11.10.12

ODA LETÁRGICA

Que todo sea diferente no significa que algo haya cambiado.
Proclamación anónima universal

La guerra contra el terrorismo no está concebida para ganar a los enemigos declarados, que son irreales, sino para que la gente real pierda su libertad en el miedo total a una vida fuera de control acosada por las pesadillas de un mundo privado del cerco ubicuo de la anestesia colectiva. Es otra de las ramificaciones perniciosas de la gangrena constitutiva del muñeco humano, un ser que sueña con el poder cercenador de un dios para ejercerlo contra la potencia creadora de su propio corazón resistiéndose a reconocer en ese anhelo demiúrgico la huella irredenta de los latidos desencadenados por su pulso imaginario.

La historia de la humanidad implica y da ejemplo del ocaso de los dioses. El hombre ha tenido que asesinarlos porque la presencia vigilante de cualquier dios vivo suponía una amenaza insoportable para la mitificación de su poderío, celosamente emulado a imagen y semejanza de aquéllos. En la última vuelta, rebote o reventón de su epopeya esférica, los pueblos han empezado a entender con un espejismo de lucidez que si Dios existe, ha de ser el amo de lo inmutable a cuenta de nuestra parálisis espiritual; lo que quizá no se comprenda debidamente, es que una vez que lo hemos puesto en circulación dentro de la materia como el astroso cadáver de un convicto arrojado a la panza del océano, somos nosotros los que debemos transformarnos en algo más que motores inmóviles de las apariencias.

La Madre Durga, trasunto victorioso de Shakti, la faceta femenina de la divinidad en el hinduismo, en lucha contra  el antidios Mahishasura, hijo de la unión del rey homónimo de los asuras y de la princesa Shyamala, de quien se prendó cuando estaba condenada a ser un búfalo, animalidad de la que proceden los atributos mutantes de su linaje.

9.10.12

CUARTETO PARA NERVIOS DESAFINADOS

«Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender»
José ORTEGA Y GASSET
La rebelión de las masas

Un asceta cristiano, un derviche sufí, un yogui y un monje zen caminaban en paralelo junto al borde de un acantilado cuando se declaró un incendio en las cercanías cuyo avance, en breve, los obligaría a saltar al vacío o lanzarse a las llamas furiosas. Sin malgastar palabras en circunloquios ni demorarse en discutir la mejor estrategia a seguir, el asceta se adelantó en iniciativa a los demás: «Dios, que está en todas partes, todo lo ha dispuesto. Mi amor por Él es incondicional y asumiré con devoción lo que haya prescrito para mí: si me salvo, le estaré agradecido hasta la hora de mi muerte; si muero, me uniré eternamente a su Gloria sin las trabas que hasta ahora me ha impuesto la materia». Y dicho esto, marchó con determinación hacia el fuego, consumiéndose como una humilde varilla de incienso ante la mirada impertérrita del resto. El derviche, con una reacción que auspiciaba un amago irreprimible de rivalidad, se entregó a los primeros pases de su danza giróvaga no sin antes exclamar: «El miedo pertenece a la identidad, y en mi ascenso hacia la plenitud he aprendido a liberarme de esa carga». Tras lo cual, se arrojó por el precipicio con horrísono crujido de huesos al rebotar en las peñas, aunque sin emitir la mínima queja de dolor. El yogui, reestructurando los nudos de su anatomía en un instante, adoptó la padmāsana, y, con la gravedad de una actitud indescifrable salvo por el desdén contagiado a la entonación opalina de su voz, tuvo la gentileza de explicarle desde un plano remoto a su último interlocutor: «En mí, la diferencia entre ser y no ser es insustancial, un velo impuro de ilusión». El monje, que hasta entonces se había mantenido en un estado de suspensión atenta a la mudanza de las connotaciones que pugnaban por expresarse más allá de la urgencia, se dirigió raudo hasta donde se alzaba solitaria una retama, arrancó con un movimiento certero dos de las ramas de más recio follaje, y regresó al lado del yogui, a quien empezó a sacudir su torso desnudo con ellas mientras le increpaba entre resuellos: «Para mí tampoco hay diferencia entre morir exhausto a causa del ardor de estos golpes o alcanzado por la quema que se aproxima, ya sabemos que el mundo es la ceniza de una hoguera imperecedera, pero si sumas la fuerza de tus brazos a los míos abriremos una vía de escape a través de las ilusorias brasas de este infierno». Así fue como ambos se vieron llegar de una pieza al otro lado de la incineración viva del tiempo que los profanos llaman iluminación.

No quería confiarme a la emotividad de una imagen antropomorfa, buscaba un motivo en el que la sensación revalidase por sí misma la grandeza del sentimiento que acompaña a la extinción, y creo que esta naturaleza muerta de Abraham Mignon cumple la expectativa. 

6.10.12

FORAJIDOS DEL KARMA

Los forajidos sólo hacen el mal cuando creen que está bien; los delincuentes sólo creen que hacen el bien cuando hacen el mal.
Jim DODGE
Stone Junction. Una epopeya alquímica

Nada es tan maravilloso como abrazarse letalmente a las estrellas en su desvestida incandescencia, pero uno toma lo que está a su alcance en secreta alusión a lo que no puede llegar. Mi opción agreste, con rotunda contradicción en los términos porque es lo que he hecho siempre incluso antes de extraviarme en el ramaje de mi nacimiento, me sugiere disfrutar mientras pueda del hechizo y llorar hacia dentro, por delicadeza, cuando se esfume. ¿Revocación de la inocencia perdida o refundación de la hierogamia por inspiración de los más valerosos tripulantes del caos que no temen el naufragio de quererse insobornables en su densa travesía por el exilio cósmico? Si el sueño es la medida de la realidad y la realidad una pesadilla sin medida en la que cada uno empieza siendo hijo de sus carencias para acabar de aceptarse como padre putativo de sus hastíos, hay que copular a transfusión de conciencia con la Madre y lograr que se corra sin incurrir en el desgaste de los gestos aditivos, sin la fisura concebida del fruto. 

El único inconveniente del mundo es que es mundo. Quisiera desarrollar una exética desde la deserción de esa verdad abominable que ofrece vulgarmente falsedades como certidumbres y envenena certidumbres con falsedades; quisiera por ese mí que es antes nadie que nadie, por ese alguien que todos somos, ausencia que en todo somos por abrir o echar cerrojos de autoperpetración. Es fácil obtener energía a partir de la materia, basta con amontonar cadáveres de fotosíntesis y encender una hoguera; lo extraordinario es el proceso inverso, entramar una secuencia dada de energía para crear átomos, sofisticadas combinaciones de elementos, universos envueltos en el origami de otros universos. Dentro de la casquería del egoísmo ecuménico del que somos adeptos hasta la muerte, sólo hay clases de voracidad entre las que abundan los depredadores sin clase, intrusos que son presas de su debilidad hambrientos de la perpetuación fraudulenta por la carroña, resentidos obsesionados con preservar sus bajezas a base de separar por la fuerza lo que está unido y de unir por la mentira lo que no desea conjuntarse, despojadores profesionales de la vida ajena a la que procuran extraer las savias de su autenticidad bajo los efectos paralizantes de una ilusión torticera. Constataciones recurrentes que equivalen a desvelar de forma fisionable la existencia de tantos dioses como individuos: todos ellos válidos, todos igualmente falaces.

Sobrecogedora escena en la que Frederic Leighton quiso representar el pasaje 20, 13 del Apocalipsis: «Entregó el mar los muertos que tenía en su seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras».
 
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