14.1.10

CRÁTERES Y MONTAÑAS QUE ALLANAR


El poder del pensamiento empieza por el pensamiento del poder.
Cesare RIPA
Iconocidio

El pensamiento, que por definición es tan indefinido como autónomo, polimórfico e inembargable, representa un desafío constante para cualquier manifestación de poder político que aspire a ser duradera. Moderado o excesivo, el hábito de pensar es una actividad invisible y a menudo impenetrable que arraiga en los adentros y cuyas consecuencias en el afuera resultan, por fortuna, imprevisibles todavía; antes que una preferencia, el poder necesita situar los sucesos en un plano sobrexpuesto a su ojo examinador donde todo esté presto y al alcance para ser usado sin ruido ni variación, accesible con la mínima oportunidad de resistencia y el máximo rendimiento calibrado.

Dado que el extenso campo de lo pensable guarda una estrecha relación de ambivalencia con lo inseguro por antonomasia, no es de extrañar que el poder trate de reducirlo incesantemente a límites factibles que pueda administrar como cualquier otro objeto sujeto a su control. Desde la óptica del poderoso, el interior de cada cráneo es un mundo pendiente de ser conquistado frente al cual surge una barrera equiparable a la de un libro escrito con caracteres borrosos que urge traducir a elementos más claros. La pasividad acomodaticia, que quizá sea el producto más versátil de la estupidez, se revela crucial para ejercer a diestro y siniestro esa vocación imperativa que los expertos alineados con las ínfulas del vencedor consideran, no siempre con inteligencia, razón de Estado.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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