31.12.14

EL EXORCISMO DEL HOMBRE

Absorto e incierto
y sin conocer
floto en el mar muerto
de mi propio ser.
Fernando PESSOA
Cancionero

Para hacer habitable el mundo a sus ocupantes, estos deberían deshabituarse de repoblarlo con seres inhabitables para sí mismos; para hacer habitable el ser que se reconoce mundo inhabitable, se necesitaría proceder al exorcismo del hombre por el hombre, trasto del creador y pena de la criatura.

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Amar al Hombre, no ha habido empresa más indigesta después del empacho milenario de Dios.

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Atascados en la bicéfala imposibilidad de ser dioses o simplemente animales, e incapaces, en consecuencia, de experimentar la animalidad divina en el núcleo mismo de la naturaleza humana, la civilización recurre a los últimos sortilegios de la racionalidad científica con la ilusión de pergeñar el recambio para una condición que hemos agotado mucho antes de haber comprendido.

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Todo hombre se defiende por instinto de lo que le sale al paso, y lo primero que le sale al hombre en cualquier parte es ir al paso de nadie mismo.

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La morada del hombre se asienta en el sentimiento de sus sentinas. Se ha hablado hasta la angustia de la náusea aparejada al accidente de ser, pero como la bomba de vacío intrínseca a la divagación del vivirse se percibe agudizada con la pesantez que nos jala hacia el nicho más pedestre, el de la panza acuñadora de excrementos, ¿no hubiera sido más apropiado designar pujo existencial al desasosiego inconmutable del ser que se devora en la demora de su evacuación? Bajo esta luz colonoscópica ha de entenderse la razón original del seppuku: destripándose el cuerpo queda expedita el alma de las deudas contraídas desde el homúnculo.

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No ya la muerte heroica, sino la pureza del sufrimiento es lo que dota de trascendencia a la vida de un descorazonado mientras aguarda que un acontecimiento tremendo y burlador de los juicios mortales libere su alma o lo libere de ella.

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Hice mías algunas verdades despegándome de cuanto es cierto. Dejo así de tener razón para tener verdad y no detenerme ante la falsedad de soñar que estoy despierto entre sueños verdaderamente inciertos.

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Si al dormir lo llamamos conciliar el sueño, despertar significa declararle la guerra a todo lo que el sueño contiene: el alma misma.

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Virtudes virtuales o defectos sobrantes, de todos los propósitos he vacilado, excepto del propósito de explotar los matices de mis vacilaciones.

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Quisiera esmerarme en mi desprecio con la sutileza justa para ser despreciado únicamente por los despreciables.

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Misión no menos audaz que dificultosa, escandalizar a nuestros coetáneos es un síntoma inequívoco de no andar tan errado como ellos; mas ofendiendo a los congéneres de todo tiempo y lugar, el acierto se revela completo.

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Cocina de vanguardia. Al calor de la muchedumbre congregada alrededor de una pasión, los grandes estrategas de nuestro tiempo elaboran su menú de degustación con el cadáver de la singularidad.

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El arte deviene social por el mero hecho de ser un acto de transposiciones comunicativas, no por rendir pleitesía a determinadas creencias colectivas a las que el artista, como una isla autocéntrica rodeada de náufragos y corsarios, no debe más que la amenaza de ser engullido por las ambiciones de sus contemporáneos.

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Recibido lúcidamente, sin doblegarse menesteroso a la notoriedad que suscita, el aplauso multitudinario en modo alguno certifica la calidad de las obras que lo motivan, pero es cualidad que transmite al autor la invitación impostergable a claudicar.

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El mejor talento es inútil si no se echa a perder por conservar la más seráfica inutilidad.

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Lo que sé no lo digo, digo lo que voy sabiendo para que lo que no sé me contradiga menos de lo que callo.

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Puede que sin ánimo de hacer voto de anatema Píndaro sentenciara su imperecedero «aprende a ser el que eres»; de ser así, no yunque, ni martillo, ni hoja batida de metal incandescente, sino antes que nada el herrero de la propia fragua.


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La única especie de orgullo que me consiento es la de ir al propio avío: no vislumbro mejor modo de esclarecer la ruta de la vida, aunque no se arribe a tierra firme cuando uno sigue fielmente la suya. Con toda seguridad, si se me diera bien hacer el bien que tan mal defienden los altruistas dedicaría a este amable pasatiempo lo más florido de mis fuerzas; sin embargo, mi mayor contribución al otro exige aplicarme a lo mío con entereza, una de cuyas galanuras consiste en negar las prerrogativas morales de la comunidad sobre mí. No vacilo en decir que soy un tipo estupendo para que me dejen en paz: amén de mi tronío, he ahí el principio verdadero de mi bondad.

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Si por ventura la totalidad de los seres humanos se consagraran al bien, lo bueno habría de ser malo por necesidad y lo malo bueno por moralidad.

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Siempre que choca en mis oídos la solemne invocación del bien común me preparo para recibir un asalto a la hacienda, moral y material, de mi bienestar.

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¡Cuán frecuente es ver a la brutalidad más ciega ataviada de valor por el hábito de infligir mejoras a los demás!

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El bien que se impone abdica en el mal de la arbitrariedad, mientras que el bien que no se impone al mal impuesto lo transige en sus efectos. Así pues, la moral tiene en la política un atolladero que la iguala en invalidez con la política que pretende moralizar.

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La sede sublime del perdedor. Dado que detrás de cualquier iniciativa moralizadora anida el pueril, aunque genuino, afán de mando, la mayor hazaña ética e inigualable demostración de poder sobre la especie radica, paradójicamente, en aprender a perderlo todo por uno mismo más allá de los mandatos pegadizos de la voluntad.

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Si en aquellos que claman contra los aprovechados del presente se anulara la codicia por sacar provecho de futuras injusticias, el silencio y no el tumulto agitaría las pancartas de los manifestantes.

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Cada vez que se comparte un entusiasmo gregario, la libertad se apaga en el pensamiento que las mejillas del señero alumbran de bochorno.

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Compara el tiempo que ha supuesto realizar una mercancía con el que te ha costado inmolar en concepto de trabajo al precio pagado por ella y sabrás, en cifras relativas, si pierdes o ganas respecto a su productor, que para el recuento absoluto vale el canto que recuerda:

«Unos pierden por mucho
y otros se pierden por nada
que al fin y al cabo los hombres
juegan siempre y nunca ganan». 

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No hace ni tres trasnoches que un amigo me confesó llevar oculto en un estuche de lápices un duendecico al que recurre de tanto en tanto para consultarle algunas dudas pertinaces, que en su caso son infinitas como las torturas del báratro. Vulnerable y diminuto, el oráculo suele crecerse improvisando pláticas con humor socarrón, y en lugar de tomarse la molestia de estropear los interrogantes oponiéndoles respuestas concluyentes, prefiere anonadar unas pesquisas con otras. Enigmático y voluble como es honor sabido entre los de su estirpe, a menudo desarma al interlocutor impertinente por medio de ironías que se incrustan en el tuétano de la realidad: «¿Me ves o crees que me ves? Una cadencia de veinticuatro escenas por segundo son suficientes para embelesar la mente humana, luego si eres hombre, suspenderás tu juicio».

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Ante el ignaro, por eminente que sea su instrucción académica, que proclama alborozado el triunfo de la civilización sobre la barbarie de los tiempos pretéritos, el espíritu culto, capaz de combinar múltiples puntos de vista y apóstata, por ello mismo, de todas las ortodoxias y  herejías, transmite en forma de silencio la objeción de los seres que contemplarán nuestros males lejos del empaque que los caciques del ahora promocionan cual tesoro de ventajas incuestionables.

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¿Quieres encararte con las raíces? Acude a las ramas, que son su atuendo visible, y quítales la peluca.

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Cuando estés dispuesto a conocer el valor de la vida, no preguntes al autor del firmamento, observa el borrador arrojado a la historia.

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Siempre y nunca son palabras terribles que procuro no emplear ni cuando me desangro de eternidad. Me sobrellevo en un tropiezo presente, que es el tiempo escalonado de los vivos, de los precipitados en el fallo de haber vuelto a nacer por un desvelo.

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Llevo el alma en los huesos, marfiles de tumba viva, porque he puesto mi fianza en los pellejos que la predican sin deberle nada, nada que no sea una patraña de vida.

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Desovillar el pensamiento es enredarlo en la existencia como una araña que cae sobre el insecto que vuela desprevenido.

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Entregar la juventud a la construcción de una familia es tratar de enmendar un problema que la vida aún no ha planteado mediante otro para el que no existen soluciones a este lado del camposanto. Peor que no hallar solución a un problema acuciante es encontrarla antes de tiempo, sin la claridad que aporta el planteamiento cansado de la cuestión. Para ganarse la vida, primero hay que perderla.

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La perfección comienza por admitir las imperfecciones para rematarse, tras dos alientos, en el paredón de su reconocimiento.

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Puzzles redentores. Como una momia en constructiva duermevela frente al presagio de los milenios que la acechan, cada vez que publico una insignificancia siento recuperar una pieza de la catástrofe definitiva. Un año más, gracias por profanarme.


En el batel, al desgaire de su preludio de amnesia selectiva, The lotus gatherers de John Atkinson Grimshaw.

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