15.4.19

LARARIO

Ignacio Palacios
Lo sublime es el eco de un alma grande.
LONGINO
De lo sublime

«Tan grosera se ha vuelto la realidad que sólo el esperpento se aproxima a describirla con fidelidad», nos dice el desencanto. ¿Y miente acaso la intuición cuando, a propósito del desencanto, ilustra que sólo a quien descubre la morada inmutable en la mudanza de las cosas se le abre la mirada al reflejo del alma en el vacío?

Un puñado de tierra no enturbia un océano.

16.3.19

TIRANDO A NADA

Mr. Natural, de Robert Crumb, recreado por Esteban Hernández
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado 
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas. 
José GOROSTIZA
Muerte sin fin

Para comprender la naturaleza de la realidad se requieren razones que la realidad no facilita. Invocar a las potencias soterradas del alma es un modo de obtener respuestas sin tener soluciones. Porque no las hay.

En estados ordinarios de conciencia, que en la variegada extensión subjetiva tienden a ser los de mayor asiduidad, la mente ejerce una ablación de los sentidos —más aún de los sentidos sutiles, como la apreciación de sincronicidades— que simplifica la masa de datos provenientes de la realidad y la convierte en un medio aceptable de vida, en un objeto de dimensiones acatables hasta lo tedioso. Como resultado, quien así percibe habita un mundo atenuado, una vestíbulo de esbozos y umbras.

La búsqueda en ese mundo rebanado de un apoyo en los dioses no está reñida con la dedicación al conocimiento, pero asaz adversa a la sabiduría es la carga que el ánimo toma sobre sí cuando necesita creer en alguno. Desde un ángulo mortecino de visión como el teísta, Dios es el sumo macarra de un cosmos donde el alma está forzada a prostituirse en todas las formas concebibles de substantividad y a padecer castigo de hervencia en cada creatura. Desde la óptica animista, en cambio, la divinidad y el alma universal son una sola experiencia que se transfigura en múltiples niveles y facetas a través de su periplo por la eternidad del instante. El primer enfoque cosmogónico apuntado exige doblegarse al absolutismo del Coime, al que le importamos menos que estirar la bribonada que nos hace rehenes de su garito como glande en fimosis, mientras que el segundo ofrece la grandeza numinosa de distribuir entre los seres un valor epifánico, libre de la heteronomía que grava el otro sistema, sin por otro lado dejar de alentar la recaptación de la belleza que puedan producir los quiméricos juegos de la realidad, muy en disparidad con el resentimiento infinito, ansioso de redención, que los devotos del Monstruo consideran calimbo de lo viviente.

La más exacta denotación de belleza, «lo que no cabe querer cambiar», me la ha obsequiado Simone Weil. En cuanto al concepto más plástico al tiento de la detonación hecha realidad, lo he reubicado en mí como un efecto secundario de Pessoa, quien quizá lo embridó a partir de la conocida fábula de la mariposa de Chuang Tzu, y no es otro que la condición en que la materia envidia al sueño. Alcanzado este punto de aproximación a lo incognoscible, es dable colegir que la atención lanzada al éxtasis halla el tope de su presencia en la ausencia cuando contempla la estancia en los hechos como un sueño salido de mater que se resiste a despertar; un sueño tan renuente a los desvelos como para remedarlos a la perfección, y tan volátil que por cada detenimiento abre el abrazo mortífero de un fulgor ante el cual el soñador más cerciorado de andar en la vigilia se tambalea, abandona el anclaje de sus certidumbres y siente que destoca fondo a medida que la irrupción del estupor lo desplaza hacia la irrealidad.


Óbito sin fin y alumbramiento sin principio, ¿puede darse horror más hermoso, más gozoso rebote en la desaparición? «Darnos cuenta de que el yo que creemos ser es ilusorio —escribe John Gray— no implica que tengamos que ver otra cosa a través de dicho yo. Supone, más bien, rendirse a un sueño. Vernos a nosotros mismos como productos de la imaginación supone despertar, no a la realidad, sino a un sueño lúcido, a un falso despertar que no tiene final». Unos tras otros, sueño en el sueño, cascarones rotos… ¡Qué rimbombante sandez! ¡Tener que despertar para saber que no se existe!

Y el alivio imposible después del impasible haber que a boca de costal vuelve a hacerse nada; alivio en poso y dolor todavía cuando constato agostada la floresta interior, cuando recuerdo dónde hubo duende que versara la nulidad de siempre con un talento que hoy, aquí, encuentro perdido.

15.3.19

LAS TRES GRANDES FALACIAS

Netsuke que representa a los tres monos sabios
Ni las cualidades sociales, ni los efectos benévolos, que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad; sino que lo que nosotros llamamos mal en este mundo, mal moral o natural, es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la base sólida, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción; y, por consiguiente, si el mal cesase, la sociedad se encaminaría hacia su disolución.
Bernardo de MANDEVILLE
Fábula de las abejas

Las tres grandes falacias de las sociedades civilizadas son el timo de la producción laboral, el enredo de la reproducción genésica y el tinglado de la postproducción de un sentido generalizado de la realidad, favorable a los condicionamientos operantes que le otorgan poder de impregnación cognitiva y persistencia histórica, frente a la heretica pravitatis introducida por los disidentes que cuestionan la necesidad de trabajar, la moralidad de procrear, la veracidad de la cultura vigente y la conveniencia de realimentar cualquiera de esos circuitos para otra cosa que no sea multiplicar las calamidades, efectivas y potenciales, de la humana existencia.

El humano es por naturaleza el animal más indigente del mundo y el más abocado, en consecuencia, a inventar mundanidades; un animal hecho de necesidades e ilusiones que corre el riesgo de engañarse acerca de su lugar en la biosfera si como punto de partida añade a su miseria original la insania de creerse en la cima de la evolución. No es poco digna de atención que entre los homúnculos dispuestos a centrifugar el alma para prosperar en el mundo de las supercherías compartidas y los animales centrípetos cuyo canon tiene la desnudez del séptimo rayo, la discrepancia solo pueda ser nuclear, luego inconciliable.

¿Cómo no va a llegar la inteligencia desasida de los mitos convencionales a la conclusión de que el adulto es un niño atrapado en el delirio de haber tomado demasiado en serio lo que empezó siendo un juego? ¿Tanto esfuerzo cuesta comprender que la criminalidad de quien se alza contra los perjuicios derivados de esas trampas consiste únicamente en haberle puesto a ese niño ensoberbecido un espejo delante a fin de recordarle cómo dio comienzo su desvarío? 
 
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