27.11.13

DE RARIFICAR LAS EVIDENCIAS


Nadie puede impedir que un perro callejero se orine en el monumento más glorioso.
Consigna de Porfirio BARBA JACOB o Miguel Ángel OSORIO, como se quiera.

Me gusta aprender nociones de la gente problemática, porque en ella está menos velado el reino de la ficción. Y se exagera al dar por hecho que estos sujetos de polémica actividad cognitiva se toman demasiado en serio a sí mismos: si cada uno de sus problemas fuera tan obvio como el mundo real, es previsible que no los tomarían por verdaderos...

Ignoro qué pueda ser la realidad, pero a esa lumi envainada en su arrogancia, cinegética e impenetrable en cada tramo de su compostura, le he husmeado el soma hasta en las ingles tratando de asimilar su sema. No puedo afirmar que mi arrimo haya sido un completo fracaso, pues llevado a sus extremos, por donde huye y se renueva el horizonte, lo real obra como aquello que más necesitado está de no ser discutido.

Boca del infierno según la representa el Libro de Horas de Catalina de Cleves, manuscrito datado en Utrecht circa 1440, y actualmente en poder del Morgan Library & Museum, Nueva York.

26.11.13

ÁNGULOS MORTECINOS

El universo entero apesta a cadáver.
Samuel BECKETT
Fin de partida

La metrópoli, por servirme de un sustantivo aún vibrante en la escenografía de los acasos, tañe evocaciones sobrevaloradas con la aceleración de un motor de posibilidades que saca notas de reclamo a las pocilgas donde cada cual se revuelca en busca de la perla de su anhelo; la gran cochina ciudad, venía a decir, aplasta al visitante sensible, no menos que al habitante desacostumbrado al engranaje genérico de felonías, bajo millones de formas, a cual más descriptiva, de adjetivar la sensación que documenta lo microscópico que el individuo ha de sondearse dentro del azar indescifrable a los designios de la cáfila, además de devolverle en plena cara, como un gargajo calentado durante decenas de generaciones, el sentimiento de desprecio por la humanidad que pueda llevar consigo, arrebujado entre otras amables perversiones, con la esperanza —maldito coladero— de que la aglomeración de misereres le confirme lo errado o acertado que está. Así buceo yo a ras de calle cuando salto al mundo desde mi tabernáculo de dudas, y así termino orientándome en las opresivas amplitudes del «laberinto de gente apresurada que su misma prisa aparta del camino» (Séneca) para volver de una pieza al rompecabezas de mi cubil sin que se advierta demasiado la presteza del rechazo a permanecer adherido a estos tapiales de autismo progresivo y malaventuranza social, muy avizor también a la penumbra de esos ángulos en los que no quepo aunque parezca apremiante hallar el hueco en el que ni muerto —¡voto a Nut!— me acomodaré. Una vez transpuesto el glacis del arrabal por las rutas iletradas que conducen a mi tierra de reposo, dejo colgadas en el perchero las últimas prendas de ciudadanía y me enmascaro en la desnudez del amor propio para contarle en serio a mi retraimiento, al que ahora llamo en broma misantropía, que sólo un hombre fiel al trazo de sus disgustos puede darse el gusto de difuminarlos en el olvido, un ritual tan necesario para purgar el efecto viral que le hace perder fuerza ante sí mismo a medida que empieza a creerse la caricatura pública pintada con sus menudillos, como lo es para el juego erótico abandonarse a las sombras durante el goce.

Alfred Rethel grabó los compases de Der Tod als Würger.

24.11.13

REY DE LOS FILIBUSTEROS

Al amigo que insulta

En la barba del necio, todos aprenden a rapar.
Refranero

Acuciado por las incontinencias del infierno cotidiano al que su visita frecuente había logrado reducir los paraísos artificiales de diván y cenicero, volvió a solicitar de mí socorro para un alivio que hube de negarle, por primera vez, en atención al cautiverio febril al que me habían conducido los énfasis impostergables de una gripe. De los ruegos pronto pasó a la impertinencia, y cuando el efecto deseado abortó en el desdén que la reiteración de sus desmanes instiló, toda arbitrariedad le pareció escasa para empuñar una vehemencia sorprendente en alguien que dice estar maltrecho. Previsto el destino de sus derivas por las precedentes, cerré los puertos donde podía atracar su esquife y comprendí, tras el frustrado abordaje, que el enojo de quien se ofende por el favor que no obtiene demuestra dos cosas: la inmensa coacción que hay en sus súplicas y lo poco que merece recibir ayuda.

Oros y plomos de este mundo semejan amancebarse en el Paisaje de invierno de Julius Sergius von Klever.
 
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