7.10.18

PARÁBOLA DEL TIGRE

Máscara de bronce de la dinastía Han
Si uno quiere escapar del terrible empalago de la comunidad autocomplaciente y santificada, el único recurso consiste en hundirse por debajo de lo más bajo, en ir más allá de lo más alejado, rompiendo la máscara aun del dios supremo. Tal es la obra de la «liberación», la tarea del sabio desnudo.
Heinrich ZIMMER
Filosofías de la India

Cuenta una antigua historia, emanada en esta versión de las grutas de un otero al que acudían en retiro algunos simios a excavar sus sentidos, que no lejos de allí se extendía una selva sin dueño donde el hambre hacía rugir a una tigresa cuya preñez había vuelto imposible la pericia que nunca le faltó para cazar. Enojada consigo por el suplicio de engrosar el cómputo de días periféricos a la necesidad de llevarse un pedazo de carne a las fauces, se hizo saltar a la desesperada sobre un rebaño de cabras con tan fea suerte que su vientre estalló contra una roca y murió dejando huérfanos a dos cachorros que, de otro modo, pronto hubieran pugnado por nacer. 

Cuando los rumiantes supieron que sus vidas estaban fuera de peligro, la curiosidad que les produjo un gemido que parecía provenir de las entrañas de la fiera los reunió alrededor del predador inerte. No esperaban encontrarse a un tigrecillo, perfectamente formado, que habiendo buscado en vano la reacción de su madre se obstinaba en lamer los restos de su hermano, que también había sucumbido al accidente. Conmovidas por la escena, las cabras más ancianas hablaron entre sí en una jerga inaccesible a las demás y acordaron, guiadas por la clemencia, cuidar y amamantar a la criatura cual si fuese otro miembro de su manada.

Creyendo que era un irasco creció el cachorro e incluso imitaba los balidos entrecortados de estos animales, pero a base de pasto apenas ganaba peso y el menor esfuerzo lo ponía exhausto, pues su organismo no estaba preparado para obtener la energía y los nutrientes indispensables de las hierbas y frutos que ofrecían las praderas. 

Una tarde, mientras el hato se apacentaba en un campo colindante con la jungla, la irrupción de un tigre adulto eclipsó la luz y gracias a una bella maniobra cobró a la estampida una de las cabras más rollizas. Sin embargo, antes de esmerarse en devorarla, fue tras el tigre canijo que había visto huir con el resto del ganado. Lo encontró acurrucado de miedo, al amparo de unas malezas en flor, a una distancia que una liebre habría podido cubrir a la carrera en lo que duran dos parpadeos.

—¿Qué pintas tú entre estos comedores de rastrojos? ¿Por qué te espantas como un cabrito? ¿Qué tonterías son estas?
—Es lo que hacemos siempre que una bestia salvaje se acerca.

Sorprendido por la respuesta, el enorme tigre aferró al joven felino por la nuca y lo sacudió, no sin brusquedad, hasta que cesaron sus sollozos.

—Sígueme, quiero que veas algo por ti mismo —le ordenó, y juntos se abrieron paso a través de la espesura en dirección al ronroneo refrescante de un regato—. Acércate a la orilla y mira esas dos cabezas. ¿Acaso no son semejantes? Tu cara se dibuja poderosa como la mía y los más bravos guerreros temblarían ante la boca armada de dientes que sólo has sabido llenar de forraje.

Atónito por el descubrimiento, el tigre que se identificaba con las cabras no fue capaz de emitir una réplica ni de mover las zarpas del sitio. Artero, el tigre mentor aguardó el tiempo que estimó justo para que su novicio acompañante comenzara a desprenderse de la falsa imagen que había adquirido a costa de violentar su propia naturaleza. Solo entonces regresaron hasta el lugar donde la presa abatida aún yacía caliente.

—Ahora debes alimentarte como un tigre hecho y derecho. ¡Usa de una vez tus mandíbulas!

Aunque el inexperto tigre se resistió a masticar la pieza desgarrada que el otro le tendía, los efluvios de la sangre despertaron una atracción tan concordante con sus adentros que concebir la mera posibilidad de experimentarla le hubiera parecido una atrocidad en cualquier momento de su vida previa. Desconcertado por el gusto del primer mordisco, que le supo delicioso, los siguientes que llegaron a su estómago estremecieron todo su ser con una fuerza desconocida, la fuerza de la plenitud restaurada.

Culminó el festín relamiéndose los carrillos. Aquella noche de inocencia bien digerida soñó emboscadas donde nadie sino él era el temible protagonista.

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