23.11.17

CORRIENTE Y MOLIENTE

Los hombres llegan a ser civilizados no en función de su disposición para creer sino de su viveza para dudar. Cuanto más estúpido sea un hombre, mayor será su inventario de diamantinas certezas, mayor su carga de fe.
Henry Louis MENCKEN
Lo que creo

No te preguntes por la catadura moral de las autoridades que, a sabiendas de la falacia o pudiendo iniciar las pesquisas para despejarla, prefieren mantener a los ciudadanos dentro de una niebla de insidias donde lo corriente y moliente es creer, entre otros atentados contra la sensatez, que beber el agua pura causa envenenamiento, que los lácteos son la base de una dieta saludable, que el sufragio constituye la expresión menos imperfecta de la soberanía personal o que el impuesto sobre el valor añadido no es un robo institucionalizado, sino una contribución social que cubre de infamia al defraudador que la elude; no inquieras las pruebas que incriminan a esas autoridades sin haber corroborado antes qué parte de la evidencia te compromete más que el licor del grifo, cargadito de biocidas y trihalometanos, a los mismos que lo brindan para dar de beber a tus guisos de antinutrientes mientras adoctrinan en otras plazas sobre las presuntas maldades que hacen tan aurífero el colesterol.

Pecaría de soberbia si acusara a los promotores de felonías de habernos tomado por algo distinto de aquello en que seguramente nos hemos convertido, unos memos, gracias en especial a los hábitos adquiridos a partir del Neolítico. La disponibilidad y el tipo de nutrientes ha sido una factor clave en cada etapa de nuestra historia natural, y si «no hay razón por la cual los primeros cultivos no hayan estado destinados a alimentar más el espíritu que el cuerpo», como argumenta el antropólogo Peter T. Furst, la constancia de una especie atrapada en su declive no se propaga hasta que la agricultura se centra en atender apetitos gástricos. El animal humano domesticó los cereales y estos lo domesticaron a él; desde entonces, la escalada de despropósitos ha ido mutando hasta alcanzar una exacerbación que la fase consumista del apostolado industrial nos ha embutido como pauta de vida.

«Gran parte de las enfermedades que nos afligen en las sociedades opulentas presentan una incompatibilidad entre nuestro diseño evolutivo y el uso que hacemos de nuestro organismo», avisa el doctor Campillo en el proemio de su esclarecedor ensayo El mono obeso. La alimentación actual no concuerda con nuestro acervo génico, que en esencia es el mismo que proporcionaba ventajas adaptativas en el Paleolítico, y que en circunstancias de sedentarismo, exceso calórico y abuso de azúcares representa un hervidero metabólico malsano, así que cuanto más se aleje nuestra dietética de la que sirvió a nuestros ancestros, mayor será la susceptibilidad a males tan en boga como las intolerancias digestivas y la congestión cardiovascular. Cada vez comemos más cantidad de una variedad menor de alimentos, y algunos de los que dentro del embudo alimentario nos han adiestrado a desear como tales no lo son en absoluto, o no compensan por los daños que su ingesta regular comporta (la leche, por ejemplo). Con qué clase de coacciones nos harán lamentar los futuros damnificados por la militancia en el disparate que el tiempo confirme la obesidad, la diabetes, el asma y la hipertensión como síntomas pandémicos de la perversión que hoy caracteriza sus costumbres solo es otro elemento de un pronóstico aciago. Entretanto, ya se viva en fervor de languidez o en complacencia de cebonato, seguiremos siendo fumigados por encargo de nuestros filantrópicos captores, siempre a la vanguardia en técnicas y productos de condimentación atmosférica.

Quiero hacer virulentos mis postulados no por abrir franquicias en cuerpo ajeno, una perspectiva que me agiganta la ignavia, sino porque a través de otros mis experiencias se atajen libres de particularismos y me hagan sentir menos prevaricador de sus claroscuros.

«El gran comilón es un hombre en estado de larva; y hay naciones enteras en esa situación, pueblos sin fantasía ni imaginación, a los que traiciona su voluminoso viente», pensaba Thoreau en Walden. Alma y soma deben sentarse a la misma mesa. La revolución empieza por el plato; todo lo demás es guarnición.

La pirámide alimentaria sugerida es el resultado de mis estudios empíricos, pues he padecido durante años trastornos de la microbiota que a la postre he sabido enmendar sin caer en las garras colegiadas de las sotanas blancas y su afán por cronificar dolencias curables, pero no la considero en modo alguno definitiva ni la pretendo, por supuesto, blindada contra un concienzudo ejercicio de discrepancia. Fuera de ella han quedado el veneno silencioso de los lácteos, las legumbres y los cereales ricos en gluten como el trigo (no tan mudas las legumbres, ahora que caigo, debido a la acción de sus saponinas). Y si bien como alternativa será reprobable a juicio de alguien sensibilizado con el sufrimiento de los animales que masacramos, desde un punto de vista estrictamente nutricional la disciplina vegana ha sido una práctica inasumible para mi metabolismo, a cuya intrahistoria debo como a la filosofía el superviviente que aún soy con alguna pieza menos. Respecto al primer ingrediente de la lista inferior, la Base de Datos Española de Composición de Alimentos no aporta ningún dato.

4 comentarios:

  1. Después de las noticias sobre la acrilamida habrá que suprimir las papas y la avena.
    AgAiNsTeR

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    1. Agradezco tu comentario, puesto que el problema al que haces referencia afecta a una extensa gama de artículos de consumo.

      De lo poco que he tenido ocasión de leer sobre la acrilamida en fuentes oficiales como Aecosan, la sustancia puede generarse durante la manipulación a altas temperaturas de alimentos que contengan almidón (esos que has citado y otros como el arroz), pero asimismo en el café, en las tostadas y en las proteínas de la carne asada a consecuencia de unas reacciones químicas conocidas, en conjunto, como «reacción de Maillard».

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  2. Macrófago19/12/17 00:30

    Curioso texto y curiosas derivadas. ¿Me podría decir el autor a qué "perversión" de las costumbres alude?

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    1. Entendiendo la dieta en el sentido hipocrático de régimen de vida, podría florear algunas perversiones dirigidas contra uno mismo sin necesidad de estimar su potencial lesivo para los demás, pero dada su frecuencia, su velocidad de propagación y su gravedad somática, el sedentarismo, la hiperalimentación, la farmacodependencia y el estrés son las que estaban en mi mente, con toda seguridad, cuando escribí las líneas por las que me has preguntado.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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