Hoy me he resistido a leer y escuchar las noticias, pero resulta imposible abstraerse de la fuerza intoxicadora de los medios. Obama, corean algunos, es un fenómeno histórico sin parangón y rectificará los desastres de la administración precedente. Bien, como cada habitante de este planeta hago lo mismo por reponerme de la «guerra global contra el terror» y todavía nadie me ha felicitado por ello.
Corren tiempos revueltos que, en la sombra, podrían madurar revoltosos. Cuando las clases dominantes sienten tambelarse los cimientos de su éxito y el descontento popular crece hasta casi alcanzar ese punto de no retorno más allá del cual se desboca (sobran motivos), los gobiernos recurren a todo tipo de artimañas para ofrecer la apariencia de una alternativa salvífica (un plan B) que ponga a las masas en la tesitura de seleccionar entre dos opciones inocuas a fin de dejar intacta la verdadera elección: tumbar o tolerar el sistema. Obama es el recurso desesperado de un imperio en declive cuya credibilidad se erosiona, en primer lugar, dentro de sus fronteras. Si Obama no existiera, los grandes grupos financieros lo habrían inventado. Y aunque oficialmente sea el único afroamericano que ha logrado presidir la Casablanca, su homóloga racial Condoleezza Rice, asesora de seguridad durante la etapa Bush, demostró con creces al mundo que el poder es incoloro, pues poco importa el tinte del payaso si además de pan nos ponen circo.








