y el ensañamiento —contra el mundo o contra uno mismo— no se consoliden como lo que parecen, un atolladero y nada más que un atolladero. Si la materia, como me gusta pensar, tiene la calidad onírica de ser la capa más externa de una serie escalonada de apariencias que se extienden, a lo largo de múltiples ejes ontológicos, de lo singular a lo universal y de la inconsciencia a la clarividencia, ni la muerte ni la vida existen realmente, ambas constituirían sólo hitos, nudos y desenlaces donde la ilusión se compone y descompone a sí misma, ignoro con qué propósito —suponerle un propósito es ya un acto que fomenta, de obra y de pensamiento, la ilusión.

No he leído Cuando todo se derrumba, pero mientras iba en busca del enfoque de Pema Chödrön acerca de dos o tres conceptos capitales he podido picotear en sus páginas algunas sentencias que tú mismo podrías haber firmado. Permíteme lanzar varios botones de muestra:

«El sufrimiento empieza a disolverse cuando cuestionamos la creencia o la esperanza de que hay algún lugar donde ocultarse».

«Cultivar una mente ecuánime, que no se aferra a tener razón ni a estar equivocada, te llevará a un estado de ser presidido por la frescura. La cesación última del sufrimiento procede de ese estado».

«Mientras seamos adictos a la esperanza sentiremos que podemos matizar nuestra experiencia, o animarla, o cambiarla de alguna manera, y seguiremos sufriendo mucho».

«Nuestros demonios personales tienen diversos disfraces. Los experimentamos como vergüenza como celos, como abandono, como ira. Son cualquier cosa que nos haga sentirnos tan incómodos que tenemos que huir constantemente».

Cuando todo se derrumba, me repito, la primera estructura en caer es la más postiza; de seguido, si no mezclado con ella, se desmorona lo más frágil y vulnerable, que bien puede ser lo más querido hasta ese momento; no queda en pie necesariamente lo mejor, sino lo más duro. Las filosofías de la resistencia, como el mentado estoicismo, y de la aceptación, como el quietismo o las escuelas vinculadas al vaciamiento en el nirvana, pretenden mostrarnos —si las he concebido sin desnortarme— que los embates de la adversidad, por fatales que devengan a nuestro juicio, vuelven a situar en su centro genuino a quien los sufre; una vez allí lo asequible, en relativo grado, es contemplar el tormento más como accesorio que como fundamento.

En cuanto a mi amigo, aún es demasiado pronto para que despierte su receptividad a otros modos de encarar el abismo. Trasluce signos de haberse acuartelado en el estupor, y es comprensible que así sea tras la demoledora noticia. Con el obligado recogimiento frente a la mueca que para él ha tomado la tragedia humana, debe ahora iniciar un proceso de decantación de su periplo biográfico. Con el yo desleído, yo sólo puedo acompañarlo siempre que necesite la complicidad afectuosa de otro náufrago, una fidelidad que guarda bastante similitud con la naturaleza del entendimiento que intento trasladar desde aquí a quienes todavía son capaces de expandirse con gentileza y altura de ánimo.

2 comentarios:

  1. El gran honor de merecer toda una entrada a mi atención es inferior a la cardinalidad del asunto en cuestión, el asunto filosófico por excelencia, a decir de algunos. Yo, que no había leído a Pema Chödrön (la literatura budista está plagada del tema de la muerte y no he sentido la necesidad de buscar un libro específico), constato en las frases que citas que efectivamente tiene el marchamo budista, con un matiz occidental más poético y fácil para nuestros apasionados linajes. Quizá ahora me anime a leer tal libro, porque no vale precaverse de los derrumbes una vez han sucedido. Hasta ahora, la lectura de Séneca y de sutras budistas me ha sido suficiente.

    Entresacado leo del Hagakure una idea profunda sobre "el fin de las cosas":

    Yasuda Ukyo hizo el comentario siguiente a propósito de la últiam copa de vino que se ofrece: "Sólo el fin de las cosas es importante". Cada uno debereía parecerse a esto. Cuando los invitados se van, decirles adiós con pesar es importante. Si este sentimiento está ausente, se corre el riesgo de parecer harto y todo el placer de la jornada se difumina. Se debe dar sin cesar la impresión de que uno hace algo importante. Esto es posible con un mínimo de comprensión.

    Y es que la disposición del ánimo en el momento de la muerte es lo que para el budismo determina la clarividencia con que llegamos al Bardo y, por ende, nuestra próxima reencarnación. Pero como disponerse bien en tal momento es sumamente difícil, es algo que hay que trabajar desde bien pronto. "Cuando la marea sube, el barco flota". Todo se resume, a mi juicio, en amar el final habiendo amado el durante. Tal equilibrio sólo se logra mediante un gozo desapegado, quizá la actitud más sutil del repertorio humano. De ahí que el fin del budismo no sea prolongar al yo, sino liberarlo de la vida, a la que está fatalmente atado merced al círculo enloquecedor de reencarnaciones... pero sin renunciar a esta vida, que puede ser una ocasión de gozo supremo.

    Otro de los ejes de la sabiduría que, a mi entender, ayuda a encarar el derrumbe, no es otro que el que has definido lujosamente:

    Si la materia, como me gusta pensar, tiene la calidad onírica de ser la capa más externa de una serie escalonada de apariencias que se extienden, a lo largo de múltiples ejes ontológicos, de lo singular a lo universal y de la inconsciencia a la clarividencia, ni la muerte ni la vida existen realmente, ambas constituirían sólo hitos, nudos y desenlaces donde la ilusión se compone y descompone a sí misma, ignoro con qué propósito —suponerle un propósito es ya un acto que fomenta, de obra y de pensamiento, la ilusión.

    No me dejas de recordar a las palabras del Bhagavān sobre el Anātman, una de las tres características de la existencia:

    -Entonces, maestro Gotama, ¿dónde renace un monje con la mente así liberada?
    -Vaccha, "renace" está fuera de lugar.
    -Entonces, maestro Gotama, ¿es que no renace?
    -Vaccha, "no renace" está fuera de lugar.
    -Entonces, maestro Gotama, ¿es que renace y no renace?
    -Vaccha, "renace y no renace" están fuera de lugar.
    [...]
    -He aquí, maestro Gotama, que estoy desconcertado, confuso e incluso el grado de confianza que tenía en el maestro Gotama por conversaciones previas, ha llegado ahora a su límite.
    [...]
    -Vaccha, la Enseñanza es profunda, difícil de ver y difícil de comprender, apacible, excelsa, allende la lógica y las palabras, sutil, para ser experiemtnada por los sabios.

    (Majjhima Nikaya, 72)

    Luego viene una sublime comparación de la vida con el fuego, ilusión que cesa cuando el combustible del karma se agota. Nadie puede decir entonces dónde estaba el fuego y dónde está ahora.

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    1. El «gran honor» lo tiene el retablo cuando recibe una donación tan sustancial de quien lo contempla. Aunque el orden de los factores no altere en este caso el efecto, no sabría si encomiar primero tu erudición o el buen temple que entre viejos desconocidos asimilo como un presente inequívoco. Lo que a ciencia cierta no puedo negar es que hoy me afea como nunca quedarme con la última palabra, prefiero tomarme la licencia de cerrar esta rendija con una perla de las tuyas:

      «Todo se resume, a mi juicio, en amar el final habiendo amado el durante. Tal equilibrio sólo se logra mediante un gozo desapegado, quizá la actitud más sutil del repertorio humano».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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