27.12.12

FUSIBLES

La vida es una encerrona y no hay escapatoria posible. Todos mueren: los que ganan y los que pierden. La cuestión es que cada cual muera en su propia piel.
Blaise CENDRARS
El hombre fulminado

Como los mitos que devienen clásicos por la convalidación histórica de su vigencia y algunos sueños que se repiten desde antiguo transportados por un sutil virus semántico ajeno a toda evidencia somática, existen símbolos frugíferos que proporcionan a quien entra en contacto con ellos realidades psicológicas ampliadas a través de las diversas vías comprendidas entre la contemplación arrobada del misterio y el frenesí suspendido en la visión que, expectante, se entrega al reto de hallarse un hueco donde decantar el cauce rebosante de su conciencia en la estratosfera del ser, apenas un promontorio a escala desconocida que se ríe en su fragilidad de las inmensidades que lo preceden y lo suceden, rodeándolo como el foso a un castillo sitiado que ancla sus cimientos en la nada, o como el horizonte oceánico al navío errante que lo surca confiado al desciframiento de las estrellas cuyos lamentos fotónicos ha tomado por bandera casi indeleble de su libertad, amenazada de continuo por huracanes de origen remoto, predemiúrgicos.

Ingeniero aficionado de sus taras más que de sus arreglos, quien no pierde los papeles de vez en cuando, quien no fabula y aun confabula contra la angostura de su yo, no es nadie; por contra, quien los pierde con demasiada frecuencia y facilidad, quien se deja acuñar como moneda de sebo que de mano en mano se enrancia con los incalculables pringues del trato comunicado por las huellas profanadoras, se convierte en el fósil de un alma, una confusa nonada de lo que mónada fue.

Naciendo en lo vivido, viviendo en lo muriente, el humano se dota de un reino que es y no es de este mundo, de un mundo de perplejidades sin armisticio que combaten en este feudo nuestro de cada día por la victoria colectiva de una u otra ficción reguladora sobre la geometría inestable de la interioridad, continente imaginario de fecunda actividad circunscrita al marco efectivo dentro del cual porfían, prisioneros, los dominios afectivos.

Encofrados de sentimientos que nos subyugan a lo abstracto de lo concreto, concretados en motivaciones que nos abstraen de las intuiciones que forman el tejido conectivo de la totalidad, ¿quién es lo bastante auténtico para aceptar la verdad que delata el aparato de falsedades con que actúa su amor propio? ¿Y quién lo bastante juicioso para no verse encandilado por las supersticiones de la verdad?

Retratada por Alberto Vargas, padre del estilo pin-up, la actriz Olive Thomas, una de las primeras musas de la gran pantalla donde sus ojos atribulados titilaban con angelical diablura.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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