24.9.14

EL OSO EN SU MADRIGUERA

Obligados a un origen, nunca tenemos un comienzo real.
Ramón ANDRÉS
Los extremos

Allí donde me engendro está mi patria... incluso si aborto.

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Me he subido en Dios como en una canoa sin remos desde la que oigo el rugido creciente de una catarata. Así me va.

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En lo que siento, me confieso; en lo que confieso, me olvido de cuanto siento.

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Divisar en todas direcciones y no decidirse sino por la que solamente se presume, por la inmensidad que recela ser mirada.

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Baile de los decapitados. No más ilusoria que el control verdadero, la verdadera libertad está en la dicha de saberse arrastrado por el vórtice del destino lejos de las cosas que nos anclan al mundo conocido.

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Apretar o soltar el cíngulo. ¿Luz, aunque alumbre hechos horribles, u oscuridad, aunque empañe experiencias sublimes?

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En los sufrimientos que preceden al estallido de la iluminación, muerde y se convulsiona una belleza escabrosa cuyos tentáculos invaden sin clemencia del núcleo a los confines nuestra naturaleza. Una vez se ha producido la epifanía y la energía rompiente ha sido desplazada por la primacía de lo armónico, más brilla el silencio del alumbrado como testimonio de su génesis que escucharlo salmodiar, inmaculado, las recetas anestésicas de un santo.

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Sólo las ilusiones hechas de verdades nos parecen increíbles.

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¿Puede alguien señalarme algún acontecimiento histórico que admirado en la distancia como un episodio estelar no se manifieste ridículo al ser observado de cerca?

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Realidades vestigiales. Existen tantos hechos sobre un hecho como testigos lo presencian, y no siendo sino versadores de un temblor que se disipa en la superficie del tiempo, ni la suma de todas sus versiones basta para cruzar la nada que viaja a través del hecho en sí.

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Un principio de orden consiste en aceptar el caos inherente a la existencia por la cual fluye y se reformula nunca idéntico a sí mismo; el comienzo de la sabiduría, sin embargo, exige sacudirse el temor a la incertidumbre que tal desconcierto elemental imprime a la polvareda de nuestros cimientos.

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Si los sueños de la razón producen monstruos, ¿significa que los sueños de los monstruos son razonables? Quizá llamamos monstruosidad a la repugnancia que nos causa dar a luz una sombra de conciencia para la que no vale ni un esputo recuperar la razón que tanto nos asusta perder.

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Disminuidos. ¿Un ser que carece de toda medida como medida de todas las cosas? Imbuido de orgullo racionalista, al que confunde con su centro ontológico, el humanismo antes que absurdo pasará a la historia como un gesto de arrogancia juvenil.

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Desafíos disolventes. Ganar en vida no es acumular responsabilidades, no es perderla en ataduras, sino librarse del propósito bien miserable de merecerla y aun amar el equilibrio en el trastorno que lo impugna.

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Uno vive de sobrepasar sus límites o se pudre viviendo dentro de las fronteras que los miedos comunitarios alzan contra las desviaciones.

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Mutilados por su propia ambición de distinguirse, los vanguardistas terminan por conducirse hasta el barracón de una previsible falta de imaginación.

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Una moda que no parece perecer bajo ningún régimen es aquella que se sirve de catecismos transgresores para excusar la insuficiencia de su visión. Con ella corre pareja la perseverancia del poder para fingir que no existe o ha quedado desfasada la lucidez que conculca las estrechas lindes de su hegemonía.

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Cameos prostibularios. En democracia, el ciudadano reclama libertad para poder elegir al proxeneta que mejor lo halague mientras lo explota.

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Cuanto más se invocan beneficios multitudinarios, mayores son los sacrificios individuales que conllevan. Desconfío de cuanto es festejado en masa por mis coetáneos, pero no hasta el grado que me impida celebrar sobre el común la feliz evacuación de mis divergencias.

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Aunque por intromisión imperativa inciten a ello, las normas no están hechas para ser desobedecidas: desobedecer es la norma para poner en forma el carácter.

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La clase espiritual no se demuestra en el éxito con el que a veces concuerda expresiones cabales: muéstrase neta en el fracaso porque es tocando fondo cuando uno es más proclive a la bajeza de identificarse con la humanidad.

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Nadie sabe ser lo que le ha tocado en suerte: ni el enriquecido está a la altura de su opulencia, ni el empobrecido aprende a traducir con un énfasis de desapego su aligeramiento de posesiones. Y como si este ansioso despiste que en ambos se detecta fuera escaso parentesco de enajenación por venir a más, añádase a la ventura de sus roles que los primeros se hicieron sobre los segundos, aunque a veces los asistan con limosna de subsidios, segundos que por supuesto lo son a rebufo del afán de igualarse con los primeros.

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Patrimoniotas de corazón. El amor a la patria de los poderosos no llega sino a devoción, celoso fervor por el patrimonio que amasan a costa de quienes realmente la sostienen con las alas del esfuerzo y las arras de la constricción.

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Más que tensarnos entre los polos definidos por intereses que van de la arbitrariedad a la anomia y a los que prestan su repertorio de coartadas las ideas políticas, los descreídos hacemos chanza de todos ellos, empezando por cuestionar cuantos nos involucran como animales sometidos a cautividad civil con una actitud centrípeta que pone el índice en la llaga que los extremos, raramente, osan tocar.

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No hay placer más sutil que darlo sin el cálculo de hallarlo en el rostro donde nos espera multiplicado; placer equiparable al alivio de no sufrirse de la soledad que otros sufren por compañía.

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Ante lo bello toda alma, el alma toda, se desnuda.

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Si me quitaran la llovizna de los grillos en las concisas noches estivales y el canto de las llamas en las estaciones frías, tendría que inventarme una locura donde volver a ceñirme la tiara crujiente de sus coros.

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He visto el vivo retrato de Felipe II en el esmalte irregular de una baldosa del aseo. Nos hemos saludado sin despuntar en estridencias la suspicacia mutua, más comedidos que justos, como dos leones enjaulados con el estómago lleno y las sementeras vacías.

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El universo nos queda demasiado grande y tenerlo presente nos precipita en un angosto desasosiego que quisiéramos trascender imperturbables. Suspende así el juicio el tonto escarmentado que afirmó y negó alegremente; un tonto  —yo mismo— que anima a contemplar la realidad ordinaria como una prótesis desencajada y a sus fieles como tullidos.

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La guerra impone vilezas con las que trafican los pacíficos en busca de argumentos insobornables.

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Quien conoce los prejuicios que condicionan su inteligencia no es más libre que quien los ignora, pero aventaja en claridad a quien simplemente piensa que carece de ellos.

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El valor del hecho no está en el criterio que lo motiva; el criterio está en el valor que motivan los hechos.

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Todo es cuestionable en este mundo y, lo que más, aquello que parece a los mortales una cordillera de cumbres inamovible.

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Abjuración de vehementi. Entre los refuerzos negativos de la conducta (la escuela de las espuelas), existen dos tradiciones paralelas y a menudo simultáneas que se han revelado desde antiguo tan útiles para amedrentar a la población como eficaces en la mutilación del desarrollo mental: me refiero a la inoculación sistemática del sentimiento de culpa y al adoctrinamiento en la vergüenza ante el vejatorio escarnio público. Conozco mejor la segunda, pues mis progenitores más que cristianamente me encauzaron a la japonesa un poco por instinto gregario y un mucho por prevención contra los intransigentes detritos morales de mi tierra natal, cuyo corsé cultural, desgarrado ya en mi bisoñez pubescente, me facilitó en la edad adulta la comprensión de que aún puede suceder algo peor en cuanto a métodos de malcrianza del ganado humano: la actual combinación de cinismo y acibarada complacencia en los espejismos del ego.

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Tritón trasquilado. Me enamoré de mi sombra y creí entonces ser un romántico; después descubrí las llamas de mi astro interior y me convertí en un místico; cuando al fin comprobé que el entramado de mis luces y sombras apenas era una mueca de autor anónimo, adveré la raspa de estar muerto; ahora, cual síntoma, testigo y colibrí de mi época, me pregunto por la pregunta que perdí en la caverna donde me inmolé con mis despertares. Tampoco importa ya: no sé cómo, sé que vuelvo a salir de la espesura en la que junté todas las noches de una vida. El desdoblamiento ha comenzado.


Como un nagual o animal de poder que los chamanes avezados se atreven a encarnar durante el trance, la Bicha de Balazote nos contempla desde la solera del siglo VI antes de nuestro infundio. Buscando una correspondencia secreta que me llevaría ancho tedio glosar, en la parte inferior he situado uno de los más sofisticados círculos de los cultivos de los que nadie, ni escépticos ni versados en eventos paranormales, ha logrado proporcionar una explicación satisfactoria.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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