6.10.12

FORAJIDOS DEL KARMA

Los forajidos sólo hacen el mal cuando creen que está bien; los delincuentes sólo creen que hacen el bien cuando hacen el mal.
Jim DODGE
Stone Junction. Una epopeya alquímica

Nada es tan maravilloso como abrazarse letalmente a las estrellas en su desvestida incandescencia, pero uno toma lo que está a su alcance en secreta alusión a lo que no puede llegar. Mi opción agreste, con rotunda contradicción en los términos porque es lo que he hecho siempre incluso antes de extraviarme en el ramaje de mi nacimiento, me sugiere disfrutar mientras pueda del hechizo y llorar hacia dentro, por delicadeza, cuando se esfume. ¿Revocación de la inocencia perdida o refundación de la hierogamia por inspiración de los más valerosos tripulantes del caos que no temen el naufragio de quererse insobornables en su densa travesía por el exilio cósmico? Si el sueño es la medida de la realidad y la realidad una pesadilla sin medida en la que cada uno empieza siendo hijo de sus carencias para acabar de aceptarse como padre putativo de sus hastíos, hay que copular a transfusión de conciencia con la Madre y lograr que se corra sin incurrir en el desgaste de los gestos aditivos, sin la fisura concebida del fruto. 

El único inconveniente del mundo es que es mundo. Quisiera desarrollar una exética desde la deserción de esa verdad abominable que ofrece vulgarmente falsedades como certidumbres y envenena certidumbres con falsedades; quisiera por ese mí que es antes nadie que nadie, por ese alguien que todos somos, ausencia que en todo somos por abrir o echar cerrojos de autoperpetración. Es fácil obtener energía a partir de la materia, basta con amontonar cadáveres de fotosíntesis y encender una hoguera; lo extraordinario es el proceso inverso, entramar una secuencia dada de energía para crear átomos, sofisticadas combinaciones de elementos, universos envueltos en el origami de otros universos. Dentro de la casquería del egoísmo ecuménico del que somos adeptos hasta la muerte, sólo hay clases de voracidad entre las que abundan los depredadores sin clase, intrusos que son presas de su debilidad hambrientos de la perpetuación fraudulenta por la carroña, resentidos obsesionados con preservar sus bajezas a base de separar por la fuerza lo que está unido y de unir por la mentira lo que no desea conjuntarse, despojadores profesionales de la vida ajena a la que procuran extraer las savias de su autenticidad bajo los efectos paralizantes de una ilusión torticera. Constataciones recurrentes que equivalen a desvelar de forma fisionable la existencia de tantos dioses como individuos: todos ellos válidos, todos igualmente falaces.

Sobrecogedora escena en la que Frederic Leighton quiso representar el pasaje 20, 13 del Apocalipsis: «Entregó el mar los muertos que tenía en su seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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