12.11.11

TREMEBUNDIA


Acudo a tu presencia para que escuches la voz de mi alma leal que desde el fondo habla. Enséñame el dominio de las emociones para despojarme de investiduras. Enséñame en el éxtasis tu faz verdadera.
De una oración mexicana a la Niña Blanca

Acariciar la idea del suicidio, mimarla, darle forma y perspectiva, ocasión improvisada de galope y larga distancia para revocarla; no permitir que se encabrite por miedo a que suceda demasiado pronto o se desboque por angustia de postergación en el apocamiento; arrullarla con lisonjas circulares donde el fin se vea envuelto en un principio cuyo término siempre próximo pero lejano, bien hojaldrado de sorites, agasaje la desdicha hasta poder sodomizarla desde dentro con ese cataclismo que a fuerza de repetirse confiérele un brillo madurado de inverecundia a cada ilusión abortada... La rara magnanimidad, en suma, de intrigar contra uno mismo por secreto mandato propio, el arte truculento de ponerse del revés para enderezarse mejor u otro modo de sincerarse a víscera sobada para cohonestar con verdaderas mentiras siamesas.

Entre capas drapeadas de tormentos solitarios, comparezco como un príncipe sin nombre con el cofre de mis instantes vacíos ante una jauría de sentimientos claudicantes que tratan de atrapar lo inalcanzable devorando lo adquirido. Pudorosamente seco y accesible frente al silencio sicario, me experimento más primitivo que el hombre previo al domino ígneo sabiéndome a la vez posterior, como ningún otro, a los plutónicos reclamos de acción destinados a exaltar los últimos mitos de ansiedad trepanadora y altanero delirio de innovación.

Quizá no cabe otra rebelión para el burlado Atlas que dejarse vencer por el agobio esférico de los mundos que está obligado a sostener. Hasta puede que su sedición consista en mantenerse impávido para escupir a los dioses olímpicos una letanía corrosiva bajo pretexto de describirles todo lo que soporta.

Provisto de una honda agitación dramática, el lienzo de Muñoz Degrain me exhorta a plantearme quién es realmente el sustentado en la pelea desproporcionada contra la furia de los elementos.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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