21.2.16

HUMUS

Alphonse Inoue, Lunettes noires
Basta descreerse, desinventarse, para que la vida nos invada sin tumulto.
María ZAMBRANO
Delirio y destino

Se reconoce el humus porque en él las moléculas del pensar y ser pensado enrarecen la certeza de que uno no está hecho para el mundo, reverso subjetivo del mundo que viaja contrahecho a través de uno. Allí, los fragmentos reunidos en un amontonamiento no desprovisto de erotismo se abrazan, a la espera de adquirir una forma más sutil, e interpolados fermentan con la evidencia de una fuerza, tan amoral como atemporal, cuyo contacto hace soñar mucho con una síntesis que remite unas veces a la plenitud del origen y otras, las más, a la purificación del desenlace.

Obra aquí también una inextricable dispersión neurálgica, el cerebro brega por adherirse a todas partes sin que nadie tenga a fe sabida si esta es su forma de evolucionar o el espasmo de un invertebrado intentando escapar de su antiquísimo confinamiento. Si hay más hechos conectados entre sí en un instante cualquiera que neuronas en el encéfalo más desarrollado, ¿cómo vamos a captar la esencia de las cosas sin fundirnos a ellas más allá del devenir en que apenas vamos traslucidos los unos en los otros? La materia, acuñada por la psique, da la vida; la vida, después de haber recibido los estigmas del uso en el desgaste de los días, retorna a la fragua con una porción del secreto. Se acusa durante el proceso el eterno interrogante de la naturaleza, entidad de entidades carente de fines y de intenciones, mientras experimenta consigo el reactivo recreativo de nuestra especie, a la que acuden cifradas algunas respuestas por medio de imágenes residuales, reflejos superpuestos de la persecución mutua en que están involucrados del primero al último simio. Cada cual se destroza a su manera, y esta manera de destrozarse es la ley de cada cual.

Al semejante, en especial cuanto más distinto parece, se lo escruta mejor en la fantasía de sus deseos que en la verdad de sus necesidades. Un buen psicólogo —entendido como estudioso de la totalidad desde el microscopio del comportamiento humano— ha de saber cómo provocar la afluencia de esta clase de sueños en los demás; con un pellizco de suerte y una inteligencia calibrada en consonancia, su conocimiento será lo bastante fallido como para recaer en la humanidad, de la que tan a menudo se halla desplazado por la inmunidad adquirida frente al urente poder de las pasiones.

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