9.9.18

PARAMATMAN Y SUS VISITADORES

Ignacio de Ries, El Árbol de la Vida
De igual manera que la retina nos permite ver los incontables pulsos de energía como una sola luz, la experiencia mística nos muestra innumerables individuos como un solo Yo.
Alan WATTS
Los psicodélicos y la experiencia religiosa

Afirmar que cada uno de los seres animados ha de transmigrar a lo largo de los eones por los múltiples estados, condiciones y especies de vida que alberga el universo quizá sea contemplar con lentes invertidas el drama cósmico, en el que un solo actor encarna, irriga, ocupa y recorre todos los papeles existentes en cada instante y lugar de la Creación. La experiencia visionaria no es sino aquella que revela al sujeto individual un atisbo lo bastante intenso de esa magnitud panteística como para desbordar la identidad personal, propiciar en ella transformaciones significativas y estimular la delineación de los principios básicos de la conciencia con implicaciones que van más allá del conocimiento posible. Simultaneidad plagada de finidades y ubicuidad facetada en organismos, brilla Dios como el sí mismo integrador de las parciales mismidades donde se oculta.

La ruta para trepar a lo más alto del árbol del despertar será distinta según la tradición que haga de su inveterada presencia un eje de ascenso, pero la visión de conjunto que se alcanza desde su copa es ácrona, luego idéntica desde los orígenes, de ahí que al explorador de los reinos sutiles de la existencia la tentativa de abordar los secretos que contiene la naturaleza sea poco digna de atención si desestima los estados expandidos de la psique.

Siempre que en nombre de algún precepto científico, moral, profiláctico o legal se impide el acceso a cualquier dimensión apta para proporcionar una vía de gnosis, se le plantea a la conciencia liberada de programaciones etnocéntricas la emergencia de proteger, rehabilitar y ampliar ese acervo proscrito. Ninguna prohibición basada en los riesgos, reales o ficticios, que ese manantial de sentido pueda tener para el individuo que lo frecuenta valida la represión de una gama de usos que comprenden, y no agotan, la búsqueda de sabiduría, la autodiagnosis, el periplo interior, la activación de potencias anímicas desnutridas, la comunión con el entorno, el éxtasis, la prospección adivinatoria de los puentes de sincronicidad entre mente y materia, el despliegue de la creatividad, la sanación de traumas, el entrenamiento de alguna facultad relegada a la atrofia por la rutina o, simplemente, dar gozoso esparcimiento al sistema nervioso, cuando no tomarse un comprensible descanso del angosto yo. Facilitando un símil aceptable, el peligro de que el erotismo mal empleado incurra en descendencia no justifica su persecución, que de llevarse a efecto entrañaría el combate de un acto inhóspito con otro. Sea cual fuere el interés particular que susciten esos u otros usos de la propia sustancia, su incriminación por parte de alguna sedicente autoridad pública se asemeja demasiado al celo censor que —no tan antaño— incendiaba bibliotecas, elaboraba índices de autores heréticos o condenaba una serie de prácticas sexuales por considerarlas desviaciones improductivas del imperativo natalista. Así pues, otorgarle un cobarde y hasta complaciente beneficio de la norma a los comisarios del pensamiento que medran al calor del miedo en los más diversos ámbitos de la sociedad es hacerle un depravado favor a la inteligencia.

Desde el punto de vista crematístico estos acercamientos al núcleo de la realidad son, por supuesto, un pésimo asunto para los negocios, aunque nunca se echen en falta fiscalizadores de los aliados moleculares disponibles para el arte de modular la percepción y a patadas haya charlatanes, con apariencia de guías espirituales, prestos a enriquecerse no con la palacra de la espiritualidad, de la que imitan el aspecto más externo de su floración en el medio humano como una rosa de plástico remeda a la genuina, sino con el espíritu insaciable, y por lo tanto roñoso, del peculio.

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