27.3.12

HORAS RASTRERAS



Conoced primero los hechos, y luego, probad las historias como quien se prueba un traje.
John LE CARRÉ
El topo

Fiebre nocturna desde hace semanas, debilidad general, escalofríos, congestión nasal, tos sucia... ¿tendré tuberculosis? ¡Tisis, qué maravillosa coartada! No creáis que temería verme atenazado por los límites severos de una enfermedad terminal, a los moribundos se les permiten grandes licencias, nadie se atreve a importunarlos, son objeto de delicadas atenciones; incluso mereciéndolo, casi todos omiten las ganas de llevarles la contraria como si ello fuera el culmen de la crueldad. Pero este malestar que me aflige, tan insuficiente para merecer una baja médica como insoportable para realizar las tareas cotidianas más nimias, es algo ruin, ordinario, plebeyo, no encaja en ningún cuadro patológico de renombre, su obstinación en permanecer indefinido tras una nubosidad regular de síntomas variables me tiene harto. Ni siquiera pienso en curarme; sanar sin pasar por un proceso heroico de lidia interior contra el mal me defraudaría.

¿Serán estas las fantasías truculentas de un hombre con una salud que revela, en el fondo, su muy combativa tenacidad? En el cautiverio flexible de mi dolor, solo cabe la esperanza de un sufrimiento mayor.

Puesto que nada sé sobre el título y la autoría de la desoladora escena —dubitativo, únicamente me he decidido a ponerla tras recibir el horrorizado acuse de mi improvisada asesora artística—, os remito a la entrada del blog donde la hallé.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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