11.4.13

PROEZAS DE LA PRECARIEDAD

La comunidad nos da calor, mientras que la soledad nos da la luz.
Carl Gustav JUNG
Sermones ad mortuos

Hoy, de haber tenido interruptor, hubiera puesto el off. He vuelto a fantasear con mi funeral, al que asistían compungidas todas mis verdades, las que por negar alivio ni olvidan ni curan ni perdonan. Puedo imputar la causa de mis más repugnantes dificultades personales a los vapores de mercurio que desprenden a temperatura corporal los empastes de amalgama que me instalaron cuando la edad era incapaz de oscurecerme el pubis, pero eso no cambia una de las paradojas fundamentales de la que nadie escapa —o así lo creo— según la cual crecer en experiencia le hace sentirse a uno constreñido, claustrofóbicamente diminuto, por no mencionar los evidentes signos de desubicación social, destrozo cognitivo y rotura de la motivación que el tiempo siembra noche a noche con sus corrupciones tras cada roturación de la precariedad.

La bestia arcaica que habita en el humano nunca es tan fiera como se pinta y, siempre que llora, aun por impregnación traumática de otros, lo hace por pena de sí misma. Entre las proezas, no sé si de la corteza más reciente o de la salvaje, de Teseo o de Minotauro, esos momentos de júbilo que de manera esporádica logran reconciliarnos con las angustias de la existencia, sobre la que traman una doble y portentosa traición al aliento amargo de nuestra naturaleza.

Visto por Caravaggio, ¡qué envidiable degüello le hizo Judith a Holofornes!

10.4.13

A CONTRALUZ

El sentido común nos enseña que la tierra está fija, que el sol gira alrededor de ella y que los hombres que viven en las antípodas andan boca abajo.
Anatole FRANCE

«Actualizar el blog sin actualizarme a mí mismo es una mezquindad de la que he aprendido a sentirme orgulloso», comenta un poeta cuyo planteamiento troca exactamente los términos de la relación agnada que mantengo con mi cibercriatura. En estos monólogos feroces que aborto regularmente, el nihilismo de amante desamorado que hay en mí se da la lengua en carne viva con la mitogenia difusa de mi temperamento subuniversal. Soñador de acción o criminal de butaca según me case o me divorcie de las vicisitudes que me inventan, he llegado a convertir mi cerebro en un cactus lógico al que tanto he dejado medrar a su manjar, que no sé ya si son sus púas las que atraviesan mis embriones del pensar o los adianos cuernos que conmigo me pongo creciendo retorcidos por dentro... Salvedad de pormenores aparte, que me confabulan, en el dolor desglosado de estas perforaciones se hace patente que nada hay más artificioso que lo natural; prueba abductiva de ello, que al ser probado compruebo que antes se duda de mi cabeza que de mi palabra, siendo la segunda un divisor ocasional y no el cociente justo de la primera.

Puesto que nos han educado para usar la enfermedad mental como una reserva de sentido que permite descalificar aquello que no entendemos rehuyendo así de los riesgos que desafían a esclarecerlo, he aprendido a leer en la mirada del otro lo que averigua cuando atina a leer en la mía, que también en el espejo se me insinúa cual lascivo pozo de contraluces y eso que a mí, bicéfalo y reparanoico, ni yo ni nadie me la cuela de rositas: todo lo cruel que puedan hacerme los foráneos cazadispares me lo he hecho bien solito con la venia de un sublime recato.

Lo peor de cada uno se concentra en los momentos fronterizos sobre los que pivota la transición entre dos mundos, el detestado del que se procede y el sospechado hacia el que se va, que rara vez es mejor que el presente y ni de tumba sirve donde enterrar los errores que quisieran verse florecer.

Abatido por su obra, El alquimista muerto de Elihu Vedder.

7.4.13

EL PARADERO INESCRUTABLE

Al pasar bajo el arco de la eternidad, en la suprema comprensión de nuestra vida mortal está el premio y está el castigo.
Ramón María del VALLE-INCLÁN
La lámpara maravillosa

Ronda el humano su culpa como una mariposa la candela que ha de abrasarla. De cabo a rabo somos culpables, pero sólo de sentirnos culpables, y si el más zopenco soñador, sabiendo que toda voluntad de enmienda es inoperante, considera absurdo arrepentirse de las acciones desempeñadas durante sus fantasías oníricas, ¿en razón de qué sinrazón hasta el individuo menos moralista sigue apegado en alguna de sus andanzas al aflictivo hábito de reconcomerse cuando se conduce por este lado igualmente escénico de la vida, y no busca en el castigo la química lacerante de un placer prohibido secretado en forma de remordimientos? «La comprensión acertada de un asunto y la comprensión desacertada del mismo asunto no se excluyen completamente», le explica el cura a Josef K en El proceso, y ante la frondosidad envolvente del paradero inescrutable de nuestras irrealidades realizadas no basta con perder el juicio para recuperarlo después: punto por punto, sus leyes deben ser abolidas para afianzar lo desconocido que se extiende no tanto más allá, sino más que nada en el acá interior de cada uno.

Se constata una acantilada diferencia de nivel entre el esfuerzo mutilador de quien busca empequeñecer el mundo periférico para sentirse grande, y el efecto integrador de sentirse menos pequeño por haber ampliado el céntrico mundo transpersonal; para todos, sí obstante, las horas ruedan porque el momento, que es único, cae irremisiblemente en el silencio del cosmos, nudo mudo que sirve de expresión a la incontrolable relatividad dentro de la cual divagamos cual larvas existenciales de otros seres o pareceres en los que dormimos hasta el eso que la muerte nos depare.

Quiero y no quiero, sin llegar a acantonarme en el concepto, dispensar el medio pensar del espíritu que asume volverse pupa de su despertar; no quiero y quiero, sin gloriar penas, rajar el vientre de lo manifestado para sacar a la luz una imagen de la existencia que la distinga, con mejor gracia, por encima de esa tiranía de hostilidades que, desgraciada, la define.

La caída de los malditos de Dirk Bouts, cuyos horrores ilustran con alusiones deformes el retorno de la identidad reprimida.
 
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