30.6.13

SOPLAR TODAS LAS VELAS

Aprende por ti mismo, yo nada puedo enseñarte.
Leyenda escrita en el bastón de Ejo TAKATA, maestro zen

Puede que el empeño de concebir un cosmos sin Dios sea un absurdo, una vela encendida que no pone ni quita arbitrariedad a la invidencia de cualquier empeño, pero un cosmos absurdo concebido por Dios es un ultraje. Y si cierta y desdeñosamente no es función de la vida aportar sentido a los seres que la experimentan, una falta recurrente de ficción en la fragura del tinglado puede impedir que la vida funcione cuando esos seres, además de tolerar la existencia en condiciones que no han elegido, deben ocuparse de vivir sabiendo que morirán en vano.

Arrojados uno a uno a esta manifestación biológica de azares que aun cerrada a las preguntas eternas se abre, sin embarazo, en canal a los sentimientos inabordables, el pecado no consiste en el extravío de todo contacto con la divinidad, máscara anónima del misterio irreductible, sino en haber corrompido el sentido mágico del humor que nos enseñaba a distinguir con elegancia la materia que nos compone de los sueños que la fermentan, así como la embriaguez metafísica a la que estos dan origen de los disparates organizados que llamamos religiones. En nuestro mundo inmundo, cualidad nativa de lo incompleto y mortificable, el pecado procede del concepto mismo de transgresión que impide pensar sin contraer deudas y obliga a actuar sin la seguridad de amarrarse a un destino ni la libertad de cambiarlo.

Con un receptivo despiste según la retrata Jan Mabuse, Dánae, madre del semidiós Perseo, siendo asaltada en su encierro por la generativa lluvia de Zeus.

27.6.13

AL PROPIO AVÍO

No tengo bastante fe para creer en la materia.
Gilbert Keith CHESTERTON
El hombre que era jueves

«Deja la espina, coge la rosa», acucia el aria; protéjase uno de los malhadados, no vaya a ser que por interacción con ellos se le trasmine el abrojo de su fatalidad, que en los tales sobreviene carácter estacionario por carencia o profusión del mismo dentro de la estructura disipativa de momentos perdidos que procesamos en la animalesca delusión de existir. Entre los muchos que se malhayan, no escasean quienes por temor a desagradar aplauden a cualquiera, y tan nocivo es quebrarles la condición en su avenencia perpetua como empecer en el caso opuesto a los ogros domésticos, no menos abundantes, que por afición a la inutilidad de ser servidos no complacen ni se complacen, chocando a cada instante con todo quisque como un estoque democrático que no para ni repara en distinciones, ni siquiera en los infelices que confundiendo amor con azoramiento y sumisión con respeto, hasta los buscan.

Enroscándose a sus sueños, Figura arrodillada de Clara Lieu.

26.6.13

EL PEDIGRÍ DE LA MORAL

Todo lo que es realmente moral comienza cuando la moral ha sido eliminada.
Emil CIORAN
En las cimas de la desesperación

Sobrevolando el planeta desde el espacio exterior a lente de satélite, pocas son las obras homínidas que fulgen, sin necesidad de iluminación eléctrica, como la membrana imperial de la Gran Muralla China, las hendiduras de Nazca y la acupuntura megalítica de Carnac. Sobrepensando colectivos civilizados desde el espacio interior a vista de redivivo, todo el mundo pretende la verdad y de verdad la cela, pero nadie se casa con ella; todo el mundo cree, aun en descrédito, estar en posesión del relumbrón de la suya, pero suya es la cabeza arrumbada en tierra con la que amasan los maitines del dogma la miga tierna del asenso que no llega a enmudecer el aroma provecto de la mentira. En este vencido mundo todo el mundo convencido es convicto de sus gustos, y sobre gustos, como todo está escrito, nada se deja sin contestar. Guste o disguste el hecho a quienes no dan sino el pecho por ideas preconcebidas, la moral se instituye, codifica y reproduce sobre el ventalle de los afectos. Por ello, las tachas que alguien recibe en materia de creencias se sigue de reacciones muy encendidas que hasta pueden deflagar iracundas, pues la crítica pone al descubierto la trastienda de los sentimientos particulares, raramente digna de enseñar, mucho antes que los absurdos y desmentidos de una determinada postura doctrinal.

Como algún trasnochado todavía pedirá una prueba para someter al principio de falsabilidad lo afirmado —no encuentran objetable la ciencia cuando les vale contra la ciencia—, obsérvela lucífera en sí mismo: si no atentara contra la afincada subjetividad de las aversiones y predilecciones, ningún aludido se importunaría tanto por ser cuestionado en la ética de los preceptos que identifica como buenos. Así que obviando la tentación de citar a Nietzsche, el más afamado transvalorador de las pasiones, de la moral téngase solo por fehaciente el prosaico pedigrí que oculta.

Muchos de mis próximos son más arrepticios que estos energúmenos de La Cruz, obra de Albin Egger-Lienz.
 
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