25.9.14

ADIÓS, MALNACIDO

Si el aborto es un homicidio, habrá al menos el atenuante de la legítima defensa.
Guido CERONETTI
El silencio del cuerpo

Del legajo de alegatos que juntapalabreé cuando Gallardón concibió su abortado engendro de ley contra la libertad de las grávidas, hubo uno que no me sentí en sazón de publicar y hoy me apetece agitar a modo de pendón contra los fanáticos del control:

No dudo que mi advertencia sonará demagógica a los apocados que por ser incapaces de emprender desafueros difícilmente los ven venir, pero entre la reivindicación de la natalidad forzosa y la matanza de herejes sólo encuentro una diferencia de grado y no a causa de que los arrojados a la existencia estén condenados a morir por naturaleza tras un probable mal vivir nunca elegido, que también. Si se permite a los dictadores uterinos legislar contra las mujeres para amputarles la propiedad de sus cuerpos, no os extrañe que con el tropezar de los años su moral de conejera, infatuada de consentimiento institucional y enmarañada en lo cotidiano gracias a la infiltración en el sistema educativo, exhorte a lapidar adúlteras al salir de misa como anexo ritual de la eucaristía.

Cuidado con las aspiraciones de esta gente, sería un grave error de estimación minimizar la pujanza que supone para ellos amanecer cada día sintiéndose tasadores de la vida por la gracia de Dios: herederos de la tradición inquisitorial española y entrenados para organizarse en la sombra cuando la luz de los acontecimientos los contraría, uno de los capítulos de su yihad apostólica exige la dominación de las hembras, a quienes desean ver convertidas en madres, en monjas o en putas.

Meterse al Vaticano en el vientre y alzar el martillo de orejas contra la ligereza ajena puede formar parte de la misma secuencia. Gravity of regret de Troy Brooks.

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