9.10.12

CUARTETO PARA NERVIOS DESAFINADOS

«Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender»
José ORTEGA Y GASSET
La rebelión de las masas

Un asceta cristiano, un derviche sufí, un yogui y un monje zen caminaban en paralelo junto al borde de un acantilado cuando se declaró un incendio en las cercanías cuyo avance, en breve, los obligaría a saltar al vacío o lanzarse a las llamas furiosas. Sin malgastar palabras en circunloquios ni demorarse en discutir la mejor estrategia a seguir, el asceta se adelantó en iniciativa a los demás: «Dios, que está en todas partes, todo lo ha dispuesto. Mi amor por Él es incondicional y asumiré con devoción lo que haya prescrito para mí: si me salvo, le estaré agradecido hasta la hora de mi muerte; si muero, me uniré eternamente a su Gloria sin las trabas que hasta ahora me ha impuesto la materia». Y dicho esto, marchó con determinación hacia el fuego, consumiéndose como una humilde varilla de incienso ante la mirada impertérrita del resto. El derviche, con una reacción que auspiciaba un amago irreprimible de rivalidad, se entregó a los primeros pases de su danza giróvaga no sin antes exclamar: «El miedo pertenece a la identidad, y en mi ascenso hacia la plenitud he aprendido a liberarme de esa carga». Tras lo cual, se arrojó por el precipicio con horrísono crujido de huesos al rebotar en las peñas, aunque sin emitir la mínima queja de dolor. El yogui, reestructurando los nudos de su anatomía en un instante, adoptó la padmāsana, y, con la gravedad de una actitud indescifrable salvo por el desdén contagiado a la entonación opalina de su voz, tuvo la gentileza de explicarle desde un plano remoto a su último interlocutor: «En mí, la diferencia entre ser y no ser es insustancial, un velo impuro de ilusión». El monje, que hasta entonces se había mantenido en un estado de suspensión atenta a la mudanza de las connotaciones que pugnaban por expresarse más allá de la urgencia, se dirigió raudo hasta donde se alzaba solitaria una retama, arrancó con un movimiento certero dos de las ramas de más recio follaje, y regresó al lado del yogui, a quien empezó a sacudir su torso desnudo con ellas mientras le increpaba entre resuellos: «Para mí tampoco hay diferencia entre morir exhausto a causa del ardor de estos golpes o alcanzado por la quema que se aproxima, ya sabemos que el mundo es la ceniza de una hoguera imperecedera, pero si sumas la fuerza de tus brazos a los míos abriremos una vía de escape a través de las ilusorias brasas de este infierno». Así fue como ambos se vieron llegar de una pieza al otro lado de la incineración viva del tiempo que los profanos llaman iluminación.

No quería confiarme a la emotividad de una imagen antropomorfa, buscaba un motivo en el que la sensación revalidase por sí misma la grandeza del sentimiento que acompaña a la extinción, y creo que esta naturaleza muerta de Abraham Mignon cumple la expectativa. 

1 comentario:

  1. Que quede constancia que me encanta este relato y el nervio vitalista que destila.

    ResponderEliminar

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons