27.4.09

PERVERSIDAD


Amigos tengo que me tachan de platónico por pasar largas temporadas en el mundo de las ideas, lo que también es un modo diplomático de acusarme de estar en las nubes, desde donde poseo o me poseen perspectivas privilegiadas a las que encomiendo mi verdadera vocación de sofista. Pero como todo lo bueno tiende a finiquitar, vuelvo a descender a lomos de una corriente de convección y presto me pongo a opinar de lo que suele destacar a ras de tierra con la panoplia habitual de eventos cuyo mayor lustre consiste en ponerle miel a las moscas. Para iniciar la lid confesaré de una vez que me gustan las historias que apelan a la imaginación y al intelecto, que te expanden la conciencia con prodigiosos matices y comprimen con esmero la imbecilidad acumulada, pero el desprecio me florece socarrón cuando la magnitud de lo historiable se centra en las muy previsibles crudezas del impacto emocional. Una reacción defensiva tajante que no desato, lo reconozco aliviado, a instancias de un sospechoso ataque de rigidez ética, pues no considero que al traficar con los sentimientos se mancille la parte más sagrada de la naturaleza humana —antes al contrario, son su herencia más salvaje—, sino por la burda relación de sometimiento afectivo que se establece entre el autor y el receptor de la obra sin la menor muestra de elegancia, tacto o pudor; valores tan denostados en la actualidad como necesarios en todo tiempo y lugar donde se aspire a vivir con una maestría abundante para prescindir, al menos, de soponcios compasivos y empachos de carmín.

Por fortuna o por simple trayectoria circunstancial, mi carácter no es dado a producir fantasías donde las pasiones cometan la desvergüenza de situarse en primer plano. Sin embargo, de vez en cuando es inevitable que la siempre popular delectación morbosa en el drama se filtre en el ánimo mejor templado y descargue la venganza histérica de sus miserias en nombre de los derechos que, con demasiada ligereza, se conceden a los asuntos del corazón. Así me sucedió con la pesadilla que me disponía a relatar, cuyo desenlace era luctuoso hasta la arcada y, si bien no recuerdo dónde se tramó —acaso fue en mi cama o en la butaca de un cine; quizá fingiendo ingravidez tras una voluta de humo o aparentando currar cual villano anestesiado—, no puedo olvidar, pese a sobrarme, su peculiar dosis de horror gulusmeando en el inconsciente con unos contenidos que, cuando el artífice los juega sucio, hacen gala de una mala leche digna de patriarca bíblico interrumpido en pleno furor místico, por lo que prefiero censurar el impulso de contar las algaradas de murrias sufridas en previsión de efectos lacrimógenos nada oportunos. Calle yo, por tanto, como deberían callar quienes más ovaciones reciben por divulgar infiernos dotados de un desenlace moral. Para aprender a narrar, lo prioritario sería ejercitarse en el arte de saber silenciar, que a su vez es un requisito para expresarse con los recursos de la insinuación sin contribuir a la globalización romanticona de la estupidez, fenómeno que soy partidario de catalogar como una forma premeditada y punible de terrorismo psíquico. Por ello, aunque es lamentable que el sentido del ridículo sea el primero en perderse cuando uno decide escribir, dirigir una película o componer una canción, lo imperdonable es que exista un gran público dispuesto a seguir lamiendo el rastro pegajoso de la sensiblería, la más obtusa de las perversiones.

Ondeando a la siniestra de esta torcedura del caletre, The Lovesick Man (1916) de George Grosz.

7 comentarios:

  1. En un desvelo que intentaré hacer breve (¡intentaré!) te leo ahora. Me gustaría decirte "Maestro", si llegara siquiera a rozar en la maestría de esta escritura (para variar). Mientras dejo que tal vez se derive un contagio a fuego lento, te digo que me ha encantado. Y el remate -"Lo imperdonable...- soberbio. Sólo lo he leído una vez, pero merecerá más lecturas.

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  2. Me siento agradecido por tus palabras, pero es justo reconocer que al leerlas tuve un amago de suspicacia y llegué a pensar que quizá me estabas vacilando, ya que me tienes acostumbrado a mantener nuestro intercambio de ideas en el resbaladizo terreno de la ironía. Sofocado este conato de inseguridad, me gustaría poder decirte que "intentaré" prolongar la fuerza narrativa sustraída a mis pesadillas, "desvelos" centrifugados en posición horizontal.

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  3. A la vista está que es cierta tu vocación de sofista.
    Pero como es más importante (al menos para mí) el contenido que el continente (aunque como venga envuelto añade mayor belleza) interpreto en tu texto:
    ¿Que recriminas al gran público como perciban sus emociones-reacciones ante una acción artística?

    Si se me permite el plagio...BSA

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  4. Lola, me hubiera espoleado que utilizaras "incriminar" en vez de "recriminar" en la pregunta que me arrojas, pero tu verbo está escogido con prudencia y no hay lugar para la perorata. Sin embargo, aún puedo dejar sitio para un par de observaciones a propósito de tu interpretación. Al gran público se le puede recriminar exactamente lo que viene a ser: público o, por precisar un poco, un colectivo de personas en proceso de pasividad sincronizada que han abdicado de ser sujetos a cambio de estar sujetos mediante lazos, en algunos casos bien sutiles, que se anudan a lo que más nos priva de lucidez: la agitación de los instintos primarios y sus derivados. Visto así, resulta evidente que todos somos público cuando seguimos algunas pautas y exigencias insoslayables del guión; la principal diferencia estriba en que unos (los menos) lo padecen de forma consciente como disensión, mientras otros (los más) lo celebran con adhesión (son consentidores) sin que importe el grado de elaboración consciente que impliquen en ello, pues a ciertas edades uno también debería hacerse responsable de su ceguera. Por tanto, ahora podemos situar en un contexto más amplio tu cuestión inicial: el gran público como cómplice de los grandes tinglados porque al igual que no habría amos si no abundaran los siervos, tampoco habría espectáculo sin la necia, y casi siempre nefasta, avidez de los espectadores.

    Releyéndolo encuentro que el comentario me ha salido demasiado rígido, con una factura inquisitorial que... vaya, es lo que tiene el haber sido brujo.

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  5. Sensaciones29/4/09 22:23

    Bien admites que es un "conato de inseguridad", porque no había un ápice de ironía. La ironía que me suele gustar es la que se percibe como tal, y no la retorcida de ocultas intenciones.

    A veces, no sé, por ahí, perdido a algún comentario antiguo, me vi comentando influido por la lectura, a modo de "discípulo" inconsciente, y de ahí me dio por pensar la denominación de "Maestro".

    Aparte, me ha encantado esta última respuesta. Esa denominación del público o "colectivo de personas en pasividad sincronizada..." ¡Es buenísimo!

    Y yo creo que sabes bien que yo no alabo porque sí, más bien al contrario. Y sabes bien que no me cortaré en "enmendarte la plana", si viera yo lugar a ello.

    ¡Ah!, ¡Ojo con las esencias!: "El Gran Público"

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  6. Autógeno, no le recrimine al público, recrimínele a los Gobiernos, a los productores musicales, editores, directores de cine, casas productoras, a todos los culpables de la democratización de la no-sapiencia. Yo no soy una brillante narradora, pero he leído un poco, viajado otro tanto, estudiado una que otra cosa y la verdad, como usted ya sabe, siento naúseas por los gusto populares contemporáneos, pero tal vez el gran público tenga razón y los equivocados seamos nosotros.

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  7. Cierto, pero es tan fácil seguir el ritmo de las calles llenas que me tienta más la treta de ser defensor sin causa y con efecto.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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