8.12.14

SUSURROS Y LIBACIONES

Gea se había quejado a Zeus de que estaba sobrecargada por todos los mortales que pululaban por su superficie y que no sólo eran demasiado numerosos, sino además irreverentes; y después de mitigar hasta cierto punto el problema incitando las Guerras Tebanas, Zeus había planeado causar una matanza aún mayor mediante rayos y diluvios. Pero Momo, personificación del desprecio, criticó sus planes y propuso una vía de acción más sutil, sugiriendo que provocara por medios indirectos una guerra destructiva entre Europa y Asia.
Robin HARD
El gran libro de la mitología griega

Qué insolente es mi libreta con el baile caligráfico que me piden sus libreas de celulosa en medio de la tensión constante entre el vivir y el escribir, que es el trance incontenible entre un llenarse y un vaciarse.

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El escritor piensa desde los sujetos la realidad que el pensador transcribe desde los objetos, entre los que él mismo se incluye junto al resto de los seres a los que tienta las costuras.

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Soy ambos y ninguno, el pensador que a ratos vive en mí vengándose del escritor que a cada instante lo delata con las palabras en cuyo embrujo se decanta. Mas después de ellos soy otro, el otro por otro que recoge los escombros de la sintaxis tras haber hecho estallar la dinamita de las ideas.

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Cada vez sé menos de lo que sé, y lo que sé cada vez me sabe más al cada vez menos.

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Saber cómo son las cosas no las mejora, solo las hace cosas, y eso es cosa que mejora aunque nunca se sepa qué son las cosas.

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No hay como necesitar saber para no saber lo que se necesita.

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Cuando empezamos a entender como almas, ¡cuánto se desentiende de nosotros como organismos!

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No sé si puedo sentirme culto, pero sé que no padezco la incultura de festejar la matanza de animales que sienten como el hombre más instruido.

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La experiencia que recorrimos de un trazo, envejeciendo la volvemos surco y, finalmente, precipicio.

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Alguien que no dispone de más tiempo para sí mismo que los fragmentos furtivos sisados al trabajo y las ocupaciones domésticas puede, con todo el derecho, obsequiarse la licencia de sentirse esclavo.

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La creación es una flor tardía de la reacción; la reacción, una concreción incendiaria de la contemplación.

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No se difame a las sustancias sacramentales en cuyo campo de conocimiento el mundo vertical y el horizontal se interceptan; háblese antes como merece de los profanadores que acuden a ellas en busca de mayores espejos para el ego.

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Los dioses se transforman en humanos cuando los humanos se transforman en dioses.

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El individualismo propende a encapsularse en los límites angostos que van desde la suspicacia a la deserción social, pero ¡caray! al menos sus contornos no son los definidos por otros para almacenar mentiras colectivas.

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He de moverme dentro de las líneas enemigas de una sociedad que arrincona las extrañezas que la cuestionan y, sin embargo, debo reconocer que encontraría más odioso estar en otra donde yo fuera la norma.

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Nadie es dueño de sus pensamientos, nadie, y menos que nadie quien se piensa en función de lo que piensan otros.

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Eutrapelia. Todo individuo digno de tal nombre debería ser lo bastante rico para poder renunciar a la opulencia y recio en la justa mesura para encabezar, sin rebajarse, el valor de su renuncia.

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La verdad que necesita de una ley moral para su defensa es tan falsa como la ley que se erige en verdad moral para consolidarse.

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El privilegio de la verdad como reverso de realidades consagradas siempre estuvo en boca de locos y contrahechos, entre los cuales la conciencia alcanza su estado más cáustico en los bufones, esos seres de figura desgarbada y moral desgarradorra, encofradores de chanzas e ironías, a quienes los monarcas por voluntad divina consentían las salidas luciferinas de ingenio a cambio de relegar su deformidad anatómica a la exhibición permanente de prendas y ademanes irrisorios. Cuando obedecía, el albardán ridiculizaba la autoridad y hasta el más excelso caballero perdía lustre cada vez que recibía sus respetos; al humillado por la naturaleza se le concedía la gracia de escarnecer a los encumbrados por la fortuna, promoviendo así un comercio con las sombras que instalaba en el seno de la corte una versión grotesca del trono, antítesis o trasunto inverso del rey... para mayor gloria de la corona, habituada a examinar sus debilidades desde el índice histriónico que las señalaba. ¿Qué mandamasario contemporáneo tendría la magnificencia de acoger en su séquito a esperpentos especializados en el oficio de la mordacidad? A fuerza de seguir dinámicas erróneas, el poder político ha claudicado frente a la aristocracia del dinero, que lo utiliza para obtener legislaciones favorables a sus intereses y administrar el control social mediante técnicas que no cesa de perfeccionar. Convertidos en marionetas de los centros económicos, los gobernantes son una caricatura repulsiva ante la que el sarcasmo, más que retroceder, elige hoy el armamento de la indiferencia.

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Si un hombre con peluca y el adobo de ostentar signos solares tuvo la arrogancia nada brillante de proclamar «el Estado soy yo», lo natural es que un juglar de las penumbras con cuatro folículos rapados declare, conmigo, «yo nunca seré el Estado».

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A diferencia de la buena conciencia instintiva para la que ninguna injusticia merece ser procesada con la justicia que no respeta, para la buena conciencia moral ninguna injusticia merece quitar a la justicia la oportunidad de respetarse a sí misma.

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Para quienes se complacen ensalzando sus propios defectos en las taras del mundo que los rodea, cualquier agujero es trinchera. Nada en común con aquellos que montan guardia desde la fragua de sus virtudes en la tundra que otros bendicen como escenario absoluto, pues ni el más confortable refugio les ofrece descanso: frente a la dialéctica presión de las pulsiones internas y los apremios externos, tenebrosas las unas y embrutecedores los otros, su sosiego no está en descuidarse sobre melosas blanduras, sino en templarse a través de los contrastes acentuados entre la subjetividad y la sociedad.

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La evolución debe su éxito como teoría a la solidez argumental para disimular barbaridades compartidas, entre las que no es un descubrimiento menor el hecho de que, con escasas excepciones, por sistema se reproducen los peores.

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Si, como plantea el optimista Jacques Attali, «Asia pretende liberar al ser humano de sus deseos, mientras que Occidente desea que sea libre de realizarlos», ¿en qué continente fundar un ecosistema anímico quienes discrepamos de las ilusiones de la acción con el mismo rigor que percibimos la inviabilidad espiritual de la liberación?

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Cualquier sitio habitado, por escasa que sea su densidad de población, encierra ingentes formas de agobio y prometedores altercados para el espíritu distante que ha decidido prescindir de las tribulaciones que comporta encasillarse entre sus congéneres.

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De la misma forma que no se puede confiar en el sentido poético de los políticos, tampoco hay que creer en el sentido político de los poetas: son tan hábiles para dotar de musicalidad a las imágenes poderosas que nos transmiten, como proclives a confundir los sentimientos elevados con las ideologías reptantes que suben por ellos.

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Un impacto me hunde, otro me saca a flote; el primero fue real, el siguiente imaginario... ¿o sucedió al revés?, ¿altera el orden de los factores el producto? «El mundo se hace sueño, el sueño mundo», poetizó Novalis. ¿Y qué sería de los actos si abjurásemos del anhelo de trocar en realidad nuestras fantasías? La realidad, que bien parece fruto de la potencia mental, materializa la impotencia del alma para recrearse consigo.

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¿Una tesitura indeclinable? Decelerar mientras los demás aprietan el culo por no retrasarse en la asimilación de nuevos fetiches. ¿Un gesto de elocuencia para los espectadores? Dedicar un día entero a romper a golpe de cráneo cuantas pantallas encuentre a mi paso.

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Estamos en una situación donde los sujetos, indistinguibles ya de los objetos, se ven recluidos en un sistema que los divide entre cosas poseídas y cosas poseedoras. Y así como en los artículos con los que especula el mercader la calidad del contenido no es sino un elemento accesorio del reclamo publicitario cuyo único fin es aumentar el volumen de ventas, la calidad de las experiencias ha dejado de ser el motivo central para buscarlas en beneficio de la cantidad atesorada de momentos de los que uno puede alardear en sociedad.


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Entramados estupefacientes. El poder que habita en la retícula de estados múltiples que contiene una biblioteca es, precisamente, la clase invisible y emancipada de poder que no existe en el Estado militante tejido por las redes sociales.

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La imagen de un navío construido con las uñas de los muertos que roturará los mares cuando los dioses sean destruidos resulta épica, como salida del estrambote de una pesadilla monumental, de una pesadaza. Los antiguos pueblos nórdicos lo llamaban Naglfar y pensando, tal vez, en retrasar la botadura que inauguraría el fin de los tiempos, se esmeraban en no despedir a los difuntos sin haberles recortado debidamente las garras. ¿Qué imagen escatológica proporcionará nuestra revuelta cultura global a los anales de la fantasía mitológica? ¿La de un ovni fabricado con los perfiles de los internautas obnubilados?

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La vida puede tomarse como un talismán o indigestarse como un maleficio, pero la visión que se deduzca de ella a nadie libra de excavar su propia tumba en el tiempo, ni cambia el hado que enhebra a cada uno en la penitencia de ser quien es.

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Querer cambiar el mundo implica la premisa de negarse a aceptar que todo muta sin que lo queramos y nada permanece por más que lo queramos.

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¿Qué cara uso cuando admito que uso caras que no admito? Sabedor de que puedo creer en mí cuando no creo que me creo, juego a disfrazarme de quien soy para no parecerlo al padecerlo.

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De una u otra forma, con violencias desatadas o sin exceder la rumiación de indirectas, raro es el día que algún mangui no desea medirse conmigo. Sea por la actitud soberana que me arde incombustible en la mirada, por el porte anguloso de mis facciones de semita errante o, quizá, por las muestras de solvencia crítica que agito ante el más ufano, el caso es que tales trápalas parecen estar de acuerdo en dejar a expensas de retarme la causa de su autoestima, que diríase hipotecada a la purga de los complejos que no osan encarar por vías pacíficas.

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Así como tuve enemigos que sólo pude vencer ganándolos como amigos, no me faltan amigos a quienes sólo puedo querer conociéndolos como enemigos.

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Para vencer fácilmente a un enemigo que desespera, abastécelo de una dádiva que haga suya y tema perder: la necesidad de asegurarla mitigará sus ganas de luchar y antes justificará un mal pacto que un gran riesgo. Evalúese la génesis del Estado del bienestar bajo este prisma.

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Aunque el hombre pierda su razón al detentarla con orgullo, sin orgullo que la defienda la razón de un hombre está perdida. Así pues, con toda la razón a su favor, el hombre pierde por la simple razón que no puede tener sin complicarse.

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La sustancia vivificante de la realidad fluye lejos de los hechos que, como un exoesqueleto, crecen para circundarla sin contenerla jamás.

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En la tierra de las últimas ruinas, cuando la historia se haya derrumbado sobre nuestras cabezas y estas queden varadas en el espesor de las reminiscencias, los únicos que podrán mantener en alto la antorcha del sentido serán quienes comprendan, más allá de las necesidades inmediatas, la nomenclatura perenne de los símbolos que transpiran las apariencias. A ellos les corresponderá dotar de significado y dirección a la supervivencia frente al dolor y la enfermedad, el acoso de los sanguinarios y las sugestiones amnésicas, la inmensidad del desamparo y las carcajadas fétidas de la muerte.


La ilustración fue un encargo que me hizo la librería Un cuarto propio para su colección de marcapáginas. Está inspirada en los bibliópteros, bichejos succionadores de materia gris que suelen proliferar cuando uno anda inmerso en varias tramas literarias. La vectorización del dibujo original corrió a cargo del diseñador Marino Muñoz, quien con más apego que imparcialidad no se cansa de animarme a retomar los rotuladores.

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