29.8.06

COAUTOR

Nos conviene aprender a narrar porque en el último episodio consciente, en el momento crucial de entregarnos al monopolio del misterio que es la muerte, hemos de proyectarnos el guión de nuestra vida y en función de cómo lo hagamos (téngase en cuenta que todas las fuerzas crepusculares del universo pugnan por deformar la historia en su propio provecho) el trance final se resolverá en un sentido o en otro: cielo, infierno o quizá sólo un purgatorio abstracto por definir.

Fuente: Retablo de pesadillas. Inédito. 2005.

ANTE TODO PARA NADA

Lavinia Fontana, Retrato de Antonietta Gonsalvus
En su correspondencia secreta con el jacobino Marat, que ha sido desclasificada recientemente por un prestigioso servicio de inteligencia tras dos siglos y pico de incomprensible destierro histórico, comenta el erudito de primer orden, polígrafo metido a bandolero, ateo consumado y reo por subversión antiborbónica Francisco Acaso, marqués de Valdenoche, que «hay dos formas de estar en la vida: se puede ser contenido y romper a fuerza de atributos el molde o, tal como le sucede a la mayoría, nacer siendo recipiente para acabar siendo bacín». Pues bien, dos días antes de que llegara a mi poder el documento citado, soñé que pronunciaba un discurso ante una multitud exaltada que concluía con estas palabras: «En definitiva, hay dos formas de estar en la vida: se puede ser contenido y romper a fuerza de atributos el molde o, tal como le sucede a la mayoría, nacer siendo recipiente para acabar siendo bacín». De la asombrosa coincidencia o premonición pasé a una perpleja incredulidad cuando varias semanas después, mientras examinaba unos papeles de mi bisabuelo Román Peregrino, encontré anotada de su puño y letra una postal que, para mayor realce de mi conturbación, reproducía el famoso grabado de Goya donde un durmiente es acosado por los monstruos de la razón mientras por la otra cara se podía leer: «Si algo he aprendido en mis prolongadas vigilias es que hay dos formas de estar en la vida: se puede ser contenido y romper a fuerza de atributos el molde o, tal como le sucede a la mayoría, nacer siendo recipiente para acabar siendo bacín». Sin embargo, el hallazgo más inquietante estaba por venir. Era necesario que ocurriera y así fue: reportaje en televisión que reconstruye algunos pormenores de la vida íntima de Sadam Hussein antes de su caída. De los personajes que son entrevistados, un diplomático pone el acento en un comentario al que era asiduo el tirano derrotado: «En la vida se puede ser contenido y romper a fuerza de atributos el molde o, tal como le sucede a la mayoría, se puede nacer siendo recipiente para acabar siendo bacín».

A veces no es posible resistirse a la idea de que la mano juguetona del destino orienta las situaciones más dispares para dotar de significado las experiencias que, tomadas de forma aislada, resultan banales, nefandas o absurdas. Otras, no es posible deducir la clave de los sucesos que nos involucran en una suerte de espejismo existencial, ni tampoco hay medio de averiguar si nuestros actos están programados para producir simetrías en el tiempo. El marqués de Valdenoche, mi bisabuelo, Sadam, yo y quién sabe cuantos más, ¿formamos parte de un mismo hilo conductor? ¿repetimos sin ser conscientes un mensaje que atraviesa inmutable las edades con rumbo y origen indefinidos? O, por el contrario, ¿existe alguien con capacidad para saltar sobre el curso del tiempo a quien se pueda atribuir la autoría de esta idea, alguien que pueda ser a la vez emisario y receptor de un texto que utiliza vías de transmisión basadas en puentes cerebrales? En tal caso, ¿obedece a este motivo el silencio que se impuso a los escritos del marqués de Valdenoche, la desaparición de mi bisabuelo en circunstancias nunca aclaradas, el tesón en la caza y captura de Sadam Hussein? ¿Qué encubre o cuál es la verdadera relevancia del pensamiento que formulamos como voces pasivas una serie de personas que nunca hemos tenido posibilidad de comunicarnos entre nosotros? Hubo una época en que creí, con Borges, que la historia de todos los hombres correspondía, en realidad, a la biografía de un solo hombre empeñado en poblar de retratos fingidos su soledad inmensa. Posteriormente estuve tentado de extraer ciertas conclusiones -por lo demás, indemostrables- esbozando un método de localización sistemática de fallos en la realidad a partir de datos inconexos que parecían violar los preceptos fundamentales de las leyes físicas y del conocimiento humano. Tal vez por comodidad frente a la acumulación de incertidumbres me habitué a pensar en el sentido metafísico de mis propias fisuras sensoriales. De este modo, si me sorprendía el fogonazo de una reminiscencia o me tropezaba con un presentimiento cumplido, lados ambos de un único fenómeno, me tranquilizaba más o menos así: «No pasa nada, sino que la percepción reproduce la fatiga cósmica que supone acuñar eternamente formas en la materia de la que estamos hechos». Se podría decir que reconciliaba la lucidez y el escepticismo con la flexible apertura a lo inminente desconocido. Me equivocaba, ahora lo sé y, por supuesto, sigo sin poder demostrarlo. No en vano, hay dos formas de estar en la vida: se puede ser contenido y romper a fuerza de atributos el molde o, tal como nos sucede a la mayoría, nacer siendo recipiente para acabar siendo bacín.

Fuente: Retablo de pesadillas. Inédito. 2005.

17.8.06

PEREGRINATIO VITAE (Una historia plurisingular)

Tomás Sánchez, Contemplador del blanco
Iba buscando una primera edición del cómic El sueño de Mastorna porque, en realidad, ya me había resignado a dar por perdido el hallazgo de un libro que me traía descerebrado desde hacía algunos meses: Arcabuz, de fray José de Orozco y Quirón, un esforzado aventurero manchego de la segunda mitad del siglo XVI que llegó a ser el cronista oficial de un corsario japonés autoproclamado Emperador de los Mares del Sur gracias al poderoso argumento de una flota guerrera con más de veinte navíos a su entero capricho. El caso es que entre libros raros, pesquisas infructuosas y piratas envueltos en una atmósfera legendaria, aquella noche la digestión de tan eximio material imaginario tuvo a gala otorgarme uno de los sueños de mayor realce que recordar puedo.

Me gustaría describir quién y por qué, pero en el sueño alguien cuyos rasgos se me borran consiguió inocularme el virus del deseo al mencionar una especie de relato ilustrado de contenido mutante que era preferible no encontrar en prevención de su poder para mimetizar al lector con la trama de lo narrado. ¿Estaba ante un síndrome hipnótico inducido a través de una fusión magistral de palabras e imágenes o inmerso, por el contrario, en la gestación de una futura leyenda urbana? Del título, autor y características de la impresión nada supo decirme, salvo que quienes estaban al tanto lo llamaban Soy real articulando un susurro casi reverencial. Como es natural, automáticamente quise rastrear los hechos relacionados y llegar a despejar el presunto misterio lanzándome al abismo si lo hubiera. No descarté la posibilidad de que todo se limitara a una sibilina operación de mercadotecnia para estimular las ventas de un producto editorial, de la misma manera que tampoco pasé por alto el apetito de vana trascendencia que suele ser responsable de los apasionados cortejos entre realidad y ficción, como en su día ocurrió con el resbaladizo Necronomicón de Lovecraft, e incluso con el descabellado Holy Writ - Bombay donde se decantaron las infinitas páginas que Borges metamorfoseó en libro de arena.

A continuación... no lo sé. Mi memoria es de una exactitud siempre irregular y mi imaginación, últimamente, más torpe que perezosa para compensar las carencias de aquélla. Demos, pues, un pequeño salto en el sueño y situémonos en el interior de una mansión habitada por una vieja pareja de guardeses cuyo conocimiento del propietario se limita al nada roñoso giro postal que puntualmente les envía recordándoles su única obligación: «Mantengan limpia la casa. Bajo ningún concepto abran la puerta de acceso al ala izquierda del edificio. Gracias por su fidelidad». En tales circunstancias, lo que el dueño del inmueble esperaba es que abrieran esa puerta a toda costa. Por alguna oscura razón, le interesaba provocar una irrupción de curiosos en la zona prescrita de la casa sin mermar el tacto furtivo de la acción. Lo que quizá no estaba previsto es que los guardeses, habiendo desentrañado durante la primera incursión los propósitos brumosos de su jefe, decidieran intervenir de un modo nada previsible en la historia para darle, no sé si por encima de sus propias expectativas, un rumbo completamente surrealista. Encerraron en las múltiples habitaciones y saloncitos del ala izquierda a un pobre demente que recibió el curioso apelativo de El Merodeador. Nadie, salvo ellos, conocía la existencia de tan infausto secuestrado, a quien mantuvieron aislado durante varios años con una alimentación indigna en la que no faltaban frecuentes dosis de poderosos psicomiméticos. Poco después, hicieron circular el rumor por los cauces de sugestión adecuados y los morbosos visitantes no tardaron en acudir al reclamo de los pánicos, ramillete de billetes en mano, para presenciar lo que suponían un espectáculo atroz cuyo desarrollo, en cambio, terminaba por convertirlos en protagonistas súbitos de la matanza. El dinero mudaba presto de siervos y los testigos desaparecían profiriendo gritos inaudibles de auxilio, con lo cual también mejoraba el aporte proteico suministrado al cautivo. Y es aquí donde entro yo propulsado por un soplo de intuición que identificaba al inquilino paranoico o Merodeador con el encargado de custodiar un volumen de Soy real, mi tentación motriz.

Si saben lo que es el miedo en estado puro, comprenderán que evite trasegar detalles. Atravesé el umbral de la puerta. La primera impresión estaba dominada por un hedor acre que alimentaba asociaciones perturbadoras. La luz era escasa y la temperatura del lugar demasiado caldeada para poder pensar con fluidez. El mobiliario parecía estar en orden y cubierto de polvo como única nota discordante. Sospeché que El Merodeador era un señuelo de los guardeses, verdaderos artífices del macabro negocio. Fue entonces cuando lo oí al otro lado del tabique, en el recinto contiguo. Coagulado hasta el tuétano, sentí el pronunciamiento de mi sentencia de muerte al tiempo que me enredaba con el hilo de la percepción. Era probable que me hubieran drogado. Quizá estuvieran grabando las escenas preliminares de una snack movie. Busqué cámaras ocultas en vano. Una pintada escrita con heces me inundó la vista YO SOY EL DUEÑO multiplicándose por paredes y techos. Debí suponerlo. ¿Estaría dispuesto a cooperar? No me entretuve en averiguarlo. Ventanas cerradas a cal y canto. Pasillos rebosantes de materia en descomposición. La escalera de una buhardilla. Logré escapar. No quieran saber de qué manera, pero la fuga me costó la amputación parcial de una pierna y una lesión permanente en el brazo. Aligero el verbo por no estragar el gusto, que más aprovecha la idea en su justa porción que un enfadoso pormenor dilatado. Por cierto, el ejemplar de Soy real no estaba allí; me lo proporcionó, sin embargo, uno de los enfermeros que me atendió en urgencias. No tuve fuerzas para interrogarlo. Entre el aturdimiento y la recuperación, dejé pasar varias semanas hasta que me atreví a emprender la lectura. La historia, compuesta según el patrón de un guión gráfico, daba comienzo el día que pretendía consolar con El sueño de Mastorna la dificultad de hallar Arcabuz, y concluía con una viñeta que mostraba el instante preciso en que abría las páginas de Soy real reclinado en la cama del hospital. Nada de lo descrito se iba a mimetizar con los hechos porque todo sucedió como estaba previsto.

Fuente: Retablo de pesadillas
 
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